Un mundo sin fútbol: escenas de una distopía sin la mejor distracción

Por: Roberto Parrottino

Del Ascenso argentino hasta las ligas más poderosas, testimonios y vivencias de la primera semana sin que la pelota ruede: el privilegio de clase de los futbolistas, el caso Wuhan Zall y los países que se niegan a parar.

El cuerpo técnico de Centro Español sale a buscar a un futbolista que había emprendido la vuelta al “otro” trabajo. Está en la parada del colectivo. Ahora, parece, se juega. Es martes y llueve en Buenos Aires. No es oficial, sí inminente: como en el mundo, también se para la pelota en Argentina. Centro Español llega a la cancha de Lugano, a Tapiales, donde jugará con Muñiz en el cierre de la sexta fecha de la Primera D. Quizás el último partido por un buen rato. Pero 20 minutos antes del comienzo, la AFA lo suspende. Al mismo tiempo, futbolistas de élite se desafían en las redes sociales a hacer jueguitos con un papel higiénico. Otros, los de Primera División, ya hacen rutinas de entrenamiento, home office. “La romantización de la cuarentena es privilegio de clase. Y en el fútbol también. Así nos fuimos, pensando en este clima apocalíptico que ya deja de ser una sensación”, escribe el cronista de Bundeslumpen, que cubrió Muñiz-Centro Español, el último partido que no fue. Son escenas de una distopía que va desde la última categoría del fútbol argentino hasta las ligas más poderosas de un mundo que se queda por un tiempo sin fútbol.

La industria del fútbol, que jugó a puertas cerradas, sin hinchas, un sinsentido, aceptó las reglas generales cuando jugadores y entrenadores estrellas contrajeron coronavirus. El equipo chino Wuhan Zall llegó el 29 de enero a Málaga desde Guangzhou, donde había iniciado la pretemporada. Es el club de Wuhan, la ciudad de 11 millones de personas en la que se originó el Covid-19, que había sido puesta en cuarentena. Cuando llegaron a España eran sinónimo de coronavirus: le cancelaron reservas de hotel, le cerraron campos de entrenamiento y rivales suspendieron amistosos. Ninguno estaba enfermo. Pero sí cansados. “Miedo a lo desconocido”, dijo José González, el entrenador español de Wuhan Zall, que la semana pasada volvió a Guangzhou, ya que la curva de casos de coronavirus disminuye en China, y en Wuhan, el epicentro, al menos el jueves no se registró ningún caso. A través de Wuhan Zall, más que el viaje de una pandemia, se decodifican comportamientos humanos: ignorancia, desesperación, psicosis.

El fútbol aguantó todo lo que pudo. El deporte como entretenimiento y negocio, como lo ven los dueños de los derechos televisivos, no pudo continuar como “distracción” en tiempo difíciles. Ya había sido cancelado como lugar social de encuentro. Una situación inédita desde la globalización del fútbol en los 70. “La respuesta del fútbol al coronavirus ha demostrado una fractura en la estructura del juego, la incapacidad de hablar con una sola voz, incluso sobre un tema tan apremiante como su papel en la mitigación de una emergencia de salud pública”, remarcó Rory Smith en The New York Times. A pesar de las recomendaciones de aislamiento de la Organización Mundial de la Salud, en Nicaragua, Bielorrusia, Australia, Nigeria, Angola, Indonesia, Bangladesh, Palestina y Hong Kong, entre otros países, todavía continúan las ligas nacionales. Cuestión de tiempo. O de una decisión de la FIFA.

“Parecía una locura impensable que se frene completamente el fútbol”, dice el argentino José Sosa, campeón con Estudiantes del Apertura 2006, capitán de Trabzonspor de Turquía, cuya liga se paró recién el jueves, después de que el nigeriano John Obi Mikel, su compañero, rescindiese su contrato por no sentirse “seguro”. “Estábamos preocupados por la situación que se veía en otros países y la repercusión que tuvo mundialmente el tema del virus y los afectados. Lo de mi compañero fue algo extraño: empezó con una publicación que hizo de no sentirse seguro y no estar de acuerdo con la federación turca porque se estaba aún jugando con todas las demás ligas ya frenadas. El club lo tomó mal, y ahí comenzó quizás una discusión exagerada. Digo exagerada porque se podía evitar el final de todo esto. Era lógico que se iba a suspender la liga como en el resto del mundo”. Obi Mikel, capitán de la selección de Nigeria en Rusia 2018, dijo que a los dirigentes no le importaba la vida humana. “El fútbol es lo único en Turquía que permite a las personas deshacerse de su estrés, entretenerse y ocupar sus mentes -había argumentado Ahmet Ağaoğlu, presidente de Trabzonspor-. Si suspenden la liga durante mucho tiempo, en un mes no habrá suficientes jueces para decidir sobre todos los casos de divorcio”.

Obi Mikel y tantos que patean papel higiénico pudieron elegir. A otros, como los futbolistas argentinos en Nicaragua, se les hace más difícil. “Entre los compañeros nos preguntamos hasta cuándo va a seguir esto. Se paró en todo el mundo y nosotros seguimos jugando con público”, coinciden Leandro Figueroa (Walter Ferretti) y Luis Acuña (Real Estelí). ¿Y cómo soportamos nosotros no ir a un estadio, no prender la TV y ver en vivo un partido? “Lo importante ahora es que volvamos a poder preocuparnos lo antes posible por cosas que no son importantes, como el fútbol”, escribe Enrique Ballester en “Barraca y tangana”, su columna en El Periódico de Catalunya. Desde Montevideo, el exfutbolista y poeta Agustín Lucas se pregunta en La Diaria: “¿Cómo sería si el fútbol no volviera? ¿Si lo apocalíptico de la coyuntura terminara por eliminarlo? El virus, una excusa mortal para preguntarnos cómo somos, o quiénes somos, para qué estamos, cómo seremos después de que todo esto pase, y qué otras cosas acabarán por extinguirse”. Para pasar el rato, hay liberación de juegos, como el Football Manager, propuestas de revivir partidos históricos, y películas, documentales y lecturas atravesadas por la pelota. “Al virus -bromeó un futbolero en Twitter- le vamos a ganar jugando como el Atlético de Madrid de Simeone: encerrados y saliendo poco”.

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