Un relato coral que reconstruye casi un siglo de historia argentina

Por: Martina Delgado

En esta segunda novela el autor multiplica voces narrativas heterogéneas en un intento de recuperar aspectos de la realidad a los que ya no es posible acceder. Estas voces, que incluyen también la de un muerto, pertenecen a distintas generaciones y revelan ideas contrastantes.

En Modesta dinamita (Blatt y Ríos), la segunda novela de Víctor Goldgel, las ideas son efecto de una vibración histórica, armas de batalla que detonan un cristal de sentidos en el devenir del tiempo. “Cuando se empezaron a hacer libritos de a mil, el mundo se llenó de duda. Y ¿qué es la duda? Dinamita”, dice uno de los narradores del relato, el plomo, que más que un metal resulta ser una voz cargada de cinismo fundiéndose corrosivamente, como veneno, con la historia de la humanidad.

Las ideas se encienden como mechas y “hacen estallar lo uno en perspectivas”. Tal vez por eso la novela tiene casi tantos narradores como personajes. Los hay de todas las épocas y generaciones. En el funeral de Floreal, el protagonista, hablan sus amigos centenarios, viejos camaradas anarquistas, su nuera, su nieta, el enamorado de su nieta, el hermano de su nuera con su hija y hasta toma la voz el propio Floreal desde la ultratumba. Todos van construyendo un relato que recorre casi un siglo de la historia argentina, en el que las nuevas ideas contrastan con las viejas, las más revolucionarias y libertarias, en su sentido original.

Floreal vivió 92 años. Al final, el cuerpo ya no le respondía y la memoria le daba vueltas como en un laberinto brutal. Desde la lucidez que le concede la muerte, en una suerte de tregua de la razón, recuerda los sucesos que rodearon el asesinato de su hermano Raimundo, a quien vio desplomarse de un tiro en la cabeza tres cuartos de siglo antes: “Sólo escuché zumbar una mosca y me acordé de Raimundo. De la estrella negra en su frente. Era para mí esa estrella. Le tocó a él”, dice al principio del relato.

Sus historias, ahora espejadas por esa bala equivocada, coinciden con la del anarquismo en el Buenos Aires de los años veinte. “Como novelista, me propuse explorar algunos aspectos de esa realidad a los que ya no tenemos acceso. Por ejemplo, qué sentía un chico de quince años al volverse un anarquista de acción, imprimir dinero falso y usar una de las bombas preparadas por Vázquez Paredes (de ahí en parte el título de la novela, “Modesta dinamita”). O el diálogo y la colaboración que los anarquistas judíos de Buenos Aires pudieron haber tenido con Albert Einstein durante su visita a la Argentina, con la escritora feminista Elsa Jerusalén o con empresarios heterodoxos como Silvio Gesell. (…) Un empresario que financia anarquistas. Einstein, un mujeriego, aprendiendo sobre feminismo y cantando el feliz cumpleaños con Carlos Gardel. Un libro-bomba para hacer caer a un ídolo de la derecha. Son algunos ejemplos de cómo la ficción le puede hacer frente a un pasado que nos da vueltas como un fantasma”, escribió el autor para la revista Noticias.

En el pasado que da vueltas, en las postales más audaces de la acción directa, están esas ideas fulminantes, que al tiempo que consumen una vida, la encienden. “Las ideas no se matan, repiten los ignorantes, como si eso importara. Lo que importa es cómo matan ellas y cómo dan vida”, nos explica una voz hecha de plomo, que escupe frases como proyectiles, en este libro-bomba que traspasa la historia de Floreal y estalla a escala real. 

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