Un sacrificio para el goce

Por: Alejandro Wall

Anoto algo: la selección está en las semifinales, lo que es también quedarse hasta el final, hasta que todo esto se desarme. Y los Mundiales son muy difíciles, como lo experimenta esta selección. El trabajo está hecho, lo que no significa conformarse. Pero este equipo cumplió, estuvo a la altura, y estableció un vínculo emocional como ninguna otra selección en el último tiempo.

Hola, ¿cómo están?

Son las 7.15 de la mañana en Qatar y amaneció nublado, con posibles lluvias, y con la Argentina en semifinales del Mundial. Todavía no dormimos, cuestiones de trabajo, también del horario en el que terminó el partido. Recién pudimos salir del estadio a la 1.30. Pero además la noche, lo que pasó en esa cancha, inyectó una carga energética difícil de aplacar. Les habrá pasado a ustedes donde estén, con quiénes estén, algo se vio en las redes, algo cuentan los que a esta hora, cuando no se puede hablar de otra cosa, no se puede mirar otra cosa, mandan mensajes sobre la euforia que cruza al país, sobre cómo diluvió un rato después del penal de Lautaro Martínez. Debe haber sido necesario.

A la entrada del metro, en la estación Lusail, la del estadio, los que más festejan no son argentinos. Son indios, son bangladesíes, son nepalíes, y por lo primero que los reconozco es por sus camisetas de diseño propio, sus originales, tan distinta a las oficiales pero con los mismos colores. Suben las escaleras reverenciando a Messi. Meeeessiiii, Meeessiiii. Y cuando se encuentran al voluntario indicar el camino, el Metro, this way, lo intervienen. Metro, dice el voluntario. Messi, dicen ellos. 

Pudo haber sido una noche qatarí -una tarde argentina- más tranquila. Pero otra vez como con Australia los planes se complicaron. Ahora que todo terminó, pienso si esto no es como un sacrificio para el goce. ¿Estamos ofreciendo nuestra angustia para la celebración? El sufrimiento alimenta el estado de celebración, lo estimula. Es como si este equipo estuviera destinado a construir sus triunfos en condiciones épicas. 

Ahora van tres minutos y ya desbordó Acuña, ya trabó De Paul y ya descolgó Dibu. Van cinco minutos y ya De Paul se juntó con Messi, ya Cuti Romero avisó de su rigor. El equipo está. Del otro lado hay un ejército vestido de naranja, once hombres que parecen manejados desde por la libreta de su general Louis Van Gaal o por los anteojos de su coronel Edgar Davids. A la estructura táctica de Países Bajos, la Argentina le responde con la técnica del espejo. Tres centrales, línea de cinco defensores, Cuti Romero sacando todo de arriba, de abajo, y a desplegarse por las bandas. Todo lo que podíamos imaginar que iba a pasar en estos primeros minutos, está pasando. Nathan Aké lo persigue a Messi donde fuera. De Jong ayuda en la tarea. El partido se atasca.  

El fútbol tan calculado lleva a la monotonía. Todo estudiado, un partido de claustro. La diferencia ahí la hace la rebeldía, los jugadores que desordenan, que generan un hecho imprevisto. El fútbol es de los jugadores. El comienzo de todo puede ser un pase o una gambeta. Ahí está Messi, un desordenador de partidos. Su pase a Nahuel Molina, lo que lleva al gol, destruye cualquier fórmula, las flechitas, el trabajo de la semana. Parece hecho con una escuadra, pero es creatividad en estado puro con algo de clarividencia. Todos vimos el arco, Messi vio el pase. 

Países Bajos no puede con Dumfries y con Blind. El joven Cody Gapko es controlado por el joven Enzo Fernández. La presión argentina, que empieza en Julián Álvarez, obliga a Virgil Van Dijk a tirar pases largos. Alexis Mac Allister se come la mitad de la cancha. Rodrigo De Paul deja todo lo que trajo de su cuerpo. La guardia conformada por Cuti Romero, Otamendi y Lisandro Martínez desbaratan lo que pueda hacer Memphis Depay o Steven Bergwjing. Todo parece estar bien, mucho más cuando con el segundo tiempo avanzado llega la enésima excursión de Marcos Acuña al campamento holandés y termina en un penal. Messi lo cobra y se cobra la primera con Van Gaal, le hace el Topo Gigio.

Y ahora ya está, es un respiro. Pero van a pasar cosas. El equipo sistematizado por Van Gaal comenzará a acumular de centros a un gigante de nombre Wout Weghorst, casi dos metros. Cuti Romero, que tenía una de todas las amarillas que sacó el español Mateu Lahoz, ya no está en la cancha. Está Germán Pezzella. Los tres centrales habían hecho hasta ahí un partido de los inolvidables. Van Gaal manda a Luuk De Jong también al área. Primer gol de Weghorst y ya vimos todos lo que iba a pasar, lo que podía pasar. Algo se olió en el ambiente. Hacía un rato habíamos visto en la sala de prensa cómo Croacia liquidaba a Brasil en los penales, el gran shock del Mundial. 

Hay errores argentinos. El partido se calienta. Paredes pega un pelotazo al banco holandés. Lisandro salva una, Dibu salva otra. Lahoz le agrega diez minutos a este drama, que serán once, y que no sólo le dará un buen tiempo a los holandeses sino que hará jugar un partido de 137 minutos. Una falta de Pezzella en compañía de Paredes terminará en una jugada de diseño holandés, en Weghorst. ¿Por qué? ¿Por qué esto?

Ya pasó la medianoche en Qatar, los 21º se cuelan con alguna brisa, no hace falta el aire acondicionado de los estadios, y la verdad es que me saltaría todo este tiempo suplementario salvo porque los últimos diez minutos de la Argentina fueron de un fútbol de alto vuelo. Di María reseteó el partido, le dio una nueva vida a Messi, al equipo. Esas imágenes tienen que quedar porque son las imágenes de once hombres que se revitalizan cuando parecen agotados. La Argentina tira mil cornes. Di María ensaya uno olímpico. Lautaro Martínez intenta todo y no le sale. Se agiganta Enzo Fernández. Tira una gambeta para un centro el área y en la última jugada del partido gatilla pero da en el palo. 

Quedamos en las manos de Dibu Martínez y las manos de Dibu Martínez están ahí. Una definición por penales es un camino incierto, puede ser la milla verde o la escalera al cielo. Lautaro Martínez, al nada le salía, tiene el último penal. Lo hace, todos corren hacia él, a abrazarlo, salvo Messi. Messi sale a tirarse encima de Dibu, una reproducción de lo que había pasado contra Australia cuando Otamendi y Enzo Fernández abrazaron al arquero. Un equipo que siempre termina desparramado en el piso es un equipo que usa hasta lo último de su batería.

Anoto algo: la selección está en las semifinales, lo que es también quedarse hasta el final, hasta que todo esto se desarme. Y los Mundiales son muy difíciles, como lo experimenta esta selección. El trabajo está hecho, lo que no significa conformarse. Pero este equipo cumplió, estuvo a la altura, y estableció un vínculo emocional como ninguna otra selección en el último tiempo. Ahora que el día avanza en Qatar, que todavía es difícil dormir, scrolleo mi timeline. Nahuel Prado tuitea una frase de Charly García en Influencia. “Si fue hecho para mí -dice- lo tengo que saber”. Me pongo los auriculares, la busco en Spotify. Escucho: “Yo no voy a correr ni a escapar de mi destino”. Hacia ahí va esta selección, hacia ahí va Lionel Messi. 

Hasta la próxima

AW

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