El precandidato apuesta a crecer por el centro, un camino que ya fracasó en la campaña de 2015.

En la política se pueden nombrar varios ejemplos que alimentan la ilusión de cualquier dirigente. Lula da Silva fue tres veces candidato presidencial (1989, 1994, 1998) hasta que ganó en 2002. Andrés Manuel López Obrador compitió para ser el Huey Tlatoani (en náhuatl) en 2006 y 2012. Perdió en ambas ocasiones y triunfó en 2018. Son ejemplos de líderes históricos, populares, exitosos. Por qué no tomarlos.
Scioli salió a la cancha decidido a seguir su intuición política. Apuesta, como hizo en la primera parte de la campaña en 2015, a crecer por el centro. Elogió a Patricia Bullrich y a Horacio Rodríguez Larreta. Sobre Bullrich dijo que «la iba a necesitar». ¿Para qué Daniel? A menos que tenga pensado impulsar una represión salvaje, el alineamiento automático con Estados Unidos, y la intolerancia con el que piensa distinto, no queda claro.
De fondo pareciera haber una apuesta a la bucólica idea de «si los argentinos tiramos todos para el mismo lado». Esa que solían desplegar con tanto éxito Mónica y César en el Noticiero del Trece.
En la campaña presidencial de 2015 hubo dos etapas diferentes muy marcadas. En la primera fase, desde la previa de las PASO hasta la elección general de octubre, Scioli fue Scioli. Recorrió un camino similar al actual. Quizás no fue tan exagerado como estos días, en los que pareciera que podría gobernar con Javier Milei en el Ministerio de Economía, Nicolás Del Caño en Obras Públicas, y Papá Noel sacándose fotos con los niños todos los días en la puerta de la Rosada.
Volviendo al 2015, su apuesta fue parecida. Trataba de interpretar el humor social que reflejaban las encuestas: la mayoría de la sociedad argentina respaldaba el modelo económico y social impulsado por Néstor y Cristina durante 12 años, pero había una franja que tenía un deseo de cambio de estilo, de forma, de modos de comunicar. Eran prioridades que confirmaban cuánto había mejorado la vida de la población, lujos que se pueden dar con la panza llena.
Esa estrategia de campaña llevó a Scioli a ganar las PASO por ocho puntos y la primera vuelta sólo por tres, con una derrota en la categoría a gobernador en la Provincia de Buenos Aires, que para el peronismo fue casi un golpe de nocaut.
¿Y qué ocurrió? No fue Scioli quien reaccionó sino un sector de la militancia, la menos orgánica. Hubo personas que comenzaron a debatir en los colectivos, los trenes, los subtes. Se salió a la calle en defensa propia. Una parte de la sociedad tenía claro –más que algunos dirigentes– que Macri era un peligro, como lo fue, para la economía, para la justicia social, para la libertad.
La campaña del Frente para la Victoria tuvo un giro. Quizás contra la naturaleza del propio candidato, se polarizó. Empezó lo que los medios hegemónicos llamaron «campaña del miedo» y en el balotaje casi se ganó, al revés de lo que ocurrió en la fase anterior del recorrido electoral.
Scioli es un dirigente que ha sido mayormente leal a sus jefes políticos, pero que ahora quiere liderar. Tiene trayectoria para sus pretensiones: vicepresidente, dos veces gobernador de la provincia más poblada del país, candidato presidencial que perdió por un punto y medio. Nadie puede decir que le falta «un golpe de horno» para buscar su revancha.
Lo que está menos claro es lo que piensa sobre el país. Se pueden buscar acuerdos básicos, por supuesto, pero los consensos parten de reconocer las enormes diferencias que recorren la historia argentina, y que han costado sangre, sudor y lágrimas, en algunas etapas. Bullrich no defiende los mismos intereses que el Frente de Todos, y si fuera así, estamos en problemas.
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Scioli es una persona que quiere quedar bien con Dios y con el diablo. No podemos tener a una persona de esas características como jefe de estado. Hay que ser objetivo y saber que hay 2 proyectos de país. O se está de un lado o se está del otro.