
Es la psicología del sujeto masificado, la patota humana, la horda, la que a diferencia de la “manada” en el mundo animal, logra siniestramente la destitución del otro de su dignidad de semejante, para descargar el odio destructivo sobre él.
Por otro lado, la implantación en el otro, de un rasgo de repudio radical, ya sea por sus características físicas, por su color de piel, su orientación sexual, su religión, su nacionalidad, su clase social, etc. Estas características pasan a adquirir la fuerza de aspectos rechazados y repudiados en el grupo masificado. Aquí se ordenan las coordenadas del “otro como enemigo”, bajo égidas machistas de época o bien racistas, comandadas por ideologías dominantes en algunos grupos e ideologías que sostienen las llamadas “suplencias” que cohesionan artificialmente, consolidando a esa masa, manteniendo a alguien “odiado” por alguno de esos rasgos.
Esto implica necesariamente la ruptura del lazo social que, psicoanalíticamente hablando, implica la destitución del otro como semejante, a través de un gran otro y el salto de toda posible ley regulatoria, incluso los suplentes “códigos de la calle”.
La violencia simbólica es también el hábitat de este crimen: es el odio de clase, esos otros despreciados y denigrados, que podrían estar representados en la joven víctima. De las peores trampas del machismo, surge la encrucijada de la ruptura con la identificación con el semejante, en parte para la “autoafirmación” protésica de la masculinidad y en parte para lograr una conquista falsa: un siniestro trofeo de muerte.
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