La autora, docente e investigadora de fotoperiodismo, toma la indignación que produjo la imagen de la detención del niño Liam Conejo Ramos a manos del ICE, captada por un fotógrafo de AP, para reflexionar sobre la forma en que miles de niños mueren y sufren fuera del campo visible de la opinión pública mundial.

Spider-Man y Stitch son figuras centrales de la cultura popular norteamericana, íconos inmediatamente reconocibles. El Hombre Araña encarna la acción, la agilidad, el sentido de la justicia, el heroísmo cotidiano: no es un superhéroe distante, sino un chico común que enfrenta responsabilidades que lo exceden. Stitch, en cambio, habla de afecto, de rareza, de ternura. Es caótico y sensible. Probablemente la familia de Liam Conejo Ramos no pensó en estas capas de sentido al elegir la mochila y el gorro. Los eligió porque son infantiles, lindos, prácticos. Porque les gustaron o porque estaban baratos. Ambas cosas en la fotografía pesan por sus colores y formas. Frente a Liam se ve parte de una camioneta del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE). Podría ser una Jeep Wrangler Unlimited, esos vehículos preparados para climas adversos. Donde a pesar del frío glacial dentro están calentitos. La camioneta tiene nieve. Es invierno y el clima muy hostil. Detrás de Liam aparece un hombre. No vemos su rostro, apenas un fragmento de su uniforme y su mano. Una mano que agarra la mochila del Hombre Araña. Una forma extraña de sostenerlo, una forma de retenerlo. Una mano que sabe que no necesita hacer fuerza para que ese nene no se escape.
Ese hombre es un agente de ICE. Liam mira hacia adelante. Está concentrado. No sabemos qué piensa, ni qué entiende, ni qué siente. Sabemos que está entre el agente y la chapa negra y fría de la camioneta. Entre el cuerpo de un hombre armado y un objeto metálico que funciona como límite.
El gorro azul con tiras y pompones produce un contraste tierno en medio de ese entorno. Dos mundos adultos se adivinan y cruzan en la imagen. El mundo adulto del control y la violencia de Estado. El mundo del cuidado y el amor de una familia por su hijo.
Cerca de la escena está Ali Daniels, fotógrafo de Associated Press. Daniels forma parte de una generación joven de fotoperiodistas que trabajan en Estados Unidos cubriendo noticias duras, vida cotidiana y problemáticas sociales. Viene fotografiando comunidades locales, educación pública, climas extremos, migraciones y operativos estatales.
Daniels elige un encuadre cerrado. Seguramente se agacha: fotografía a Liam desde su propia altura. Ese gesto desplaza el centro de gravedad de la imagen hacia la experiencia del niño. El rostro del agente de ICE queda fuera de campo. Su cuerpo aparece fragmentado, sin identidad, cortado por el borde del cuadro. El protagonista visual es Liam.
La camioneta ocupa el lateral derecho y funciona como un muro: una masa oscura que encierra la escena. Liam queda comprimido entre dos fuerzas. Entre grises, negros y blancos sucios -nieve, barro, metal- irrumpen los colores vivos de su mochila, su gorro, su ropa. Liam tiene la piel morena y junta sus manitos, una con otra.
No hay acción en la fotografía, pero algo está por suceder. La imagen está suspendida en ese instante previo a que algo pase. Hay tensión y espera. Necesitamos palabras para saber qué pasó antes, qué ocurrió después.
Liam Conejo Ramos fue detenido por agentes federales en Minneapolis. Las imágenes fueron compartidas por las autoridades de la escuela pública Columbia Heights, en Minnesota. Los agentes habían ido a detener a su padre, Adrián Alexander Conejo Arias, migrante ecuatoriano con la documentación en regla. Utilizaron a Liam como carnada. Usaron al niño para atraerlo y detenerlo. La empatía y la compasión que genera la imagen son las mismas que los agentes del ICE intentaron instrumentalizar para ejecutar el arresto.
Lo que le sucedió a Liam y a su familia es consecuencia directa de las decisiones políticas y de los operativos de deportación del gobierno de Donald Trump. Ocurrió apenas dos semanas después del asesinato filmado en vivo de Renee Good a manos de un agente de ICE armado, del asesinato a sangre fría del enfermero de terapia intensiva Alex Pretti y en un contexto de proliferación de arrestos violentos, allanamientos y abusos de todo tipo por parte de ICE en Minnesota.
Imágenes que, de tanto repetirse, corren el riesgo de perder eficacia, de insensibilizar.
Liam y su padre fueron trasladados a Dilley, Texas, a las afueras de San Antonio, donde quedaron recluidos en un centro de detención para migrantes. Según informó el abogado de la familia, la escuela había verificado que el caso de asilo estaba activo y que no existía ninguna orden de deportación. La familia había ingresado al país siguiendo todos los procedimientos legales.
El objetivo de estas prácticas violentas y fuera de todo límite ético y moral es amedrentar y disciplinar al conjunto de la sociedad. Ya no se trata solo de controlar la frontera ahora expulsan a quienes viven en Estados Unidos. Y usas a los niños pequeños de carnada.
La imagen de Liam se viralizó y llegó a las portadas de medios de todo el mundo. Una fotografía periodística que batalla en medio de un contexto atravesado por fake news, sobreabundancia de imágenes y creaciones hechas con inteligencia artificial.
Es una fotografía atravesada por la ternura y la crueldad. Ese contraste es lo que le da su potencia. Liam despierta cariño, preocupación, deseo de protección. Nos obliga a preguntar ¿qué le pasó?. Es una imagen que permite interrumpir la insensibilidad, el acostumbramiento a la crueldad, que exige respuesta.
Durante dos semanas, Liam y su padre estuvieron detenidos a más de 1.900 kilómetros de su casa y días atrás ambos fueron liberados. La fotografía empujó en este caso a tomar esa resolución. El caso profundizó el conflicto entre la administración Trump y las autoridades demócratas de Minnesota. ICE tuvo que retroceder.
En la historia de la fotografía existen otras imágenes de niños y niñas que marcaron umbrales de indignación social: Aylan Kurdi en una playa de Turquía; Óscar Martínez y su hija Valeria ahogados en el Río Bravo; la niña quemada por napalm en Vietnam; el niño frente al buitre fotografiado por Kevin Carter; el niño anónimo con los brazos en alto frente a soldados nazis en el gueto de Varsovia. Esas imágenes impidieron que esas vidas se convirtieran solo en estadísticas. Ingresaron al espacio público con nombres, historias, rostros. Se volvieron presencias activas.
Duelen, pero pueden ser miradas. Construyen una comunidad de espectadores, un “nosotros” que establece una cercanía ética con aquello que se mira. Un ‘ser en común’ donde los niños deben ser protegidos y no utilizados, detenidos, quemados, expulsados.
En tiempos de saturación visual y falsificación sistemática de las imágenes, cada vez es más difícil encontrar una fotografía que conmueva y obligue a actuar. Como advirtió John Berger, las imágenes del sufrimiento pueden generar indignación o pesimismo; pero solo la indignación exige una acción.
Gracias a la foto Liam y su padre fueron liberados. Pero quedan centenares de niños, niñas y adultos que siguen detenidos injustamente o viviendo bajo la amenaza de la deportación. Liam y su familia tuvieron la suerte de que haya un fotógrafo cerca.
Otros niños sufren y mueren fuera del campo visible de la opinión pública mundial. Y aunque existan fotos terribles y conmovedoras ya no las vemos.
Los miles de niños despedazados en Gaza ya no entran en el encuadre.
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