Una jueza de básquet se alejó de la actividad tras denunciar hostigamiento y acoso sexual

Bianca Tedesco, que dirigió partidos del Torneo Federal y la Liga Argentina, publicó una carta en la que renuncia cansada del "ambiente netamente machista e injusto". La CAB dijo que ordenó la "suspensión provisoria del denunciado".

Bianca Tedesco, jueza de básquet, contó en una conmovedora carta publicada en sus redes sociales la “tortuosa realidad” que le tocó vivir en sus 13 años de carrera en el ambiente y denunció hostigamiento y acoso sexual. “Si hoy hablo es porque no puedo más. Porque mi salud mental pasó por estados que no son directamente proporcionales con la exigencia de mi trabajo, sino con el hostigamiento y acoso sexual que recibí en un ambiente netamente machista e injusto para quienes sólo quisimos trabajar y hacerlo bien”, publicó en su cuenta de Twitter e Instagram.

Tedesco, que participó del Torneo Federal y de la Liga Argentina, decidió renunciar al arbitraje con esta publicación que ya generó una respuesta de la Confederación Argentina de Básquetbol. En un comunicado firmado por su presidente Fabián Borro, la Cab aseguró que ya “puso en funcionamiento su protocolo contra la violencia de género” y que “ordenó de forma inmediata la suspensión provisoria del denunciado en ejercicio de sus funciones en el ámbito de nuestro básquet”. 

La publicación completa de Tedesco

“Me encuentro sentada frente a la pantalla y mis dedos se mueven en lo que parecen ser un montón de cuadraditos de plástico mientras por dentro se desata un tsunami que distribuye con fuerza mis emociones hacia diferentes partes de mí. Me duele el pecho, casi como cuando el desamor apareció en mi vida e irrumpió de manera enérgica esa nueva sensación tan desagradable como nostálgica, por primera vez.
Me resulta injusto que sea de este modo porque, si bien es algo que está pensado, no es lo que quería. Una vez más, el sistema me impulsó a tomar una decisión pero, afortunadamente, esta vez se basa en mis ideales. Y, eso sí, puedo decir que me deja en calma, pero que me destroza el corazón. Me robaron hasta las ganas, se apropiaron de mis sueños al dormir, también me despertaron de la tortuosa realidad de la que fui parte durante casi 13 años. Tenía pensado un retiro cerca de mis 50 años, por lo menos. Pero para eso era condición sine qua non continuar silenciada, sometida, apagada y viviendo para otros.
Agradezco al universo tener la oportunidad de expresar lo que me hicieron sentir aunque ya, en este preciso momento, no logro detener la gota que rebalsó mi lagrimal, que ha comenzado su recorrido hacia mi mandíbula. Sentí miedo (mucho) por quedar expuesta a ser la quilombera, la atorranta, la puta, la torta resentida. También por quedarme sin mi mayor fuente de ingresos pero, por sobre todo, por abandonar el barco de la pasión que me sostuvo desde el momento en que, con mis pocos 7 años, entré a un rectángulo de juego y jamás quise salir. Incluso ahora tampoco quiero, pero no me queda otra opción.
Lamentablemente hay quienes siguen sosteniendo que con opresión, hostigamiento y mucho daño mental es como se llevan adelante los proyectos, las ideas y los sistemas. Ya no puedo formar parte de eso, ya no concibo ser sometida en pos del beneficio de unos pocos o de unas pocas.
Continuar sumergida en la idea de que quienes obtienen beneficios no son realmente quienes en la cancha demuestran, sino quienes las personas que tienen poder quieren que demuestren y, para eso, les dan todo hasta que en algún momento pueden aprender a llenarse de aire los pulmones y soplar un silbato. Hacer creer que la idea es construir en base al trabajo, pero quienes estamos dentro sabemos que realmente llegan las personas que duermen en la misma cama o que hacen favores para el rey de la cúpula.
Me eriza la piel recordar vivencias, mensajes, audios, situaciones  de acoso sexual que naturalicé creyendo “está bien que esto suceda” o “si quiero seguir dirigiendo voy a tener que soportarlo, no queda otra”. En realidad sí quedaba otra, pero era demasiado dolorosa la opción de reconocer lo que había vivido y aprender de eso para comunicarlo. De acá a mucho tiempo seguiremos siendo las conventilleras que abren la boca para hacer quilombo, y realmente lo agradezco (lo del quilombo, claro). Si estas conventilleras no se expresaran, nos seguirían violentando, hostigando, violando, acosando, silenciando, sometiendo y matando. Si hoy hablo es porque no puedo más. Porque mi salud mental pasó por estados que no son directamente proporcionales con la exigencia de mi trabajo, sino con el hostigamiento y acoso sexual que recibí en un ambiente netamente machista e injusto para quienes sólo quisimos trabajar y hacerlo bien.
Hoy no me queda otra que dar un paso al costado, al menos por un tiempo. Desde donde esté, construiré siempre para que otras personas no sufran lo mismo que yo aunque no pueda evitarlo. Al menos, si sucede, que sepan que no están solas y que el poder ejercido de manera desigual y ofensiva es opresión, es abuso y hostigamiento. Quienes me conocieron en mi labor saben que la pasión, así como el respeto y el trabajo estuvieron siempre y fueron superlativas.
Tengo el corazón desgarrado, los ojos hinchados y la tranquilidad de haberlo dado todo.
Afortunadamente, hoy todo está en manos de la justicia”.

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