«Una revolución no tan silenciosa»: el rapero de 18 años que resucitó la movida independentista de Quebec

Por: Andrés Gaudin

Sucede en Canadá. En sincronía con Bad Bunny y otros artistas, Kinji00 y su hermano Lb66 irrumpen con sus temas soneranistas y generan lo que no logra la política tradicional. El quiebre con el "francés perfecto".

En estos tiempos de odio, genocidios y guerras no es sencillo, sin duda, asumir el liderazgo de una sociedad contestataria, que busca liberarse. La responsabilidad de ser el faro orientador le ha caído, sin habérselo propuesto ni imaginado, a un rapero de sólo 18 años que codo a codo con su hermano de 22 salió al ideario público hace poco más de un año. Sin partido, sin disciplina impuesta, sin estatutos que los regulen, en Quebec, una de las diez provincias de Canadá, Kinji00 y Lb66 convocan multitudes para decir sus cantares, compartir principios y actualizar la demanda de país soberano que arrancó a principios del siglo pasado, hizo escala en dos referéndums en los que tropezó el «Sí» que renació ahora en las letras cargadas de citas históricas que Kinji transmite como nadie.

Véase primero cuál es el territorio que caminan los hermanos, escenario de las muestras de identificación y desbordante popularidad que los han llevado a la necesidad de decir que no se posicionan a favor de ningún partido soberanista, porque son quebequenses y «siempre nos mantendremos firmes e imparciales, y queremos seguir estando al servicio del pueblo, de todos, porque no importa ni interesa a quién votes, a qué te dediques, dónde naciste, dónde nacieron tus padres… Quebec es el país de todos». La provincia se acerca ya a los 9 millones de habitantes y son los únicos de habla francesa en esa federación que se define como una monarquía con democracia parlamentaria que sigue viva al pie del monarca de la Gran Bretaña colonizadora, el rey Carlos III y todas las impudicias de su corte.

Nuevo en el mundo del rap, tras recibir la distinción de los exponentes más notorios del género, Kinji dijo lo suyo durante las celebraciones patrias de junio del año pasado y lanzó su primer compilado digital. Aunque los hermanos evitan caer en consignas que los estigmaticen y asocien a la política partidaria, el mixtape fue una proclama desde el título: À la prochaine fois (hasta la próxima vez), la breve frase de despedida con la que Jacques Parizeau, uno de los líderes históricos del independentismo, saludó a los quebequenses cuando, hace 31 años, se perdió el último referéndum.

Ahora, aunque nadie piensa en una tercera cita soberanista, Kinji promueve y promete una «revolución no tan silenciosa», armada sólo con las referencias históricas que incluyen citas de René Lévesque, fundador del Partido Quebequense (PQ).

Según los medios de Ottawa y Montreal el salto de Kinji hacia las estrellas parece no tener freno. Ojalá, dicen los mayores, que su viaje hacia el infinito no se parezca a la aventura de Ícaro acercándose al Sol. Y eso vale doble porque significa que, lentamente, es la meta de la independencia la que corre y contra toda ley de la física y la óptica hace que el horizonte se acerque. Hace un año sus temas tenían menos de 10 mil visualizaciones y hoy se habla de más de un millón de À la prochaine fois, sólo en los videos de TikTok. Con su cantar lunfardo, Kinji superó las calles y hasta el mundo académico habla de él como un fenómeno generacional. Los jóvenes repiten sus versos y saben lo que dicen, los viejos canturrean los términos como si fuera el mandato de la sabia sentencia milenaria proclamando la libertad.

Los textos que Kinji y Lb escriben a cuatro manos no ignoran nunca el pensamiento de Lévesque y de Parizeau, el líder que nacionalizó la energía, y se extienden en imágenes relacionadas con resonantes episodios sociopolíticos. Reúnen todo en Fleur de lis (la flor nacional): «Nos apuñalaron por la espalda como en La Noche de los Cuchillos Largos / por eso vuelvo a la pista como si fuera mi trabajo / René Lévesque caminó y ahora Kinji00 corre / Digo viva el Quebec libre hasta que se queden sordos». En el primer día de exposición, TikTok contabilizó 175 mil visualizaciones. (La noche de los cuchillos largos no alude a la purga ordenada por Hitler para descabezar a los camisas pardas sino a un acuerdo amañado por las restantes nueve provincias para marginar a Quebec en un episodio de repatriación de la Constitución).

En coincidencia con las proclamas contra el odio, los genocidios y las guerras que lanzaron Residente, Bad Bunny, las figuras de Hollywood y de Broadway y los premiados de los grandes festivales de la música y el cine, aparecieron en escena los dos raperos que con sus recién conocidos nombres repusieron en el escenario político la gran ambición –soberanía, independencia– de  la casi cuarta parte de los canadienses. Nacidos en Oporto (Portugal) de madre quebequense y padre portugués, Miguel y Leonardo Monteiro-Beauchamp crearon sus nombres como sus raps. Kinji se dio su apelativo artístico con la ayuda de un generador de nombres ninja, cuando estaba en quinto año del estatal Collège d’Enseignement Général et Professionnel. Lb66 tomó el suyo de sus iniciales y agregó el 66 que numeraba la bicisenda de atrás de su casa, en la que se juntaba a jugar al hockey con sus amigos.

Con una visión generosamente abarcativa, los raperos de Gatineau, ciudad situada a orillas del río Ottawa, reivindican al franglais, habla de raíz callejera, mezcla de francés e inglés  que forma parte de la cultura hip-hop y se ha generalizado en los mayores centros urbanos. Lo dice Kanji00, lo dice Lb66, lo cita el diario Le Devoir, de Montreal: «Creemos que hay una parte del movimiento independentista que se ha vuelto purista con el francés, con una clase intelectual que quiere que todos hablen un francés perfecto, académico, pero nuestro enfoque es que puedes hablar como hablas en la calle, con tus amigos, todos los días, y que bien podrías pertenecer a este movimiento, sin discriminación. Ese es parte de nuestro credo: puedes venir de cualquier lado y ser parte del todo. Es lo que queremos recuperar».

El enredo de Durand

Todo empezó con un mapa y un capricho. En 1893, un funcionario británico trazó una línea recta sobre montañas torcidas y la bautizó Durand Line. Quiso separar mundos y terminó cortando pueblos, pastores y familias. Desde entonces, Afganistán dice “esa frontera no existe” y Pakistán contesta que sí, que “pues ahí está”. Así llevan más de un siglo, entre reproches mutuos, incursiones de toda índole y algunas que otras bombas mal ubicada.
De esta manera, cuando los talibanes volvieron el poder, Islamabad creyó que se trataba de un aliado. Pero la amistad duró poco, cuando se acusaron de esconder terroristas y de servir a potencias rivales.
Lo demás es humo, metralla y variadas declaraciones patrióticas. Ahora hay un millón de personas desplazadas que cruzan y vuelven sin saber de qué lado viven. El vecindario que confirma una vieja verdad: cuando los ingleses dibujan la raya, otros terminan sangrando.

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