Con tal de salvar el día a día no hay promo que por bien no venga. Promo viene a ser la apócope de promoción, una clase de incitación que se volvió producto de primera necesidad tanto en el salón más sofisticado como en el boliche perdido de cualquier barrio.

Todos estamos pidiendo algo más, pero el cedazo de la estrechez hoy junta a poderosos o pymes, formales o informales. La necesidad de hacer caja está expresada en palabras que cada día se escuchan más en las voces de entusiastas locutoras y locutores: beneficios, ofertas, precios imposibles. Abundan las presuntas ventajitas matemáticas: 4×2, 3×2, 2×1 o 60, 70 u 80% de descuento en la segunda unidad. Y aún así, a grandes, medianas y pequeñas personas y a grandes, pequeñas y medianas empresas les resulta difícil arañar, aunque sea un pedacito, que permita distanciarse de la malaria.
(Entre paréntesis, una curiosidad: malaria y salario tienen la misma cantidad de letras).
Desconozco si esos recursos publicitarios o marketineros sirven, así como descreo de su efectividad. Tampoco sé qué proporción de la ciudadanía los consienten, si los aprueban como efectivos o no son otra cosa que cuidados paliativos.
Pero ahí están: esta misma semana, apenas llegado el día 15 (la fecha aproximada en la que, según grandes coincidencias, el sueldo desaparece de los lugares que solía frecuentar), un supermercado apretó el pomo y ofreció “un carnaval de ofertas”. Lo hacen también los bancos, a los que se les cae la guita, prometiendo ventajas fabulosas con las tarjetas de crédito. Son varios los que tientan con viajes para presenciar el mundial de fútbol. Lo reiteran con frecuencia las cadenas de electrodomésticos y de productos de computación con los Black Friday o los Cyber Monday, incentivos a los que el idioma inglés pretende sumarles reputación. Lo replican los super e hipermercados que, un día a la semana o a veces más, propician descuentos a los jubilados o a toda clase de clientes siempre y cuando cumplan con agotadoras combinaciones. Son los escasos momentos, que, con el acicate de las deducciones, los plásticos entran en estado de convulsión. Lo utilizan las cadenas de venta de combustibles, que vía Messi o De Paul ofrecen la pelota del mundial. Nada se le iguala a un recargado Franco Colapinto vendiendo todo lo que se le pase por sus ojos. En los territorios propios de los llamados ciudadanos de a pie, los comercios minoristas de cercanía (chinos, almacenes, despensas, carnicerías y verdulerías), los consumidores ya vencieron la vergüenza y compran tres churrasquitos, dos tomates, una cebolla. Todo preferentemente de a uno y a la bolsa.
A partir del 2001, cuando piquetes y cacerolas jugaban en el mismo equipo, gracias al ingenio criollo se popularizaron herramientas para hacer frente al tormentón económico. La mayoría de ellas duraron poco, como la simpática y circunstancial era del trueque. Luego se alternaron sacudones económicos, como una variedad de corralitos, de los que supimos y pudimos salir y también etapas más amigables en las que el dinero alcanzaba para todo y para todos. Más adelante llegaron los enemigos de todo lo bueno y con sus recortes odiosos hicieron que cualquier clase de 2×1 se degradara tanto que la sensación es que todo cuesta el doble de lo que tendría que valer. Eso, hasta el momento actual en que el beneficio se convirtió en socorro mutuo; la cortesía en limosna; la rebaja en parte del ajuste.
Con tal de salvar el día a día no hay promo que por bien no venga. Promo viene a ser la apócope de promoción, una clase de incitación que se volvió producto de primera necesidad tanto en el salón más sofisticado como en el boliche perdido de cualquier barrio. La promoción es válida para el changarín que apura el desayuno con tres medialunas (que hasta hace poco venía con dos) y el dueño de un auto de alta gama que, anticipándose al aumento de nafta del día siguiente, hace tres horas de cola con tal de ahorrarse unos pesos. Para competir y sobrevivir todos agudizan su imaginación.
Los consumos que están al alcance de pocos- indumentaria, automóviles, viajes el exterior, cruceros y por qué no, tractores- tientan con cuotas de vencimiento lejano y libres de interés. Hacen lo suyo las tarjetas de crédito que con curiosos pasamanos posibilitan que muchos puedan seguir yendo al teatro o mantengan la chance de solventar una tarde cinematográfica en familia con los carísimos candys incluidos. El bar del barrio que en un pizarrón escrito con tiza saca a remate medio tostado con un vaso de jugo con gusto a naranja; el multikiosco de la esquina que patrocina un superpancho con tsunami de papas pai; la heladería que ofrece un kilo de helado, pero sólo de cuatro gustos, los martes de 18 a 21 y abonando en efectivo. Lo sepan o no, unos y otros están colgados de las tetas de las promos.
También son promos los cupones de descuentos, los sorteos con premios (¿y si esta semana te toca a vos?), los anuncios que invitan a vender las joyas de la abuela y los de las empresas que habilitan préstamos a sola firma. Hay promos de vinos y champagnes, de celulares y de viajes al exterior y hasta de albergues transitorios, como uno que lanzó la promoción “Rapi-Sex” con ágiles turnos de 30 minutos.
Aplican para la categoría las ahora populares “Noche de las librerías”, “Noche de las disquerías” o “Noche de las heladerías. Aunque el gobierno se obstine en negarlo, cada mes aumenta el número de argentinos que ven como su presupuesto cae en zonas de riesgo, tanto de integridad y calidad como de dignidad.
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