Victoria Torres: «Los objetos nos transmiten algo muy cercano»

Por: Mónica López Ocón

En Materia de memoria, reúne 13 relatos de escritoras y escritores hijos de padres desaparecidos o exiliados. Todos ellos narran a partir de un objeto que sobrevivió a la catástrofe histórica argentina que comenzó el 24 de marzo de 1976.

“Una literatura de verbos pregunta qué sucede o qué sucedió. Una literatura de sustantivos, en cambio, pregunta qué hay y qué queda, es una literatura de lo que sobrevive”, dice Claudia Piñeiro en el prólogo de Materia de memoria, el libro compilado por Victoria Torres que reúne 13 relatos inéditos de escritoras y escritores argentinos cuyos padres desaparecieron o tuvieron que exiliarse durante la más sangrienta dictadura cívico-militar que sufrió el país. Todos ellos tienen en común el haber padecido muy de cerca esta tragedia política por pertenecer a una misma generación.

Aunque muy diferentes entre sí, sus relatos también tienen algo en común, además de un contenido emparentado: todos surgieron a partir de un objeto que trae al presente lo que se supone que ha quedado en el pasado, ya sea que se trate de una prenda, una valija en el fondo de un placard, una foto, el badajo roto de una campana o un par de sandalias de niña, porque lo que borra las diferencias es que esos objetos están preñados de un pasado que siempre vuelve a nacer.

Por eso, según lo señala la propia compiladora en la nota a la edición, Materia de memoria “puede leerse como un catálogo de ausencias a partir de presencias concretas. Puede entenderse, además, como la permanencia de lo intangible, de lo que fue sustraído y secuestrado pero que, irónicamente, no desapareció y puede irrumpir con furia en cuanto se le abre la puerta”.

Integran Materia de memoria relatos de Paula Bombara, Félix Bruzzone, Julia Coria, Marta Dillon, Julián Fuks, Josefina Giglio, Mauro Libertella, Mariana Eva Perez, Raquel Robles, Ernesto Semán, Ángela Urondo Raboy, Paloma Vidal y Mónica Zwaig.

Torres nació en La Plata pero vive desde hace 35 años en Alemania, donde es docente del Seminario de Romanística de la Universität zu Köln. Ha realizado diversos trabajos como antóloga y como recopiladora. En este último, su propuesta fue que cada autor se valiera del poder evocador de los objetos, escuchara lo que cada uno de ellos tenía para contarle y descubriera o redescubriera que un simple juguete puede ser un extraordinario condensador de memoria en el que esté escrita sin palabras una parte sustancial de su historia.

Victoria Torres

No es éste tu único libro como compiladora, ¿no es así?

-No, no es el único. Un  poco me especialicé en este tipo de libro y siempre estoy buscando una vuelta de tuerca, porque en cada uno hago una propuesta alrededor de determinadas ideas que se me van ocurriendo. Es decir que,  más allá de lo temático, también hay otro tipo de búsqueda.

O sea que la idea de que los autores narraran a partir de objetos es tuya, vos impartiste la consigna.

-Sí, yo impartí la consigna y te cuento por qué se me ocurrió esa idea. En 2016, cuando  se cumplieron 40 años del último golpe,  con Miguel Dalmaroni trabajamos en Golpes.Relatos y memorias de la dictadura. Me parecía que diez años después había que hacer una propuesta distinta, que no repitiera la de ese libro que habíamos hecho hacía tanto tiempo. Entonces me pregunté qué es lo que faltaba, qué podía aportar yo diez años después.  Me pareció que no había habido una compilación que reuniera  esta constelación de escritores, de grandes escritores hijos e hijas de desaparecidos, o de padres que tuvieron que exiliarse. Eso no existía. Existían sí muchísimos trabajos sueltos, algunos de grandes referentes de la “literatura de los hijos” como  Mariana Eva Perez y Félix Bruzzone. Me interesaba explorar un poco esa categoría tan controvertida que en su momento fue muy fructífera, pero que tiene sus bemoles, como toda categoría, sello o estampilla que se le pueda poner a algo. Yo vengo de la academia,  de hecho por eso, ahora mismo,  mientras hablamos por teléfono, estoy en mi oficina en la universidad. Por eso mi acercamiento a los temas de la memoria primero es un acercamiento  académico. Pero hace 35 años que vivo en Alemania y desde que estoy acá siempre busqué un puente entre lo académico y el mundo editorial, con autores y autoras. Mi trabajo es un poco hacer esa conexión de la academia con el mundo real de la literatura.

-¿Cuál era la discusión en torno a esa categoría que mencionás?

-Primero el cuestionamiento fue que si todos eran escritoras y escritores qué agregaba que fueran hijos de la dictadura. Pero, por otro lado, también estaba la pregunta acerca de si quienes no habían vivido esa experiencia  podían escribir sobre ese tema como lo hacían ellos. Luego hubo una segunda oleada en la que aparecen libros como Una muchacha muy bella de Julián López, que, realmente me gustó mucho, pero claro, Julíán no vivió la experiencia de tener padres desaparecidos  o emigrados. Lo mismo sucede con Piedra, papel o tijera de Inés Garland, un libro hermoso, que toca el tema muy sutilmente. Entonces, por un lado, la categoría se iba diluyendo y, por otro, se iba ampliando, lo cual es muy bueno para que no todo pase por lo biográfico, por lo sanguíneo y para que no se establezca quiénes están autorizados a escribir y quiénes no. Quienes lo están, además, pueden hablar de la  manera que elijan como Félix Bruzzone que hace mucho humor negro o Mariana Eva Pérez que desarma la solemnidad sobre el tema. El resto no puede hacerlo. Hoy se trata de salir de eso y hubo un momento incluso en que la categoría fue clausurada. Se pensó «bueno, hasta aquí llegamos y por eso ahora cualquiera puede escribir sobre la dictadura. Hay un texto de Carlos Gamerro que habla sobre eso. Entonces, yo dije, «intentémoslo de nuevo» y asumí el riesgo de que los autores y las autoras me dijeran «no, mirá, no quiero estar en un libro en el que los que escriben sean sólo hijos e hijas de desaparecidos o emigrados». Era necesario dar una vuelta de tuerca. No olvidemos que la mayoría, si no todos, habían escrito ya mucho sobre el tema. Entonces, ¿qué le podía decir yo a Mariana Eva Perez, a FélixBruzzone, a Marta Dillon, a Raquel Robles? El tema de la historia reciente ya está en sus trayectorias vitales, en sus militancias, y, en algunos  casos como el de Mariana Eva Perez que hizo un doctorado sobre el tema, también en sus trayectorias académicas. Y, sin embargo, dije “bueno, los objetos, lo que queda, ¿qué queda de todo eso? ¿Qué queda?». Y funcionó y funcionó muy bien. Se entusiasmaron con la propuesta de escribir sobre lo que queda, sobre los objetos.

-Es que los objetos tienen una relación inmediata con la memoria y la memoria es identidad. Perdón por el comentario autorreferencial, pero yo soy  muy apegada a los objetos que son parte de mi historia, al punto que me da pena la gente que perdió muchos objetos porque se mudó muchas veces. 

-Dijiste dos cosas que me parecen interesantes: una es la de la pena por quienes perdieron sus objetos familiares. De hecho, estos escritores y escritoras no tienen casi nada de sus padres: a veces, alguna foto, algún relato que yo también considero algo material porque para mí es material todo aquello que permite crear una reminiscencia, inclusive un sabor. En el caso de Ángela Urondo Raboy, por ejemplo, su relato tiene que ver con la dulzura de las galletas, un poco a la manera de la madeleine de Proust. Me doy cuenta de que estos textos conmueven, tienen emotividad y creo que es por esa razón La otra es la de tu apego a los objetos. Es que los objetos nos transmiten algo muy cercano. Nos transmiten una historia, nos transmiten una emoción. Y uno de los objetivos de Materia de memoria es que esos objetos tornen a esas historias en algo cercano. A un objeto uno lo puede agarrar, lo puede sentir, lo puede tocar, lo puede oler y me parece que en un momento en que a la historia se la vapulea, se la niega, se la quiere esconder o tergiversar es muy importante volver a lo concreto. Me acuerdo ahora de la medalla que encontraron en La Perla. Me pareció algo tremendo, encontraron una medalla, encontraron un objeto incluso antes de encontrar los restos de la persona a la que le pertenecía.

-Además, me parece interesante que funcione el tema de la materialidad de los objetos en un mundo que se ha vuelto tan virtual.

-Sí, es verdad. Es necesario volver a lo concreto, volver a lo que queda de una historia. Cuando estábamos pensando en un título para el libro yo había manejado varias ideas pero parecía muy difícil hacerle justicia a todos estos textos. En un momento me acordé de Lo que resta de Auschwitz de Giorgio Agamben, un libro que me marcó mucho, un clásico en los estudios de memoria. Creo que  en español le pusieron así o Lo que queda de… También Lo que permanece de… Me interesaba la idea de permanencia, lo que resta de algo tremendo como fue Auschwitz, como fue la dictadura en la Argentina y como lo siguen siendo tantas cosas horribles que pasan en el mundo. Pensé que lo que resta es un todo y, a la vez, es también un  faltante. Me pareció que eso era bueno  porque entonces el libro nos permitiría mostrar que todavía hay restos y  hay un resto que contar. Y ahora vuelvo al principio cuando  te decía que me preguntaba qué les iba a decir a los escritores para que aceptaran la propuesta y temía que me contestaran «no, mirá, yo ya conté todo, ya no quiero contar más» o “yo quiero escribir algo propio” y en cambio la propuesta  fue convocante y sólo recibí agradecimientos.  Es que el pasado no se clausura.

Me parece incluso que los tiempos verbales son un artilugio de la gramática porque el pasado no queda nunca realmente en el pasado.

-Claro, está siempre presente. Todavía hay algo que quiere ser contado, aún hay algo que necesita ser contado.  «

Contar la pequeña historia

-El libro marca realmente el poder evocador de los objetos. De hecho en la tapa aparece un par de sandalias de nena y una de ella tiene una fecha escrita en la suela.
-Sí, con la editorial probamos varias cosas y a mí me gustó ese objeto mínimo, esas sandalias que son mínimas en muchos sentidos. Insistí en eso porque, aunque el objeto es mínimo, lo ves, está ahí, muy presente. Además, una sandalia está de un lado y la otra, del otro, como si fueran hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo. Me interesaba, además, contar lo que los franceses llaman la petite histoire, la historia pequeña de todos días. Me parecía cuando estaba pensando qué libro íbamos a hacer que, a veces, cuando se habla de memoria, comienza esa cosa solemne, estandarizada y eso hace que, en el fondo y entre comillas, a veces la gente diga «bueno, ya está, me cansé, basta, dejémoslo». Por eso quería trabajar desde la historia pequeña, concreta. Creo que eso nos acerca más y hace posible pensar, repensar y decir que no queremos que esa historia se repita.

La ficción, la literatura y el testimonio

-¿Qué te gustaría decir de Materia de memoria que no hayamos charlado, algo de los textos que te haya impactado?
– Bueno, en realidad hablamos de muchas cosas. Quizá señalaría el cruce entre lo ficcional y lo no ficcional que podría ser “lo testimonial”. Me impactó que la mayoría se inclinara por una escritura literaria pero que recupera mucho lo testimonial. Incluso hay datos ciertos y, en algunos casos, muy comprobables. Realmente, me parece que eso también es muy interesante como lo son las historias mismas. Además, insistí en que, en la medida de lo posible porque tampoco quería obligar a nadie, en las biografías que incluye el libro al final pusieran algo más allá de sus trabajos literarios, que pusieran un poquitito de sus historias de vida. Josefina, por ejemplo, ya había puesto que es querellante en los juicios de lesa humanidad por la desaparición de sus padres, Vibel Cazalas y Carlos Giglio. Me gustaba también que nombraran a sus padres y madres, y la mayoría lo hizo y aceptó decir en qué causas eran o habían sido querellantes, cosas que no sé si es habitual en este tipo de libro, pero me interesaba mezclar un poco y poner el énfasis e que esto realmente sucedió, realmente ocurrió. No sólo hay ficción y literatura, sino que en esas biografías aparece lo testimonial y lo que de verdad queremos que es Memoria, Verdad y Justicia.

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