Poeta, ensayista, periodista, reciente dramaturgo: decididamente, Juano Villafañe es un personaje destacado de la cultura. Así lo nombró la Legislatura porteña el año pasado por su más de medio siglo de trayectoria en la gestión cultural. Acaba de publicar Antología Personal donde reúne poemas de sus libros Poemas anteriores (Universidad Central, Quito, Ecuador,1982); Visión retrospectiva de la botella (Libros de Tierra Firme, 1987); Una Leona entra en el mar (Ediciones del Dock, 2000 – Editorial Central, La Habana, Cuba, 2004), Deconstrucción de la mañana (Ediciones Atuel, 2006); Los Villafañe. Poesía familiar. Selección de poemas Javier Villafañe, Elva Fábregas y Juano Villafañe (Ediciones Colihue, 2012). Públicos y privados (Melón Editora, 2013) y poemas inéditos de Último mar.
-Antología Personal me pareció una especie de balance que quizás tenga que ver con el hecho de que recientemente te alejaste de tu gestión como director artístico del Centro Cultural de la Cooperación (CCC). Me parece que son puntos que tienen alguna cohesión, que tal vez marcan un cierre de ciclo y la apertura de otro. ¿Cómo fue para vos? ¿Tienen que ver una cosa con la otra?
-Después de más de 50 años de haberme dado a la gestión cultural creí que era buen momento para dedicarme también a mis otras cosas. En este sentido, este el libro puede ser, como decís, una referencia. A mis 75 años, era muy importante poder dedicarme también a temas personales, pero sin abandonar la gestión cultural para nada, ni abandonar tampoco la política cultural. Porque, me gustaría remarcar que la gestión cultural es también política. De hecho lo sigo haciendo en el Congreso Federal de Cultura y Comunicación, que es un acontecimiento muy pero muy importante, y en otras actividades que me siguen vinculando al Centro Cultural de la Cooperación, a la revista Con Fervor, y a otros emprendimientos que están vinculados con la política y la gestión cultural. El actor y dramaturgo Pompeyo Audivert me decía, haciendo una ironía sobre lo que esto implica: «después de tantos años de haberte dedicado a los otros, te va a convenir aprender a dedicarte a vos mismo”. El hecho de dirigir un centro cultural requiere de una enorme dedicación diaria y de una gran responsabilidad, porque implica dirigir todas las artes y las letras, atender el teatro, la danza, la música, la literatura, las artes plásticas, el arte para las infancias. Además de las investigaciones, todo lo que es la política cultural. Todo lo que implica la atención a cada uno a los artistas, a cada uno de los protagonistas, requieren de mucho tiempo. Por supuesto, yo tenía un gran equipo en el CCC, ese equipo sigue funcionando y Manuel Santos Iñurrieta está ahora a cargo de la dirección artística y lleva adelante una muy buena tarea. Así que me siento satisfecho por lo que hice y por todo lo que pude construir y, a su vez, siento que quienes estuvieron a mi lado y me acompañaron pueden seguir haciéndose cargo de la dirección artística: Manuel, Jorge Dubatti y Antoaneta Madjarova, sin ningún problema. Y por otra parte me permite a mí abordar temas personales, como muy bien vos decís. El libro puede llegar a ser la antología poética personal y puede llegar a ser un antes y un después. Aunque también te digo que Antología personal se transforma de hecho en un diario de vida.

-¿La escribiste con esa intención?
-Es una historia de vida porque, aunque están elegidos aquellos poemas que para mí me parecían que representaban lo mejor de lo que había sido mi experiencia poética, la relectura de los poemas me encuentran con esa condición de historia de vida, de momentos diversos de la vida, de la vida personal, de la vida cultural y de la vida artística. Me resultó muy interesante reconocer lo que fue todo el proceso previo a la dictadura, la postdictadura, todo el debate poético que se da en postdictadura, la disputa por el canon entre neorrománticos, neobarrocos, objetivistas, experimentalistas en la década de 1980, lo que fue la generación de 1990 en particular y lo que es hoy el mundo digital que también es otra época. De alguna forma el libro cubre lo que sería toda la etapa previa a la dictadura los años 70, lo que fue la dictadura, lo que fue la postdictadura, la apertura democrática y todo el debate poético, literario y político cultural, más la propia vida existencial de uno. Es un libro que reúne todas esas etapas de una manera muy singular, muy particular, incluso hasta el presente. Creo que la poesía genera belleza, que la belleza genera inteligencia humana y la inteligencia humana es, en última instancia, la que produce la inteligencia artificial. Y frente a la colonización algorítmica, la poesía ocupa un lugar fundamental, el trabajo con la palabra, con el lenguaje es fundamental. Así que me ha tocado sobrellevar, digamos, distintas etapas y distintos desafíos, todos ellos muy interesantes.
-¿Qué continuidades y rupturas distinguís cuando volvés sobre ese recorrido?
-Siempre hay continuidades y rupturas en toda vida literaria, en toda vida político-cultural, ¿no? Pero creo que en este caso son más las continuidades. Todos estamos construidos por epifanías, por experiencias poéticas. Todos estamos construidos por sueños, por utopías. Y entonces desde ese lugar uno trata de realizar una praxis, de pasar del no ser al ser y de la no existencia a la existencia. Y ese es un trabajo maravilloso que justamente lo provoca la experiencia poética. Octavio Paz decía que la experiencia poética “es un estado de reconciliación de los hombres y las mujeres con el mundo”. Es decir que la poesía nos acompaña y la praxis poética, el hecho de poder escribir, de trabajar con la palabra, permite transformar en realidades esas experiencias poéticas. Así que yo me siento totalmente satisfecho con todo lo que hice y con todo lo que sigo haciendo y creo que estos últimos años de mi vida me acercarán todavía mucho más a recibir nuevas experiencias poéticas, nuevas epifanías, nuevos sueños, nuevas utopías. Como siempre digo: con la poesía no cambiamos el mundo, pero se parece mucho al mundo transformado. O sea que uno de alguna forma está trabajando con la transformación del mundo y a su vez también con el uso de la palabra, con las imágenes, con el lenguaje. El lenguaje también es parte de la experiencia poética. Esto es muy importante, el lenguaje, el uso de la palabra también parte de la experiencia poética. Así que para mí este libro, como muy bien decías, ha marcado un antes y un después, pero al mismo tiempo es una “continua continuidad”. Es una continuidad de acontecimientos dados en escenarios distintos. Yo soy concertista de guitarra, estudié guitarra, estudié música, estudié historia de la música, estudié dibujo y pintura, hice dibujo y pintura, y por supuesto, también me dediqué fundamentalmente a la literatura, a la poesía y el ensayo. Y hoy siento que todo eso es una gran continuidad. Todo eso también implica, si se quiere, administrar imágenes, metáforas, símbolos, y ver cómo impactan en la sociedad. Y para una tarea poética conocer el recorrido de los bienes culturales, el recorrido de las metáforas, el recorrido de las imágenes, es muy pero muy importante y en sí mismo todo eso también es una experiencia poética.
-Empezaste a escribir poesía a los 14 años. ¿Cómo fue tu formación?
-Sí, a los 14 años comencé a escribir poesía. Me formé en un espacio renacentista [Villafañe es hijo de los legendarios Elba Fábregas y Javier Villafañe]. En mi casa había escritorios, había centros de música, había escenografías, títeres, muchos cuadros, un teatrito para cuatro espectadores y en la franja de abajo de las bibliotecas, estaban los libros dedicados a ser leídos por nosotros, los chicos. Los niños podíamos tener acceso a esos libros únicamente. Y un día miro hacia arriba, ya tendría unos 10 o 12 años, y veo un libro que me llamó la atención. Era El diablo del famoso ensayista italiano Giovanni Papini, que tuvo una polémica muy importante con la Iglesia, porque decía que el diablo también existía, así como existía Dios. En una lectura, por supuesto, muy elemental, se me ocurrió pensar, que entre los títeres manejados por mis padres figuraba el diablo. Ellos hacían títeres en la tradición de La comedia del Arte, cuyos personajes incluyen el diablo, pero no a Dios. Mis padres no manejaban a Dios. ¿Se debería a que mis padres no deseaban tener en el retablo un personaje que era representativo de lo que es Dios? Entonces, ahí empecé encontrar el sentido poético, si se quiere, de este mundo terrenal tan particular y del mundo más angelical de los cielos. Me generó la gran emoción de saber que existía otro mundo que no podía visibilizar, de la misma forma que podía visibilizar el mundo de la Tierra. Esto me impactó tanto que empecé a dedicarme a escribir, a pensar en lo que podía yo vivir en este mundo y lo que podía escribir, además del ensayo de Papini sobre el otro mundo que no podía ver. Ese fue el gran disparador que me hizo comenzar a escribir de manera más sistemática a los 14 años y abordara los estantes más altos de la biblioteca.
Bautizado poeta
“Tuve la gran suerte de que, por esas cosas que pasan, el día en que Pablo Neruda cumplía 50 años (era el año 1954), mis padres le regalaran una función de títeres en Santiago de Chile”, cuenta Juano Villafañe sobre su vida andariega. “Entonces Neruda me bautizó con vino, para que fuera un poeta el día de mañana, y me llevó Isla Negra y me hacía pasear y caminar por Isla Negra. Tengo un poema, incluído tanto en la antología como en el último libro, El corte argentino, que relata ese encuentro con Pablo Neruda cuando yo era un niño. Así que, además de haber vivido en un ambiente renacentista, también hubo un bautismo original en la niñez que quizá me inclinó hacia la poesía. No lo sé… pero lo cierto es que ese bautismo con vino fue así, como te lo cuento: me bautizó el propio Neruda. La verdad es que en un mundo donde el arte está ubicado en todos lados, yo me incliné también por la poesía. Creo que la idea de poetizar el mundo es muy válida. Precozmente comencé a leer a Nicolás Guillén, a Oscar Wilde y eso también influyó en mi formación”.