Vuelve la era del hielo; por Jorge Kreynes

Por: Jorge Kreyness

Columna de opinión.

Hacia el fin del mandato de Barack Obama se restablecieron las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, aunque los cubanos nunca consideraron eso como una normalización del vínculo, dado que quedaban en la agenda varios asuntos pendientes, como el agresivo bloqueo y la cuestión de Guantánamo, entre otros.

Un mal presagio para encaminar esa normalización fue la elección de Donald Trump como presidente de los EE UU. La razón parece haberles asistido a los más pesimistas: el Salón Oval acaba de anunciar una orden ejecutiva que «restablece restricciones a los viajes de turismo y veta intercambios comerciales que beneficien a empresas ligadas a las fuerzas armadas cubanas».

Se trata de unas medidas que deberán tomar forma legal en tanto las elaboren los ministerios correspondientes. Pero en su discurso pronunciado no por casualidad en Miami, el presidente magnate disparó la vieja artillería anticomunista acusando a Cuba de las peores cosas, incluso de la situación en Venezuela, lo cual resulta a su vez un dardo contra Nicolás Maduro y la Revolución Bolivariana.

Trump, con un escaso y condicionado respaldo del estabilishment estadounidense y acosado por investigaciones que le hacen temer no alcanzar el final de su mandato, propuso construir un muro en la frontera con México, ordenó atacar un aeropuerto en Siria y bombardear Afganistan. Con un lenguaje xenófobo culpa a los migrantes latinos del desempleo que la crisis capitalista provoca en la decaída industria norteamericana. Y una llamada Nica Act amenaza al sandinismo que se reafirmó en el gobierno tras las últimas elecciones.

Un punto clave a considerar es que hombres de oposición al presidente dentro del propio Partido Republicano, como es el caso del Senador Marco Rubio, confeso «anticastrista», es al mismo tiempo integrante de la Comisión Investigadora que acusa a Trump por sus supuestas relaciones con Rusia.
Las actuales andanadas contra la mayor de las Antillas no resultan pues una sorpresa. Y menos aún para los dirigentes cubanos que han soportado las más virulentas acciones y provocaciones de su gigantesco vecino, al punto que la anterior administración consideró que todas las políticas que el país del norte aplicó contra la isla habían terminado en un rotundo fracaso.

Tampoco, pues, será una sorpresa la reacción, seguramente serena y largamente experimentada de Cuba, confrontando al imperialismo injerencista de los EE UU, desde la dignidad soberana y revolucionaria, para continuar la construcción de una sociedad socialista democrática, próspera y sostenible. «

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