Poeta o quizá, antipoeta, hombre común, Wallace Stevens revolucionó la poesía en lengua inglesa como bien lo evidencian sus versos que atraviesan las apariencias y vuelve extraordinario lo ordinario.

Un ejecutivo prolijo, sin excentricidades. Así describe Guillermo Saccomanno en su columna “Un poeta escondido” a Wallace Stevens, el escritor estadounidense del siglo XX que renovó, junto al consagrado T.S. Eliot —del mismo perfil de “antipoeta”— la poesía en lengua inglesa. También sus versos están despojados de todos los artilugios, rimas, lugares comunes, reiteraciones del yo y tantas cosas más que se le atribuyen a la poesía.
Un atardecer cualquiera en New Haven, recientemente publicado por Serapis con traducción y prólogo de Gervasio Fierro, es un poema publicadopor Stevens en 1950. Largo como los tan conocidos La canción de amor de Walter Prufrock o La tierra baldía de su contemporáneo Eliot, se gesta en la cotidianeidad de un paseo por la ciudad del estado de Connecticut de nombre celestial: tienen lugar sus casas, sus habitantes, objetos, sonidos y oficios.
Esta caminata ordinaria se convierte en un texto extraordinario compuesto por 31 secciones de seis tercetos, que parecen preguntarse por la posibilidad de llegar a lo realmente “común” detrás de las apariencias y falsedades del mundo que nos rodea: “la llana versión del ojo”, “la vulgata de la experiencia”, define la primera sección.
Por detrás de lo que simplemente se proyecta, la poesía de Stevens descubre una luminosidad que se aleja de lo “difícil” y las “cosas oscuras” o “dobles”. Las casas de esta ciudad, que “dilapidan apariencias”, no están hechas entonces sino de sol “vertiéndose, resurgiendo, inevitable”. El lector parece ver a través del lenguaje poético cada cosa en su forma real, una esencia secreta que se pierde con las distracciones del día a día. En contra del infiel pensamiento y la confusa mente, Stevens es un militante del “amor por lo real”, como se lee en la octava y luego en la novena parte: “No buscamos nada más allá de la realidad. / Dentro de ella, / todo”.
Todas las cosas de New Haven, y del mundo, parecen estar divididas en dos para Stevens, como en la filosofía de Platón: una parte oscura, visible y lunar, especular, hecha de ideas y habitada por la mente y otra compuesta por el sol, la realidad no sólida, movible, a lo que hay que volver, en lo que hay que buscar un comienzo.
El hombre, tan común como el mismo autor, con su cuerpo, su espíritu, sus palabras, su aliento y todo lo que lo compone, es el protagonista que busca interpelar —y despertar— este libro. Es quien no sabe distinguir entre lo que es real y lo que no, quien está perdido detrás de máscaras que se arma para sí mismo: “los hombres interiores / tras sus escudos exteriores”, se los llama hacia el final del libro.
El poeta utiliza una voz en plural y aleccionadora que convoca inmediatamente a quien lee, que siente que algo debe y puede cambiar. Ya no puede ver así el mundo, porque se está perdiendo de algo. Las palabras que utiliza Stevens para esa lección están llenas de belleza y suavidad. Está edición bilingüe de la editorial Serapis, la segunda del mismo autor, invita a contemplarlas doblemente.
Un atardecer cualquiera en New Haven es como una caminata meditativa que nunca termina de la mano de un hombre común que esconde a un maestro poeta capaz de ayudarnos a atravesar un mundo de sombras y dificultades con palabras que tocan lo real: “la pesadez que aliviamos con voluntad ligera / mediante la mano del deseo, débil, sensible, el suave tacto y tremor del tocar con la mano real”.
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