Un western boliviano

Por: Nicolás G. Recoaro

En 1908, luego de un periplo que incluyó el arrabal porteño y la Patagonia, Butch Cassidy y Sundance Kid llegaron a Bolivia. Planeaban dar el último gran golpe de sus vidas. Crónica siguiendo sus andanzas y desandanzas.

El tren serpentea por la ladera de una montaña en plena Puna boliviana. En el vagón popular, varias cholas se cubren las narices con sus mantillas para evitar el polvo que se cuela por las ventanas. Las abarcas curtidas de los campesinos que viajan hacia Oruro se asoman entre las frazadas, mientras cacerolas y cajones con gallinas bailan en el pasillo. Hace tres horas que el convoy del Wara Wara del Sur avanza a los tirones ganándole terreno al Altiplano. El sol cae y la bocina de la locomotora interrumpe el diálogo quechua-aymara-español.

“Tupiza, señores. Cancelando sus pasajes con sencillo”, avisa el guarda mientras las casas de adobe se dibujan tras los vidrios manchados. “Ay caballero… ese billetito no se lo puedo aceptar. ¿No ve cómo está este papel?”, dice entre lamento y resignación, y lo devuelve. Deben ser las paradojas de seguirle el rastro a uno de los bandidos más legendarios del Far West. El guarda tiene razón: es un auténtico dólar marcado.

En la estación, las caseras ofrecen choclo con queso y hojas de coca. La región minera de Sud Chichas ya no vive sus épocas doradas, cuando el “metal del diablo” hacía nadar en billetes a los “Barones del estaño” y atraía a aventureros y bandoleros. Así fue como a mediados de 1908, luego de un periplo que incluyó el arrabal porteño y la Patagonia, llegaron a estos pagos Butch Cassidy y Sundance Kid. Planeaban dar el último gran golpe de sus vidas.

El diseño de Tupiza es tradicional: plaza flanqueada por la iglesia, la alcaldía y la escuela. Un diariero comenta que las dependencias no han cambiado mucho. El banco pasó a ser la nueva alcaldía, pero conserva su bóveda original. Sobre una calle lateral, una cantina desentona con aires de lejano oeste. “Pregunte por Cuqui, sabe mucho de Butch Cassidy”, sugiere el canillita. En la cantina no hay cowboys; unos turistas gringos apuran un licuado de banana mientras planean una excursión al salar de Uyuni.

Cuentan que Cassidy y el Kid llegaron en agosto de 1908. Butch soñaba con un retiro digno en las tierras de Santa Cruz de la Sierra, pero aún faltaba solventar aquella jubilación. Tomaba apuntes sobre las rutinas del banco. El destino le jugó una mala pasada: un destacamento de caballería del Regimiento Abaroa llegó a la ciudad y se hospedó en un hotel lindante al botín.

Cansado de esperar, Butch apuntó a la fortuna de la Compañía Aramayo y Francke. Un soplón le avisó que un empleado llevaría una remesa de medio millón de dólares a través del altiplano. El golpe parecía un juego de niños para el líder de la Pandilla Salvaje, un profesional con mil dólares de recompensa por su cabeza y la agencia de detectives Pinkerton siguiéndole las pisadas.

Cuqui es Jorge Pereyra Ganam, próspero empresario y ex alcalde de la ciudad. En el living de su casa, un programa de Fox Sports acompaña su spaghetti western con salsa de carne: “Creo que los tupiceños tenemos más de argentinos que de bolivianos. En 1810 apoyamos la revolución de Buenos Aires”. Explica que compró la residencia de la familia Aramayo para abrir un spa. “Muchos vienen por lo de Butch Cassidy”. Cuqui investigó el atraco trazando líneas de escape hacia San Vicente. “Creo que querían salir a la costa y huir en barco. Hay dos hipótesis: murieron o escaparon”. ¿Cuál le cierra más? “Yo creo que escapan. Si no los pudieron agarrar en Norteamérica, ¿los van a agarrar acá? Su supuesta muerte representa el cierre de los tiempos de los grandes cuatreros”.

La casa de Aramayo es imponente, con detalles traídos de Europa y un sistema de calefacción que la mayoría de los bolivianos desconoce. La sociedad industrial no ha sido tan bondadosa por estos pagos.

Noticia de último momento: “Tupiza, Noviembre 5. Ayer, el señor Carlos Peró, administrador de la empresa Aramayo, fue asaltado por dos individuos norteamericanos o chilenos. Hay opiniones de que deben ser los norteamericanos que asaltaron el Banco de la Nación de Villa Mercedes (Argentina)”. (La Prensa, Buenos Aires, 7 de noviembre de 1908).

En un almacén frente a la Fiscalía, Nino Bravo canta desde los parlantes mientras espero al juez Félix Chalar Miranda. Es un coleccionista que busca abrir un museo sobre la Pandilla Salvaje. “Cuando era niño soñaba con ser cowboy”, confiesa, mientras desempolva un Winchester original en su garaje. “El problema del robo fue que no consiguieron el botín esperado. Pero sólo llevaba 13.500 bolivianos, una suma chica. Entonces le robaron una mula, que en esa época costaba como un Mercedes Benz. Aramayo no les perdonó el atrevimiento”, expone. El telégrafo también jugó en contra: todas las dependencias policiales estaban al tanto casi el mismo día. Damos una vuelta en su camioneta. En la plaza, se erige una estatua al barón Aramayo. “Las remesas nunca aparecieron. Se dice que se las repartieron entre la gente de San Vicente”, supone el juez. Antes de despedirse, el hombre de justicia lanza su hipótesis: “En Estados Unidos inventan mitos peligrosos: Butch Cassidy, el Che Guevara, Bin Laden. Butch no era un asesino, y a mí me duele mucho su muerte, la siento cercana, como la de un amigo”.

Los historiadores dicen que la suerte de los gringos se jugó en San Vicente, un pueblito minero de mala muerte. Mientras compartían una cena de sardinas y cervezas en un ranchito, seis soldados intentaron detenerlos. La balacera fue digna del Far West. Cerca de las seis de la mañana del 7 de noviembre de 1908, los guardianes encontraron al Sundance Kid con un disparo en la sien y a Butch en el piso con una herida en la cabeza. Su Colt no fallaba nunca.

En una agencia de turismo, una caricatura de los bandidos promete 30 mil dólares de recompensa. Juan, empleado del lugar, confiesa en voz baja: “La tumba que dicen que es de Cassidy es una farsa. Hace años hicieron un ADN y los huesos eran de otro hombre. El hombre tenía más vidas que un gato”. En la plaza de Tupiza, la policía está de fiesta. Chicha, tamales y morenada se mezclan en el patio del cuartel. El suboficial Oscar Moscoso brinda con cara de pocos amigos: “La policía, junto con el Ejército, pudo eliminar a estos delincuentes. Es un honor que tenemos desde hace un siglo”. Hace la venia y se une al baile de los ratis, que se vanaglorian de ser el país que tumbó al Che y a Butch.

En la puerta de la comisaría, un cadete pide un cigarrillo. Dice que la fiesta durará hasta la tarde. Esa sí que hubiera sido una buena noticia para Butch y el Kid: zona liberada hasta el atardecer. Son casi las tres y debo apurar el paso hasta la estación. El horario de salida parece de western: el tren de las 3:10. The End.

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