El músico murió el sábado y su figura resume la edad dorada del movimiento. Desde "El malo" hasta "Siembra", dejó un legado imperecedero.

William Anthony Colón Román fue, posiblemente, el músico más paradigmático de la salsa y estuvo lejos de ser un instrumentista dotado de una técnica refinada. Comenzó con el clarinete, luego pasó por la trompeta y culminó en el trombón. Lejos de ser casual, aquella cronología fue la evolución orgánica de su construcción identitaria. Su carrera es la victoria de la sensibilidad social sobre el virtuosismo. Muestra de ello fue el rechazo inicial de quien sería su pareja más emblemática, Héctor Lavoe. En las salas del Stardust Ballroom del Bronx, un Willie de apenas dieciséis años dirigía a su orquesta La Dinámica con más hambre que destreza, mientras Héctor ya brillaba con la New Yorker Band. Cuando Johnny Pacheco intentó unirlos para grabar El Malo en 1967, la respuesta de Lavoe fue un cachetazo de realidad: “Yo no quiero grabar contigo, man. Ustedes están bien, bien flojos”.
Sin embargo, Willie Colón no necesitaba la limpieza del conservatorio; su materia prima era el eco de la construcción, el bocinazo, los tambores, el grito de la esquina y, fundamentalmente, la urgencia de poner de relieve las desigualdades que atravesaban al inmigrante latino. Entendió la música como un espacio de disputa política frente a una industria que históricamente fagocitó al artista popular: “Nosotros ponemos la música y ellos siempre se quedan las regalías”, sentenciaría más adelante, denunciando la “world music”, surgida por la necesidad discográfica de acaparar un mercado vacante, donde las grandes figuras salían a “rescatar” los géneros subalternos.
Finalmente, Lavoe accedería y juntos construirían una de las parejas más emblemáticas de la salsa. Como arquitecto sonoro, Colón logró darle estructura al caos brillante de Lavoe a través de himnos que él mismo compuso o moldeó, como “La Murga”, “Che Che Colé” o la mística “Aguanile”. No era solo música; era una declaración de principios donde el trombón dictaba las reglas del asfalto. Más tarde llegaría el marco épico para la lírica de Rubén Blades, con quien parió Siembra, el disco que rompería todos los récords para convertir el baile en un ensayo sociológico: la salsa social. Temas como “Plástico” o “Pedro Navaja” llevan su firma en la arquitectura rítmica, pero fue su capacidad como cronista la que brilló en piezas como “El Gran Varón” —una de las letras más valientes frente a los tabúes de la época— o en la nostalgia de “Sin Poderte Hablar”. El hombre al que Lavoe llamó “flojo” terminó firmando la obra cumbre del género.
El distanciamiento de Blades se produjo por cuestiones legales y terminó de profundizarse en los últimos años a causa del silencio en los galardones del Grammy, cuando su nombre fue omitido de los créditos de la obra cumbre de la salsa que el panameño regrabó para eludir los atropellos de la Fania.
El sábado se apagó el trombón del “Malandro”, pero su eco resuena en la ciudad que refundó: una Nueva York latina cuyo sonido se desplazó a todo el continente. A diferencia de las lecturas verticalistas, que proponen una desigualdad infranqueable entre el primer y el tercer mundo, Colón logró trasladar su vivencia latina en Nueva York -Our Latin Thing- hacia todos los barrios latinoamericanos. Se fue el hombre que hizo del metal un arma de identidad. En cada esquina donde alguien se sienta un “gran varón”, en cada bar donde suene la clave de una murga, Willie volverá a levantar su instrumento para recordarnos que, como expresó Roberto Arlt, la calle no pide permiso: se impone por prepotencia.
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