

En los auriculares de este periodista suena Silvio Rodríguez. Se deja llevar en imágenes. La de ese tipo empapado en barro pisando la pelota. El saltito incomparable, con el puño derecho hacia el cielo y la boca llena de gol. La foto del llanto en la final de México contra la del campeón del mundo besando la Copa. La mandarina rebotando contra su hombro, su rodilla, su empeine. El pibe que se sintió abandonado un atardecer en Villa Martelli porque Menotti lo excluyó del Mundial ’78 y el que moqueó abrazado a sus nenas el día de “la pelota no se mancha”. El beso con Caniggia. Fillol gateando. Shilton patitieso. El grito ante la cámara después del gol a Grecia en EE UU ’94. El pibito flaquito, morocho, remera blanca, el 10 gigante en la espalda, la mirada a la pelota enorme, gastada, polvorienta, haciendo jueguito para toda la vida.
Flashes. Su brazo rodeando el hombro de quien firma este recuerdo, hace cinco lustros, en un hotel de película, colgado de un barranco alucinante, en los Alpes austríacos de Pörtschach, en una noche de magia. “Fierita, no me contradigas, eh!”, empezó amenazante. A las horas éramos los buenos amigos que nunca pudimos ser, dos tipos hablando de la vida.
Diego fue el infinito. Lo es aunque se haya muerto. Es Fiorito y Dubai. Lo seguirá siendo porque representa la más maravillosa metáfora de los argentinos. La enorme mayoría de esa multitud gigante que se despidió de él (y la que no pudo) se hizo de abajo. Qué dolor en el alma que la familia no haya comprendido que ese cadáver ya es del pueblo mismo. Qué bronca que los gobiernos no hayan evaluado sin hipocresías que ahí estaba un Gardel, un Perón, un Eva, un Néstor, que Diego fue excitación, locura, arrebato, vértigo. Pero jamás fugacidad.
Ese Dios pagano y rebelde, indescifrable, mostró ahora una nueva faceta: no resucitará, al menos no del mismo modo del que lo hizo tantas veces en su vida. Tal vez sea otra marca de este 2020 nefasto, increíble, una mala novela, que termine ya mismo.
Lo hemos visto. Lo llevamos en la piel. Seamos conscientes de semejante privilegio. Somos contemporáneos de un hito en la historia de la humanidad. Nos haya emocionado más o menos. Lo hayamos tocado o sólo gozado desde lejos. Los que los tienen tatuado, los que lo llevarán en el alma. Los que inventaron una nueva estrella en la que hizo el gol de todos los tiempos, como Víctor Hugo. Los que siempre seremos hinchas de ese Diego y, por eso, nos animamos a estas páginas de homenaje. Con debate, con miradas diferentes, con mucho amor, con una congoja que nos hace lagrimear mientras le pegamos a las teclas.
Y que a él le hablen de partir aguas, de la grieta, de los unos y los otros. De las veredas. Diego siempre supo de qué lado estar. Y nosotros estamos en ese mismo lado.
Canta Silvio. “Yo no sé lo que es el destino, caminando fui lo que fui. Allá Dios, que será divino, yo me muero como viví”. Y al rato susurra: “Yo quiero seguir jugando a lo perdido, quiero ser a la zurda más que diestro (…) Más yo partiré soñando travesuras”.
Ya nos volveremos a ver, Diego…
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