Cuando la mayoría del pueblo argentino votó por Javier Milei hubo un momento en que surgió un apretón en el pecho. Lo despertó un interrogante: ¿acaso fue un acto suicida? El resultado electoral del 2023 puso en duda esa frase que no tiene un autor y que dice: “Los pueblos no se suicidan”. ¿Seguro? Por supuesto que detrás del triunfo de Milei hubo explicaciones menos psicologistas: el 170% de inflación del último año de Alberto Fernández; el enojo por igual del electorado con la gestión peronista y con la que la había precedido, la de Mauricio Macri. Ese combo abrió la puerta para el outsider que proponía romper todo.

También hay que recordar que la sociedad había vivido dos años de pandemia que parecían sacados de una película de ciencia ficción. Miles de personas hacían fila para comprar latas de conserva en los supermercados. Los abuelos se encerraban y temían ver a sus nietos que de pronto se volvieron portadores de la muerte. Un barco con cientos de personas fue detenido en el puerto de Buenos Aires durante días hasta que se llevó a los pasajeros a un hotel para tenerlos aislados y comprobar que no traían en sus cuerpos el virus asesino. Había motivos para un desquicio generalizado.

Esta semana hubo dos hechos políticos que pueden marcar un punto de inflexión. El gobierno tuvo que retroceder con tres medidas que fueron pergeñadas en el laboratorio de Federico Sturzenegger, ese lugar donde los argentinos son roedores para experimentar. El intento de desregulación del servicio de practicaje y pilotaje del puerto fue rechazado con un paro por tiempo indeterminado de los trabajadores. Milei tuvo que retroceder. Lo mismo ocurrió con los capítulos centrales de la denominada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. Se debatió en el Senado mientras afuera del Congreso había una movilización popular masiva y una represión que se extendió por horas bajo una lluvia torrencial. Vistas desde afuera, esas escenas parecían mostrar un gobierno jaqueado, que no puede aprobar las leyes que impulsa y que para dominar la calle necesita desplegar un ejército que genera 1500 heridos.

Un par de imágenes sueltas no sirve para dar un diagnóstico de fondo, pero son indicios. Todos los proyectos políticos en algún momento decaen. Le pasó al kirchnerismo que fue uno de los gobiernos más exitosos de la historia argentina y que logró gobernar durante tres períodos consecutivos. En un momento, a pesar de lo que había mejorado la vida de la población, un sector amplio de la sociedad comenzó a cansarse. Macri entendió bien en 2015 por donde pasaba el agotamiento. Propuso la continuidad del modelo cambiando la forma de ser. La intensidad y vehemencia del kirchnerismo habían agotado. No hay ninguna forma de ser que no canse con el paso del tiempo.

En el caso del gobierno de Milei, el punto de clivaje no parece producirse por un hartazgo de la forma de ser del presidente. La rabia delirante que tanto gustó en 2023 todavía no provoca un rechazo generalizado, aunque también se esté agotando. En este caso el clivaje está empujado por el deterioro de la vida material, por los jubilados que no pueden regalarle ni un helado a sus nietos, por los jóvenes que para llegar a fin de mes tienen que endeudarse hasta el cuello. Las aplicaciones los exprimen. Los hacen trabajar a destajo repartiendo en una bicicleta y luego les prestan dinero a tasas siderales porque lo que les pagan por repartir no les alcanza. Es un Drácula chupando la sangre de su víctima.

¿Los pueblos no se suicidan? Sigue siendo un interrogante. Quizás haya que abrir la posibilidad de que hay veces en las que sí se suicidan, pero también tienen la capacidad de revivir, de que reaparezca un latido inesperado, una nueva pulsión de vida como la que parece haberse reactivado en el pueblo argentino.  «