«Para siempre, Comandante»

Crónica final de La Garganta Poderosa desde el Cementerio de los Héroes de Santiago de Cuba.

A decir verdad, nunca pensamos ver algo así, jamás, pero lo vimos. Y sentimos la obligación de contarlo. Ayer vimos a un policía llorando, llorando con las tripas, llorando con los mocos, llorando con las uñas que acribillaban las palmas de sus manos, envueltas en dos puños cerrados con todo el dolor que un alma puede soportar. Y sí, tienen razón, debimos haberlo fotografiado, pero no pudimos. Nosotros también estábamos llorando. Y sí, tienen razón, debimos haberlo esperado, pero no pudimos. Nosotros también estábamos atrapados por nuestra propia piel. Nos abrazamos.

Ahí viene Fidel.

Se, oye, se, siente, Fidel, está, presente. Se oye, se siente, Fidel está presente. ¡SeoyesesienteFidelestápresente! Y entonces, sí, ahora que ya pasó todo, ahora que no pasa nada, vamos a escribir el último párrafo del texto que recién empieza, el último grito del silencio que nunca termina, el último adiós a la bienvenida que nadie podrá despedir. Pero ojalá estuvieran acá, ojalá todos sus sentidos o sus resentidos estuvieran acá, adentro de semejante óleo, aspirando la historia y tocando este recuerdo en vivo, entre las puertas oxidadas del carro modelo 50 que avanza penetrando la neblina, como si el tiempo se quisiera esconder. Ojalá. Son las 4 de la mañana. Y Santiago de Cuba no se deja ver.

Algo hay en el aire, que clama por no amanecer.

A un lado y otro de la carretera, la mirada prendida fuego va correteando al humo del invierno que arde. Y poco a poco, la trompa del almendrón comienza a descubrir las tribunas invisibles del grito mudo que aturde desde todos los costados. Las suelas gastadas, las pantorrillas negras, las medias escolares, las rodillas polvorientas y los borcegos de cuero forcejean por la primera fila del cordón que no tiene vereda. De ser cine, debiéramos quitar algunos cientos de miles, para que no parezca ficción. Y de ser dictadura, debiéramos quitar emoción, para que no parezca ternura. Desandando el mismo camino que surcó en 1959, pero a contramano, vuelve la caravana del mismo Comandante, con el mismo pueblo adelante. Nublado, amaga con llover, pero algunos rayos del sol prometen un tiempo mejor.

El amor después del amor.

La Bodeguita del Medio no quiere llorar, pero tampoco lo sabe disimular. Sus metálicos párpados caídos anuncian el último día de luto que cualquiera puede respirar. Pinchamos una goma. Y volvimos a pinchar. Pero se entiende, neumáticos, cómo se entiende, cuando uno se dispone a sentir el peso muerto de cada cubano, cargando con su dolor, mientras Batista sigue acuartelado en cada grabador. Porque sí, las crónicas del mercado rebotan contra los huesos y golpetean la boca del estómago, cuando los ojos miran temblar la mandíbula de una anciana negra y campesina que supo camuflar rebeldes en un tacho de lavandería, para que los soldados del dinero dejaran de violar a sus hermanas, antes de robarse sus gallinas, mientras sus padres les labraban la tierra. Desfasado como el futuro vestido de pasado, los rostros cubanos y el audio de los noticieros componen una síntesis audiovisual del cinismo a viva voz.

El pañuelo de las Madres y el relato de José María Muñoz.

Sin montaje, ningún jinetero de la comunicación se atrevería a sostener su guión, ante la masividad de los convencidos, de los agradecidos, de las alfabetizadas. Acá nadie necesita plazas valladas. Donde sale, llega. Donde llega, entra. Y donde entra, triunfa, porque todos combaten la misma hiel. ¡Yo soy Fidel! Pero quién lo hubiera dicho, tan distinto que parecía en televisión. No parecía ésa, ni ése, ni aquél, pero los escuchamos gritar con nuestros propios ojos, cuando la cera se volvió miel. Yo soy Fidel, ¡yo soy Fidel! Mulatas, mestizos, gringas, viejos, niñas, maestros, médicas, obreros, artistas, diplomáticos, trabajadoras, ajedrecistas, intelectuales, cocineros, periodistas, estudiantes, escritoras, lectores, luchadoras, peluqueros, besibolistas, transexuales, bisexuales, chabones, mujeres, gays.

Todos, contados, son 26.

Largo, el acto. Y largo, el texto, puede ser. Ahora, largo lo que se dice largo, largo es un embargo criminal de medio siglo, para que nadie se atreva a desempolvar los guardapolvos de la Sierra Maestra. Porque no, no les molesta que presidentes cercanos se suban al escenario, ni que algún showman salga a interpelarlos. Todo eso les garpa, a tal punto que eligen mostrarlos. No así, al ex combatiente de Angola, que tiene los bigotes empapados de lágrimas y «volvería, si su memoria me lo pidiera». No así, el Camilito que reclama «sacarse la boina para cantar nuestro himno». No así, el sindicalista que jura «no negociar sus principios, porque esos principios se defienden a cualquier precio». No así, la feminista que celebra su «Revolución dentro de la Revolución». No así, el escritor que agradece «haber convertido a los libros de lujo, en artículos de primera necesidad». No así, la líder estudiantil que proclama «universidades que se vuelvan nuestro Granma, que se vuelvan nuestra Playa Girón». No así, el presidente que promete «un proyecto legislativo para prohibir el culto oficial, aun en su ausencia, porque ésa era su voluntad».

No así, la verdadera cara de la verdad.

Termina el discurso. Termina el acto. Y no termina nada más. A la eufórica retirada del féretro con más restos del mundo, la sigue una fuga agonizante del sonido hasta un vacío que no podría escribirse ni dejando de escribir, ni desenchufando la computadora, ni rompiendo todas las hojas en blanco, ni cortándose las orejas, para que la sangre completara el papel. Nunca ningún silencio había gritado tan fuerte. Murió el papá de todos los cubanos. Y nosotros seguimos acá, abrazando a 11 millones de hermanos, entre las banderas de sus corazones, que flamean para siempre en todos los balcones. No era sólo él, era muchos otros, una locomotora capaz de recorrer hasta el último riel.

Fidel fue todos nosotros. Y ahora, todos nosotros vamos a ser Fidel.

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