«1899»: los creadores de «Dark» apuestan a una odisea repleta de enigmas y subtramas

Por: Adrián Melo

La serie alemana relata el viaje en barco de un grupo de inmigrantes que rápidamente es atravesado por crímenes y sucesos sobrenaturales. Disponible en Netflix.

“El cerebro es más vasto que el cielo. El cerebro es más profundo que el mar”.  Con estas palabras comienza 1899, la nueva serie de Baran bo Odar y Jantje Friese, los creadores de Dark, y una de las mayores y más esperadas apuestas del año de Netflix. Aquellas sentencias iniciales dan cuenta de la elocuencia del guión y prefiguran los escenarios en los cuales transcurrirá la ficción: dos barcos en alta mar, uno pleno de inmigrantes de diversos países y clases sociales y otro, casi vacío y lleno de misterios que parece tener la llave para desentrañar los recuerdos más recónditos y los sentimientos más ominosos e inexpresables del inconsciente de los personajes principales. 

En efecto, el punto de partida de 1899 es un viaje a bordo del Cerbero, un navío de vapor, desde Europa hacia New York, supuestamente en el año que da título a la serie (que no parece casual que sea el anterior al fin de la larga noche de la monarquía represiva de la Reina Victoria). Los tripulantes del barco son una especie de Babel trasatlántica o un arca humana de Noé decimonónica compuesta por un elenco de distintos países que hablan sus propios idiomas: inglés, alemán, francés, danés, español, polaco, japonés y mandarín.  En la travesía de los inmigrantes parecen cifrarse los sueños de una vida mejor y el deseo común de dejar atrás pasados trágicos plenos de remordimientos, culpas, viejos dolores y otros traumas.  Sin embargo, desde Freud se sabe que, todo aquello que se pretende reprimir, regresa bajo la forma onírica: pesadillas, visiones y alucinaciones. 

El otro barco es cuestión es el Prometeo. De la misma compañía y con un recorrido similar que el Cerbero es encontrado por éste, yaciendo abandonado y en apariencia vacío en el medio del océano después de que se lo diera cuatro meses por desaparecido. Sin embargo, al subir a bordo se descubrirá que el aparente único sobreviviente es un niño algo extraño encerrado en un armario que carga con una pirámide y una pequeña cucaracha verde no menos extrañas. Cuando llevan al pequeño y mudo personaje al Cerbero, comenzarán los problemas. Es entonces, y con más fuerza que nunca, que el Cerbero parece hacer honor a su nombre (es la nominación del monstruo canino de tres cabezas y cola de serpiente que custodiaba el mundo horroroso del Hades) y se convierte en una especie de guardián que desata los peores infiernos -pasados y presentes- de sus tripulantes.  Con el extraño niño a bordo también comienzan los crímenes.     

Entre los personajes que infaustamente buscan llegar a ese mundo nuevo lleno de promesas -que recurrentemente en las ficciones cinematográficas parece representar Estados Unidos y particularmente New York- y huir de pretéritas historias oscuras, se encuentran Eyk Larsen, el capitán del barco (Andreas Pietschmann)  con  una existencia de catastróficas perdidas familiares a cuestas y Maura Franklin (Emma Beechaum), la cual, además, va en busca de su hermano supuestamente desaparecido en el Prometeo. Entre estos dos seres perdidos surge una llama. Pero no son los únicos. También hay dos supuestos hermanos españoles -uno de los cuales simula ser sacerdote- que, a la postre resulta que son amantes clandestinos y que van en busca de nuevas aventuras eróticas con las clases proletarias (Miguel Bernardeau y Jose Pimentao); un matrimonio francés por conveniencia y un marido que prontamente busca la ansiada satisfacción sexual en las siempre concupiscentes (para la fantasía occidental) mujer asiática y un variopinto de enigmáticos personajes, muchos de los cuales parecen saber más de lo que expresan. 

Las tensiones se acrecientan aún más cuando Larsen, decide postergar el rumbo del crucero, emprender el viaje de retorno a Europa y remolcar al Prometeo a pesar del amotinamiento del millar y medio de viajantes y de las órdenes de la compañía de hundir al barco presuntamente desaparecido. Los planos aéreos de los dos barcos -y de uno remolcando a otro- son elocuentes metáforas de la manera en que los humanos cargamos con los recuerdos e imágenes que parece dar cuenta de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde acuáticos.   

De esta manera, la serie oscila entre diferentes géneros: el terror psicológico, la ciencia ficción y el drama (a pesar de los dramones, no faltarán el romance ni el erotismo aliviador en el barco).  Con una calidad cinematográfica inusual en la cual cada uno de los ocho capítulos de la temporada parece una película de una hora, una música y escenarios que contribuyen a la permanente atmósfera enrarecida y con múltiples referencias cinematográficas:  los conflictos y las pasiones entre diferentes clases sociales a lo Titanic de Cameron; algo de misterio internacional cual Agatha Christie aggionarda; mucho de Lost, con los flashbacks y los fordwards para conocer las vidas de los personajes y enigmas, misterios y rompecabezas laberínticos e intrincados a lo Dark, la serie entretiene, sobresalta aunque, por el momento, no logra conmover. En todo caso, una superproducción espectacular con atractivos condimentos al servicio de un viaje que, como todos los viajes resulta ser al interior de sí mismo. En esta oportunidad, de cada uno de los personajes. «

Foto: Netflix


1899

Creadores: Jantje Friese y Baran bo Odar. Elenco: Miguel Bernardeau, Emily Beecham, Aneurin Barnard, Andreas Pietschmann, Maciej Musiał, Anton Lesser, Lucas Lynggaard Tønnesen, entre otros. Disponible
en Netflix.



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