A 21 años de Cromañón: de la masacre y la crisis a la reparación

Por: Diego Zenobi

Una de las cuestiones centrales del significado social de Cromañón reside en que fue percibido como un hecho crítico que marcó una ruptura, un antes y un después.

El 30 de diciembre se cumplen 21 años de un acontecimiento trágico y crítico que marcó el rumbo de la política local durante las décadas siguientes. Una masacre, como la llamaron sus protagonistas.

Una de las cuestiones centrales del significado social de Cromañón reside en que fue percibido como un hecho crítico que marcó una ruptura, un antes y un después. Las crónicas periodísticas que describieron el incendio enfatizaron su carácter excepcional, el gran número de fallecidos, el bajo promedio de edad (20 años), y otros datos que hacían del hecho, uno singular.

Al mismo tiempo, las explicaciones sobre las causas que hicieron posible el desastre pusieron la mirada en el contexto social más amplio y en la continuidad y repetición de ciertos supuestos hábitos o comportamientos culturales de los jóvenes de la época.

Periodistas, comunicadores, psicólogos, cientistas sociales, abogados, entre otros, se vieron casi obligados a decir algo sobre lo sucedido. Algunos sostenían que las prácticas juveniles como el uso de pirotecnia en eventos musicales eran propias de un fenómeno estético-social al que denominaban “rock chabón” y de una configuración a la que llamaban “cultura del aguante”.

Foto: Edgardo Gómez

El diagnóstico sostenido por los familiares y sobrevivientes, en cambio, iba por otro camino. La crisis desatada por el incendio en el que murieron 194 jóvenes, más de 3000 pudieron sobrevivir y aproximadamente 1500 resultaron heridos, desencadenó un proceso que llevó a familiares y damnificados a luchar por la verdad y la justicia.

Ellos destacaban las responsabilidades estatales y empresariales denunciando el retiro del Estado de sus funciones de contralor; la corrupción, la voracidad empresaria por la ganancia desmedida… todo esto había hecho posible la masacre. Las interpretaciones de la ocurrido estaban atrapadas, como en toda crisis, en una temporalidad que ponía en juego ideas colectivas sobre la continuidad y el cambio, sobre la estabilidad y la ruptura, sobre el pasado, el presente y el futuro.

El hecho de existan miradas diferentes sobre un mismo suceso a veces se debe a que los acontecimientos críticos no afectan por igual a todos los grupos sociales ni son reconocidos del mismo modo por ellos. Esto significa que las crisis no constituyen un hecho evidente y que ningún hecho es en sí mismo un desastre, una tragedia o una catástrofe a menos que sea socialmente interpretado y reconocido como tal. La politización y la movilización en demanda de justicia contribuyeron a hacer de Cromañón una tragedia excepcional. Una “masacre”.

El hecho de que Cromañón haya marcado un antes y un después en relación a diferentes temas tales como las normas de la nocturnidad, las políticas culturales, las conductas de los jóvenes, los mecanismos de cuidado y protocolos de seguridad y la política profesional, no se debe tanto a la magnitud del desastre o a la baja edad de los fallecidos, sino a la movilización y denuncia posterior que contribuyó a que Cromañón sea reconocido de aquella manera.

Recordemos que otras situaciones que involucraron un alto número de fallecidos, a veces muy jóvenes (el incendio de Iron Mountain, la intoxicación en la fiesta Time Warp, el desbarranco de un micro repleto de gendarmes en Salta, o el hundimiento del ARA San Juan, por ejemplo) no tuvieron un gran impacto sostenido en el tiempo. 

Durante los años posteriores al incendio los familiares de las víctimas fueron la voz cantante de la lucha y lideraron ese proceso de movilización. Si bien existían grupos de sobrevivientes, su presencia en la escena pública quedó matizada por la de los familiares. En algunos casos entre familiares y sobrevivientes existieron tensiones alrededor de la responsabilidad de Callejeros. No obstante ello, la idea de que unos y otros conformaban dos grupos diferentes enfrentados entre sí siempre fue errónea. Entre ellos existían lazos de afectividad, parentesco, vecindad, ya que los grupos de jóvenes que habían asistido al recital estaban conformados alrededor de ese tipo de vínculos. 

Foto: Edgardo Gómez

Como antropólogo, durante mis años de trabajo de campo en el movimiento fui testigo de numerosas situaciones en las que los padres de las víctimas y los sobrevivientes se trataban como “padres” y “chicos”, como integrantes de una misma “familia”. La metáfora de la familia, ubicua en nuestra sociedad, expresaba el cariño, el afecto y la búsqueda de un interés común.

Sin embargo, esa figura también disimulaba las posiciones de poder que existen en toda familia en términos de género y de generación. Trasladada al campo de la lucha política y de las diferencias que a veces mantenían unos y otros por aquel tema de la responsabilidad de Callejeros, los sobrevivientes eran tratados como los “chicos” y su voz pública era “minorizada”. Algunos adultos sostenían que esos jóvenes no llegaban a dimensionar su sufrimiento por no ser padres, por lo que “no podían saber lo que significa el dolor» de perder un hijo.

Conviviendo con aquellas cuestiones, el movimiento siguió su rumbo y a lo largo de los años hubo intensos debates sociales por la definición de las responsabilidades, sentencias condenatorias en el plano penal y civil, cambios en la legislación sobre la nocturnidad y en las formas de organizar el espacio público y las actividades culturales en la ciudad, entre otras cuestiones.

Foto: Edgardo Gómez

A partir de 2009, una vez ya concluido el juicio penal principal, los familiares se fueron corriendo de la escena y un nuevo actor comenzó a emerger: numerosos jóvenes que en los primeros años después del incendio no habían participado del movimiento Cromañón ahora comenzaron a comprometerse, dándole un nuevo impulso, una segunda vida. Ahora, la nueva demanda ya no era la de justicia sino la de reparación. El cambio generacional mostraba que aquellos chicos, ahora eran adultos comprometidos con su pasado, pero también con su presente y su futuro.

La acción conjunta de varios grupos de sobrevivientes que se conformaron desde 2010 en adelante, fortaleció el reclamo de reparación. Hasta entonces las medidas del Gobierno de la Ciudad estaban centradas en formas de “apoyo” y “ayuda” económica. El primer intento de Ley de Reparación Integral, tuvo poco y nada de “integral” y los intentos de ir más allá de un subsidio mensual, ampliando la reparación a temas laborales, educativos y psicológicos, desde la ley porteña, siempre quedaron truncos. Frente a esas medidas tomadas los primeros años estos sobrevivientes exigieron una verdadera “reparación integral”.

La reparación integral, de acuerdo a quienes entienden en la materia, implica ir más allá de lo monetario para considerar otras dimensiones, como por ejemplo el aspecto simbólico. Es por ello que en ciertas ocasiones, tanto en América Latina como en otras regiones, frente a situaciones como desastres, violaciones a los Derechos Humanos u otras formas de violencia, altas autoridades estatales han promovido formas memoriales y conmemorativas o han ofrecido públicamente discursos de perdón, por la eventual responsabilidad estatal en lo sucedido y por situaciones que pudieron haber contribuido a la tragedia tales como la corrupción política y policial, la falta de protocolos y de controles, u omisiones. En el caso de Cromañón nada parecido a esto se ofreció ni se promovió.

Foto: Télam

En cambio, en ese escenario fueron los propios sobrevivientes y algunos familiares quienes impulsaron la expropiación del local, aún en marcha, a fin de que allí se construyera un espacio conmemorativo. Concretar esa iniciativa implicaría avanzar en una acción de reparación simbólica que retoma el ejemplo de espacios expropiados en los que se ejerció el terrorismo de Estado. Para reparar el presente es necesario que las propias víctimas tengan la posibilidad de participar de las narrativas sobre su propio pasado.

Si bien la idea de “crisis” como una ruptura implica una cierta intención de “volver atrás”, al pasado anhelado, a fin de restaurar la “normalidad”, el caso de Cromañón nos deja como pocos otros, frente a una paradoja. En ese hecho se sintetizan dos aspectos contradictorios del pasado: por un lado, aquél pasado anhelado parece ser uno en el que “estábamos mejor”; por el otro, aquel pasado también alberga las condiciones mismas que condujeron a la crisis. Seguramente, en relación a algunas cuestiones las demandas cobijan aspectos añorados de un pasado mejor; pero en otros casos, cabe preguntarse cuáles eran los aspectos de ese pasado que se parecían más bien al equilibrio inestable de un malabarista al borde de un precipicio.

*Esta nota forma parte de un acuerdo entre Tiempo y el Instituto de Ciencias Antropológicas de la UBA. También se publica en el proyecto de divulgación Diarios de campo.

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