A levantarla en pala: en busca de los mejores castillos de arena

Por: Nicolás G. Recoaro

El Municipio de la Costa lanzó un concurso para premiar a las figuras más excelsas en la playa. Tiempo de Verano aprovecha el disparador para ir más allá y contar la historia de estos objetos tan clásicos como atrapantes. De Hendrix a Borges y los egipcios. Arte, fantasía y el placer de lo efímero.

“Había una chica, con el corazón fruncido / Porque estaba lisiada de por vida, y no podía decir una palabra / Y deseaba y rezaba para dejar de vivir, así que decidió morir. / Llevó su silla de ruedas hasta el borde de la orilla / Y le sonrió a sus piernas, no me van a lastimar más / Pero de repente, una visión que nunca había visto, la hizo saltar y decir / Mirá, un barco dorado está pasando por mi camino / Y realmente no tuvo que parar, simplemente siguió adelante / Y así los castillos de arena se deslizan en el mar, finalmente”. El poema es de Jimi Hendrix. Los versos construyen “Castillos hechos de arena”, acaso la canción más bella del héroe de la guitarra. En este clásico de clásicos, el morocho habla de la vida de su abuela cherokee, de la mala vida de su papá alcohólico, de una amiga que vivía a duras penas. Historias de castillos vagabundos, frágiles como los que se forjan en las playas.

El tema suena en loop mientras escribo este artículo sobre el popular arte de la escultura en arena. Será cuestión de agarrar la pala, el balde y el rastrillo… Ponerse a laburar.

El primer granito de esta historia viene de las playas bonaerenses. Cuando estaba por estallar el verano, el Municipio de La Costa anunció con bombos y platillos el inicio del Campeonato Nacional de Castillos y Figuras de Arena. Un certamen que durante enero y febrero, y con inscripción gratuita, congrega a los laboriosos devotos de la escultura en arenisca.

Foto: @MuniLaCosta

La disciplina tiene raíces que llegan al viejo Egipto, con maquetas granuladas que les servían de bocetos para las pirámides. Hubo un boom a principios de siglo XX en Estados Unidos con expos y concursos, pionero en la construcción de castillos de arena con fines artísticos. Brasil es otra gran meca y recién en 1990 se extendieron las competencias por Europa. Hoy el concurso más famoso se hace en Sídney (Australia) aunque el Récord Guinness 2021 de un castillo fue para un danés que lo hizo de 21 metros.

Pero volvamos a nuestra Costa Atlántica. “La propuesta es que los turistas y visitantes se sumen a esta actividad que ya es una tradición en nuestro distrito y que atrae la atención de muchos por las magnitudes de las esculturas que se realizan con la arena del mar”, deja clarito Mónica Portela, secretaria de Turismo municipal. “Fomentar el entretenimiento en familia y el cuidado del medio ambiente” son los pilares que sostienen las justas en la arena argenta.

Mar de Ajó fue el primer stop del arenoso tour de force: 50 equipos, un adulto/a responsable por team, totalmente prohibido el uso ornamental de ramas, plantas, almejas y mucho menos de pegamentos. Es ley de leyes la rutina vieja escuela para forjar las obras: milenaria arena, salada agua de mar, dosis desparejas de ingenio, manos y paciencia.

Una fortificación de aires medievales se alzó con el primer premio. Altísima mota castral, fosa, varias torres y cuatro bravas calaveras cinceladas en los muros. ¿Sus autores? Los Fidelitos, equipo que homenajeaba a Fidel, el abuelo recientemente fallecido, cuyas cenizas descansan en sus queridas aguas de Ajó.

En un final cabeza a cabeza –granito a granito- con el competitivo equipo La Castilloneta y su escultural cocodrilo de tamaño (casi) real, el castillo recibió puntaje ideal del excelentísimo jurado de artistas plásticos y maestros mayores en obra. Tres días y dos noches de alojamiento en un hotel, entradas a un acuario, cajas de alfajores locales y un equipo de playa con bolso y lona recibieron los ganadores. También la alegría de escribir con sus manos esos versos de arena para el abuelo Fidel. Casi un poema amoroso  de la uruguaya Idea Vilariño: “Como en la playa virgen dobla el viento / el leve junco verde que dibuja un delicado círculo en la arena, / así en mí tu recuerdo.”

Arenario

Los relatos de los participantes se multiplican. Un joven dice estar «inventando un castillito… estamos haciendo free style más que nada”, se corrige. Una muchacha con la camiseta de San Lorenzo se envalentona: “estamos haciendo una tortuga, queremos armar como una montañita diga la frase del año: andá pa’allá bobo’”. Un niño se sincera: “Vamos a hacer un barco. Como el Titanic. Íbamos a hacer la Copa del Mundo pero era muy difícil, así que vamos a hacer un barco”.

“El libro de arena” se titula un célebre cuento de Jorge Luis Borges. En el relato, un Borges ficticio o real –qué importa-, se enfrenta a la pesadilla de leer un librito cuyas páginas se deshacen y multiplican como los granos de arena. Cada hoja se separa en incontables hojas, y no puede volver a ser hallada. “Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro”. Misterio insondable hecho de arena, esas partículas elementales de la nada. ¿Será infinita la arena? ¿Tendrá principio y fin? El deseo de construir algo que es efímero.

Encontré respuestas en internet, otro libro infinito, mientras pasaba unos días en el Delta con mi novia y su hijo. La conexión precaria me dejó apenas descargar Arenario, texto escrito por Arquímedes (287 a. C.), tal vez el científico más relevante de la Antigüedad. Entre asados, bravas remadas por el arroyo Pacífico y, obviamente, construcción de castillos de arena en la playita de la isla –mi novia edifica obras dignas de Gaudí-, devoré el texto del matemático dirigido a Gelón, príncipe heredero de Siracusa. Arquímedes demuestra que los granos de arena no son infinitos: “Hay algunos, Gelón, que consideran infinito en cantidad el número de granos de arena, y por arena considero no sólo la que hay en Siracusa y el resto de Sicilia sino también la que se encuentra en cualquier región habitada o deshabitada. Y es claro que quienes sostienen este punto de vista, si se imaginaran un volumen de arena tan grande como la Tierra incluyendo todos los mares y cuencas, que se llenara hasta la montaña más alta, estimarían todavía menos posible que se pudiera hallar un número que representara una cantidad mayor que la arena señalada”. Arquímedes confecciona un sistema de numeración que permite contar no sólo una masa de arena como la Tierra sino la arena que llenaría una esfera con centro en el Sol. El cálculo es sencillo (para el matemático, obviamente): si un grano de arena mide 0,06 mm, en un milímetro entran 16 granos alineados, en un metro 16 mil, y en un kilómetro 16 millones. En una playa de un kilómetro de largo, por 100 metros de ancho y 10 metros de profundidad, entran 4 millones de billones de granos de arena. Miren si no habrá materia prima para construir castillos. O para hacer negocios inmobiliarios, algo que también se multiplica en la costa nacional.

La guerra de la arena

Antes de que suba la marea y devore esta crónica, surgen otros datos de preocupación. Un informe del Servicio Global de Alerta Medioambiental  de la ONU advierte que el volumen extraído del planeta excede la capacidad de recuperación natural. Entre 47 y 59 mil millones de toneladas sacamos de las playas y el fondo del mar. Es el segundo recurso más utilizado en el mundo después del agua.

Se suma el documental Sand Wars, del canadiense Denis Delestrac: tres de cada cuatro playas de todo el planeta están en peligro de desaparecer y para finales de siglo quizá no quede ninguna en pie por el hambre de la construcción y la industria. Castillos de arena que nos vende el capitalismo. Se derrumban en el mar, finalmente.

Foto: @MuniLaCosta
Concurso

El Campeonato Nacional de Castillos y Figuras de Arena ya pasó por las playas de Mar de Ajó, Santa Teresita y San Bernardo, del Municipio de La Costa.

Hay nuevas fechas los siguientes jueves: el 2 de febrero en Mar de Ajó (Centro de Deportes de Playa), el 9 de febrero en Santa Teresita (Parador Municipal), el 16 de febrero en San Clemente (Balneario El Edén) y, finalmente, 23 de febrero de nuevo en Mar de Ajó.

La inscripción es in situ, a las 10 de la mañana, mientras que el concurso comienza a las 14, con puntualidad bonaerense. Ideal para comenzar después de estar almorzado, porque lleva tiempo y paciencia.
El jurado evalúa la altura y tamaño de la obra, y también el nivel de dificultad y la originalidad del tema que hayan elegido.

Quienes ganan se llevan de premio un alojamiento por tres días y dos noches en un hotel de La Costa; entradas a lugares de entretenimiento; una caja de alfajores, un regalo sorpresa de la Feria Pulpo y un equipo de playa con bolso y lona.

Foto: @MuniLaCosta
Los de cemento y ladrillos también se pueden ver en la costa

Los castillos siempre generan atracción. Sean de arena, o de ladrillos y cemento. Y éstos también tienen su presencia camino a la Costa. O en ella misma.

Es el caso del «Castillo de Gesell», una creación de Roberto Geddo y Osvado Bevaqua que se asoma con sus torres y cúpulas al sur de la avenida principal. Funciona como un parque temático de juegos y juguetes para niñas y niños.
Hay otros que tuvieron vida de castillo, al estilo europeo de película, y que encierran numerosas historias, lo cual los hace más atrapante, como todo castillo.

Chapadmalal tiene uno de estilo gótico medieval de 80 habitaciones que fue visitado por presidentes y príncipes europeos. Permaneció sin luz eléctrica hasta fines del siglo XX. Fue construido en 1906 por el arquitecto Basset Smith, a pedido de Narciso Martínez de Hoz, pariente del ministro de Economía de la última dictadura cívico–militar, y está rodeado por un enorme parque diseñado por Carlos Thays.

Pero el emblemático está a la vera de la Ruta 2, camino a Mar del Plata. Desde 1894 se erige entre 40 hectáreas de parque y árboles «La Raquel», un castillo–estancia que guarda en su memoria la historia de Felicitas Guerrero. Era hija de Carlos José Guerrero, perteneciente a la aristocracia porteña. Él le arregló matrimonio con un adinerado amigo, Martín de Alzaga, propietario de las estancias donde hoy se ubican Pinamar y Cariló. Tuvieron dos hijos pero Alzaga murió en 1870. Ella heredó 100.000 hectáreas en General Madariaga y Castelli, donde conoció a su nuevo prometido, Anselmo Sáenz Valiente, cuando se le quedó el coche varado en el barro. Sin embargo, el día que iba a anunciar el casamiento en 1872, fue asesinada de un tiro en la espalda por Enrique Ocampo, antiguo pretendiente de Felicitas, quien luego se suicidó.

Castillo-Estancia La Raquel

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