La intensidad de Dani, su personaje, dejó a la británica perturbada. Una historia que advierte sobre las exigencias no siempre visibles de la profesión.

La actriz británica, que en 2019 interpretó a Dani -una mujer devastada por el duelo que viaja con su novio a una comunidad rural sueca y enfrenta un horror ritualista-, reveló cómo se metió en el personaje para lograr verosimilitud: “Realmente me puse a prueba. Al principio, solo imaginaba recibir la noticia de que uno de mis hermanos había muerto. Y hacia el final del rodaje, prácticamente sentía como si estuviera asistiendo a todos los funerales de mi familia”.
Ese “meterse en el personaje” le pasó factura. En la entrevista admitió que la intensidad emocional del rodaje la sumió en un estado de tristeza que duró meses: “El personaje está en un estado horrible… siempre al borde de un ataque de pánico… nunca había pasado por algo parecido”.
Pugh también había comentado en otros espacios que después de esa experiencia hubo un quiebre en su manera de abordar los papeles: “Hubo algunos roles en los que me entregué demasiado y quedé rota por mucho tiempo después. Con Midsommar definitivamente sentí que me había maltratado a mí misma en los lugares a los que llegué”. Y añadía: “Quiero decir… uno tiene que decirse, ‘Está bien, no puedo volver a hacer eso porque fue demasiado’”.
La toma de conciencia de la actriz no sólo habla de un trabajo actoral exigente, sino de la necesidad de proteger la salud mental en una industria que muchas veces empuja al límite. “Protegerme es algo que tuve que aprender a hacer”, reconoció.
Este testimonio ilumina un aspecto poco comentado del cine: la exigencia emocional que va más allá de la cámara. En Midsommar, bajo la dirección de Ari Aster, Pugh sufrió más allá del personaje, y decidió que ese tipo de sumersión -donde “abuse myself” se vuelve literal- ya no formaba parte de su futuro profesional.
En Midsommar, Dani atraviesa un duelo devastador tras la muerte de su familia y acompaña a su novio a una comunidad rural sueca donde se practican rituales perturbadores. El personaje enfrenta miedo extremo, aislamiento y ataques de pánico, y exige una entrega emocional total para transmitir su sufrimiento y transformación. Esa intensidad fue la que llevó a Florence Pugh a un agotamiento psicológico que se extendió varios meses después del rodaje.
La actriz expresó que el orgullo por ese trabajo existe: “Estoy realmente orgullosa de lo que hice y de lo que salió de mí. No me arrepiento”. Pero la lección es clara: establecer límites, reconocer los costos y abordar un papel artístico sin que el personaje se lleve a la actriz. Una reflexión que, en su sencillez, resuena potente: para seguir entregándose hay que seguirse cuidando.
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