En la antología publicada por el sello Vinilo Editora diez autores enfrentan con honestidad su relación de dependencia con distintas sustancias, consumos, usos y costumbres.

Uno de los soportes éticos de la antología consiste en entender qué cosa es una adicción con una amplitud antes impensada. Otro de los pilares que apuntalan el libro radica en la decisión de nunca hablar de vicio, una palabra que solía ser utilizada como sinónimo de adicción, aunque en sus textos se aborden (casi) todos esos consumos que hasta hace no tanto se agrupaban bajo el paraguas estigmatizante de dicho concepto.
El escritor Luciano Lamberti (foto de portada) cuenta de su persistente adicción al cigarrillo y Alejandro Seselovsky describe de forma muy vívida el laberinto en el que se mete cada vez que consume cocaína, mientras que Joana D’Alessio y Cynthia Edul hacen lo propio con los somniferos y el juego. Tabaco, drogas, apuestas: solo falta el alcohol para reunir a los sospechosos de siempre.
Pero el libro se permite mirar a las adicciones más allá de la acotada perspectiva de un capítulo de la serie Mad Men. Ya no estamos ni en los rebeldes años ‘60, ni en los convulsos ‘70, ni siquiera en los pop ‘80 ni en los desquisiados ‘90. Vivimos en el siglo XXI y ya perdimos la inocencia tantas veces que no nos queda más alternativa que ser cínicos, realistas y sobre todo amplios.
Por eso el cineasta Mariano Llinás puede hablar de su adicción a la ruta, que lo impulsa a subirse a su auto y manejar hasta que la ciudad deja de verse en el espejo retrovisor. O la escritora Virginia Higa recuerda los años de su juventud en los que se volvió dependiente del Dazolín, unas gotas nasales que le permitían respirar pero al mismo tiempo le arrebataban el olfato. E incluso el mexicano Juan Villoro puede sentir de manera absolutamente legítima que es víctima de una extraña adicción a los mosquitos.
Finalmente, hay tres textos en El libro de las adicciones que dialogan como ninguno de los anteriores con este mundo post Y2K que se parece a Blade Runner más de lo que nos gusta admitir.
En uno de ellos, Javiera Pérez Salerno habla de su vínculo con el celular, un texto marcado por la ambigüedad. Por un lado, es capaz de reconocer algo parecido a la esclavitud, revelando que lo primero que hace al despertarse y lo último antes de dormir es mirar la pantalla de su teléfono. Pero también justifica su dependencia en la probada utilidad de ese artilugio que solo los millonarios pueden darse el lujo de apagar a las cuatro de la tarde. En ese tironeo hace equilibrio esta adicción, quizás la más extendida en la historia de las adicciones. Pérez Salerno lo sabe y nos arrastra con ella al infierno de la autojustificación.
Por su lado, Nicolás Salvarrey habla de su relación problemática con el porno, la más compleja de las adicciones que se agudizaron en este siglo, en la que la explosión tecnológica se vincula de forma directa con lo más primario de la naturaleza humana: el deseo sexual. La facilidad del acceso a internet pone al consumidor en contacto con una variedad y cantidad inagotable de material a solo un clic, un sistema que el autor define como “un tenedor libre pajero funcionando 24/7”, “una mala noticia para el adicto”.
Por último, la actriz y escritora Carolina Unrein define como adictivo su vínculo con los hombres. Una relación marcada en partes iguales por el deseo y el dolor, que ella relaciona directamente con el devenir de su propia identidad trans. Dos textos confesionales que ayudan a mirar el presente como una construcción compleja y con una libertad tal vez inédita en la historia de la humanidad.
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