A 50 años del golpe, una marea humana desbordó la Plaza de Mayo bajo un río memorioso de pañuelos blancos y la caligrafía de la urgencia. Una mirada desde el centro de la resistencia contra el negacionismo.

Llegar al centro porteño este 24 de marzo es entrar a una geografía de contrastes obscenos. La arquitectura del miedo —ese muro de hierro que divide el frío de las «fuerzas del cielo» del calor de la calle— se ve desbordada por una sensorialidad que el mileísmo no puede descifrar.
El humo dulce que viene de las parrillas acompaña la marcha. Hay olor a chori, hay olor a un pueblo que, pese a marchar por la peor de las crueldades, se hermana y se abraza en un banquete de resistencia donde el hambre libertario se combate con organización.
A medio siglo del golpe, las palabras de Rodolfo Walsh resuenan con la violencia de un eco presente. Esa «miseria planificada» que denunció antes de su desaparición forzada camina de nuevo disfrazada de ajuste sin anestesia.
Los negacionistas nostálgicos de la dictadura cívico-militar pululan por siniestros ministerios haciendo la parodia democrática. Buscan cancelar las políticas públicas en Derechos Humanos: desfinanciamiento, despidos y censura reinan en la Argentina. Es el desmembramiento a secas que lleva adelante la motosierra mileísta. El país del “no me acuerdo”.
Por la mañana, el régimen difundió por redes sociales un cortometraje de 75 minutos condimentado con dosis de negacionismo y declaraciones de dinosaurios de pura cepa. Por la tarde, la respuesta fue masiva. Frente a la crueldad que busca convertir el hambre en disciplina, la Plaza respondió con lucha. Ni un paso atrás.
“Podrán sacarme la jubilación, pero no la memoria”, gritaba Susana, comerciante jubilada de Caseros. A unos metros, Cristina Ruiz, de 79 años, sostenía un cartel en prolija imprenta: “Luche como una jubilada”. Cristina vive con la mínima que le paga un gobierno que define como “miserable”: “Con hambre vivo este momento, como en los años del menemismo. Hay que salir a las calles para frenarlos”. Cerca de la Pirámide, la banda de sonido de las gargantas advierte como un oráculo: “Como a los nazis les va a pasar, a dónde vayan los iremos a buscar”.
La memoria también tiene colores de tribuna. «Boca es pueblo» dice una bandera; hinchas con pañuelos azul y oro caminan junto a los de River. La memoria une lo que el domingo separa. Cerca, un cartel del Club Los Andes grita un golazo: “Estudiá, no seas Bullrich”.
En la Diagonal Norte, Graciela y sus compañeres sostienen una bandera que es un patchwork bellísimo con miles de nombres bordados. “Con agujita e hilo también luchamos. Más que nunca están con nosotros”, dice Graciela, mientras sus manos siguen tejiendo hilos que se niegan a cortarse. A la altura de Florida, Andrea repite el rito: bordar para que el nombre no se borre, aunque Milei no quiera.
Los testimonios se cruzan como ráfagas. Sebastián, obrero de Fate, marcha para defender su puesto de trabajo y porque la fábrica de neumáticos, esa ciudad de caucho que es su trinchera, tiene desaparecidos: “Sentimos el abrazo del pueblo, ahora y siempre”.
Alfredo, ex combatiente de Malvinas llegado desde Ensenada, se emociona: “Este es el 24 más especial por lo que estamos padeciendo. Nosotros pusimos el pecho en las islas y vamos a defender al país de los que quieren que seamos colonia”.
Darío Rojas tiene 85 años y es peronista desde la cuna. Frente a la Catedral recuerda los bombardeos del ’55: “Vengo por mis compañeros. Me marcó el 2004, cuando Néstor bajó los cuadros de los genocidas porque tenía pelotas. Ese día derrotamos al olvido”. Su mujer, con remera de Evita, se despide haciendo la «V»: “Rezo por los que no están y por los que vienen”. Amén.
Entre los que vienen está Astor, de 13 años. Vino con su papá, Leonardo. Tienen un tío desaparecido en La Plata. Astor cuenta que empezó a entender la historia mirando los manuales del colegio y dándose cuenta de que la tragedia atravesaba su propia casa: “Hay que venir todos los años, pase lo que pase. Es una forma de defender al país”.
La diversidad de la lucha también pone el cuerpo: Charly, de un colectivo bonaerense, levanta un cartel por los 30.400: “Compañeres que estuvieron invisibilizados, que pelearon por los derechos LGBTI y son nuestra bandera”.
El pasado y el futuro son presente en el río arterial de los pueblos; un caudal subterráneo que corre sin freno carcomiendo los andamios de la pirámide neoliberal. Son voces, arrullos y gritos, una polifonía oprimida que resiste a 50 años del golpe genocida. Mañana, el video del gobierno derechoso será ceniza digital; esta Plaza, en cambio, es piedra y es barro que no va a desaparecer. Desde el escenario, el grito retumba en todo el país: “Que digan dónde están”.
Un análisis sobre el rol del movimiento obrero en el gobierno de Milei y una…
El diputado nacional presentó una “buena evolución posoperatoria” después de haber sido sometido a una…
El Servicio Meteorológico Nacional mantiene la vigilancia sobre la región costera ante la persistencia de…
Más de 250 representantes de sindicatos de cinco continentes cuestionaron los ataques a la prensa…
La familia se encuentra en situación de precariedad habitacional e ingresos insuficientes. El gobierno porteño…