Un estudio de la FAUBA reveló que en la Ciudad de Buenos Aires existe una naturalización del uso de venenos en el hogar. El 100% de los encuestados utiliza productos tóxicos, pero pocos conocen sus riesgos. Alertan sobre malas prácticas y falta de regulación.

“Los plaguicidas domésticos, o domisanitarios, son parte de nuestra rutina bajo una falsa sensación de seguridad. Convivimos con ellos porque hay un gran vacío de información que invisibiliza los riesgos. Por eso, en mi tesis busqué averiguar cuánto saben los habitantes de CABA sobre estos productos, y cómo se comercializan y desechan”, explicó Bárbara Lutfi, egresada de la Licenciatura en Ciencias Ambientales de la FAUBA.
Para abordar la problemática, Bárbara realizó encuestas a los porteños y entrevistas a médicos toxicólogos de la ciudad. “Encuestamos a 120 personas de Caballito, Agronomía y Villa del Parque. El 100% dijo usar sustancias tóxicas para controlar insectos o roedores en su casa, pero solo el 20% sabía qué tipo de producto aplicaba”, afirmó la ambientóloga.
La investigación de Lutfi reveló que la población maneja de manera poco responsable estos compuestos. “A pesar de que el 70% de las personas aseguró leer las etiquetas de los envases, muchos terminan confiando en su propia interpretación. Por eso, frente a una emergencia, la gran mayoría no sabe a qué centro de toxicología recurrir. Por suerte, varios hospitales brindan este servicio”, dijo Bárbara.
En cuanto al destino final de estos químicos, Lutfi detectó fallas críticas a la hora de desecharlos. “El 30% de los encuestados recicla los envases, pero sin ni siquiera lavarlos, enviando restos de veneno al flujo de basura común. Esta práctica responde a que en CABA, el consumidor no cuenta con lineamientos claros ni canales oficiales para descartar estos residuos especiales”.
La ausencia de reglamentaciones quedó en evidencia en la parte final de las encuestas, donde la gente relató sus experiencias ‘como en un confesionario’, tal como lo describió Lutfi. “Aparecieron casos tan graves como insólitos. Por ejemplo, una madre detectó ‘gusanitos’ en una herida en la cabeza de su hija y decidió tirarles veneno antes de llevarla al médico”.
A este tipo de reacciones desesperadas se suma una práctica que los toxicólogos entrevistados señalaron como recurrente: “Mucha gente le pone a sus hijos las pipetas para los perros cuando les detectan piojos”.
El riesgo de intoxicación también se traslada a espacios sensibles como la cocina debido al uso inadecuado de veneno para ratas. Como vienen en forma de granitos coloridos, muchos niños los confunden con caramelos. Incluso, el peligro persiste sin que se los coman.
“Es muy común que la gente ponga rodenticidas dentro del horno para que no se metan ahí, y después ahí mismo cocinan alimentos. Normalmente, esto termina en intoxicaciones”, alertó Lutfi.
Según Javier Souza Casadinho —director de la tesis de Bárbara—, estos plaguicidas circulan en una ‘zona gris’ en la que organismos estatales como ANMAT, Senasa o Salud Pública se desentienden de sus responsabilidades de control. “Entre ellos ‘se pasan la pelota’ de la supervisión del mercado interno. Entiendo que hay poca voluntad política y pocos recursos para fiscalizar, pero es necesario prevenir las intoxicaciones”.
El docente subrayó que la falta de coordinación es lo que lleva a que en el mercado se encuentren productos por fuera de toda normativa. “Por ejemplo, hoy en día se vende un producto que viene de China sin ninguna identificación ni categoría. Si te intoxicás con eso, no tenés forma de saber qué sustancia es”.
A modo de ejemplo, Javier recordó que “hace un tiempo se vendía afuera de las escuelas y por internet el llamado ‘Producto Mágico para los Piojos’. La supuesta magia la hacía el Fipronil, un compuesto prohibido acá y en Europa por ser neurotóxico para abejas y afectar la seguridad alimentaria”.
“Es el mismo caso del Imidacloprid, que está prohibido allá, pero que nosotros lo usamos para las pulgas de las mascotas. O sea: sin una fiscalización activa, sustancias letales terminan siendo manipuladas a diario por familias que desconocen el peligro”, advirtió.
Frente a este vacío, Souza Casadinho afirmó que la FAUBA debe asumir un rol social que trascienda las aulas para informar a la comunidad. “La Facultad debería poner más énfasis en que el conocimiento científico se convierta en una herramienta para que los ciudadanos reclamen decisiones políticas que prioricen la salud por sobre la oferta comercial”.
Como contrapartida, la investigación de Lutfi resalta que existen soluciones físicas, pero que hoy ‘salen perdiendo’ ante la practicidad de los aerosoles. El uso de mallas metálicas en rejillas o la colocación de mosquiteros son barreras simples que podrían reducir mucho la presencia de plagas sin comprometer nuestra salud respiratoria.
“Necesitamos fomentar la educación ambiental y sanitaria para que la población entienda que tirar veneno no puede ser la única respuesta. Debemos fortalecer los sistemas de registro y exigir más transparencia a los fabricantes; son pasos urgentes para proteger a los consumidores de una exposición continua que muchas veces ni notamos”, enfatizó Bárbara.
A modo de cierre, Lutfi reflexionó que “mientras usar domisanitarios siga siendo una práctica invisible y desregulada en CABA, el riesgo seguirá latente en cada hogar. Lograr que la presencia de estos químicos no sea algo ‘natural’ es el primer paso para transformar nuestras casas en espacios seguros, donde la prevención le gane a las intoxicaciones”.
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