Alma Mahler

Por: Víctor Hugo Morales

Una de las maneras de escapar de este tiempo tan agresivo que nos toca vivir en la Argentina de Milei es, como siempre, el mundo de las artes.

Una de las maneras de escapar de este tiempo tan agresivo que nos toca vivir en la Argentina es, como siempre, el mundo de las artes. Frente a una pintura, a una obra musical, o teatral, hay algo de nosotros que mejora, que se alivia, que se carga de algo sumamente positivo. Que luego permite confrontar con este tiempo nefasto de la democracia, de los sueños del pueblo y todo lo que ya sabemos en relación al gobierno de Milei, que no es otra cosa que el gobierno de las corporaciones y, en particular, el de una corporación que es la mediática encabezada por el demencial Grupo Clarín.

Con Alma Mahler, sinfonía de vida, arte y seducción –mi nueva obra que se ofrece en el Centro Cultural de la Cooperación los jueves a las 20– también encontré una manera de fugarme un rato por lo menos de esa realidad. Escribí El reproche en un primer Covid, y ésta en diciembre, en un segundo, más breve y mucho menos violento. Aproveché esos días de encierro para escribir una obra que tenía en mente y en el corazón. Quizás hace mucho tiempo, aunque me había propuesto no escribir una nueva. Comenzó el momento de escribirla. Los tiempos del ensayo, los preparativos de conocer al equipo formidable encabezado por Pablo Gorlero; con Raquel Ameri, una actriz descomunal, absolutamente increíble que se hizo cargo del personaje; un pianista y compositor talentosísimo, sumamente sensible como Juan Ignacio López, y otras colaboraciones como la de Carolina Liponetzky. Muy buenos profesionales que han acompañado preparativos de más de dos meses.

También fue un modo de salir de ese presente oprobioso que nos toca confrontar política y económicamente en la Argentina. Luego vino el estreno el jueves 23, la reacción del público, los comentarios o alguna crítica: son tan agradables, tan lisonjeros que compuso todo esto, entre el momento de escribir, de preparar y de ver la representación, un tiempo de felicidad muy grande.

La obra transita por una época que a mí me apasiona: final del siglo XIX y la primera parte del XX. Tiene que ver con la política, con las guerras, pero sobre todo con la vida artística Alma Mahler, una mujer que amó a hombres de un enorme genio como el propio Gustav Mahler; Gropius, el arquitecto de la Bauhaus; Oskar Kokoshka, de los grandes pintores de la historia; el escritor Franz Werfel y otros personajes tan ilustrados. Una mujer que se animó a vivir con libertad su sensualidad y su sexualidad. Que fue en sí misma una feminista sin andar gritándolo. No había plena conciencia de la lucha de géneros: era un mundo absolutamente patriarcal en el que las mujeres eran nada más que una parte del decorado, como podrían ser las arañas fantásticas de los grandes salones de Viena. Y entre esas arañas, entre esos grandes sillones y tapices, la figura de las mujeres también parecían una cuestión decorativa.

Alma luchó contra todo eso. En esta confrontación salió airosa para componer una vida que vale la pena, pero también es una mujer cuyo feminismo tiene que ver con la lucha que debió entablar para que no opacaran totalmente su obra: Mahler se casó con ella cuando tenía 21 años y le exigió que dejara la composición.

La conocí cuando pasaba en un programa de música clásica unas canciones bellísimas. Empecé a hurgar un poco más en su historia. ¿Por qué no siguió escribiendo tan profusamente como cuando tenía 19, 20? Pianista y compositora, alumna de Zemlinsky, cuando se casó con Mahler, todo terminó. No había lugar en un mundo de hombres para que ella desarrollase su vocación.

Todo esto, el feminismo, la lucha por la creatividad, el arte, la época, se conjuntó para enamorarme de este tiempo y de ese personaje.  De ahí salió una obra que le envié a Pablo Corlero: me contestó algo que me entusiasmó, y me dispuse a perfeccionarla.

 Y ahí está la obra. Y ahí está también este mecanismo fabuloso de salir de esa realidad que se vive en la Argentina. Ya no sólo como espectador habitual de teatro, mecanismo de defensa que me acompañó toda mi vida, sino también como un pequeño protagonista de esa historia maravillosa que tiene el teatro independiente, asomarme a un pequeño desafío y gozar también de lo que se vive del otro lado de la vida de espectador.

Fue el escape para un tiempo en que no se saben cuáles son los límites tanto para gobierno descerebrado, cruel, sino también para un poder real, que ya no puede más con su avaricia con sus apetencias, que han determinado un tipo de vida para los argentinos muy comprometido en el hambre, en la falta de remedios, la falta de asistencia a los más débiles y los más vulnerables, hasta las personas con discapacidad. Que sigue siendo sumamente agresivo con todos los que hay enfrente. Promoviendo miedo y un apego a la indiferencia, al no te metas

Todo el que participa en la vereda de enfrente de este gobierno, del modo de pensar al país de las clases dominantes, recibe un castigo como el que en estas horas debió sufrir, por ejemplo, Pablo Echarri, sólo porque hizo el comentario más común y corriente de las personas que tienen alguna posibilidad económica. Un hombre de más de 40 años de éxito sostenido en teatro y cine debe tener seguramente algún resguardo, enhorabuena: comentó que tenía que gastar algo que lo que tenía ahorrado porque no le alcanza lo que gana y debe recurrir a esos ahorros. De inmediato entre Karina Milei y Clarín le saltaron encima como las aves picudas que picotean sobre los nervios de los caídos con intemperancia. Una agresión pública que después se cobran los odiadores en frases, escraches. Lo cual es tan disparatado, tan absurdo, tan estúpido que no se lo puede sobrellevar fácilmente.

En consecuencia entre la alegría que me provoca estar en el teatro viendo mi propia obra o la que me provoca en estos días concurriendo a distintas obras de teatro o al cine, como la película de Nanni Moretti (“Lo mejor está por venir”) o la de Paola Cortellesi (“C’è ancora domani”). Maravillosas, de lo mejor que tenemos en estos momentos en las salas cinematográficas.

Esos mecanismos a los que uno se aferra. Pequeñas porciones de felicidad que trata de matizar dentro de lo que se padece en una época tan violenta, provocadora, estúpida, al mismo tiempo como la que nos está tocando atravesar.  «

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