Ninguno de nuestros abuelos hubiera sobrevivido en un país donde entraba todo importado y el trabajo local era una molestia.

Cuando un empresario habla desde su experiencia, merece una respuesta desde la historia. Yo no tengo una heladería, pero si tengo una memoria familiar. En esa memoria no hay helados, pero sí alpargatas.
En Tandil, sobre la calle Paz, mi bisabuelo Donaciano Arenas fundó una fábrica de calzado. Llegó en 1912, el mismo año en que cayó la Piedra Movediza, desde Cantabria, de donde no trajo capital, pero sí un oficio, llegando a un país que todavía entendía que la industria no era un costo, sino una herramienta de integración social.
Las alpargatas Arenas y Picapedrero no eran moda, estaban pensadas para los trabajadores de las canteras, para resistir jornadas largas de calor, polvo y piedra. Eso fue, y es, la industria nacional, que resolvía las necesidades concretas del pueblo.
Mi historia familiar no fue una excepción. Fue parte de una historia mucho más grande.
La historia de las alpargatas en la Argentina arranca en 1885 cuando nace la Fábrica Argentina de Alpargatas. Calzado barato, durable, hecho para trabajadores rurales, ferroviarios y obreros urbanos. La ola inmigratoria multiplicó la demanda. El país crecía con industria.
En el siglo XX, las alpargatas se volvieron el calzado del trabajador inmigrante y rural, transversal a las clases sociales. Peones y estancieros, chacareros y obreros.
Durante los primeros gobiernos de Perón, la producción total de calzado alcanzó los niveles más altos de la historia. Empezó a crecer el calzado de goma y caucho, más accesible para los sectores populares, democratizando el consumo.
El Estado jugó un papel importante: compras públicas, campañas contra la descalcez y salarios reales en alza. El mercado interno sostuvo a la industria cuando las exportaciones se retraían por causas externas, teniendo un efecto político: trabajo estable, calificación obrera y poder sindical. Algo que algunos nunca perdonaron.
En los años 60, la historia volvió a adelantarse. En 1962 nacieron las zapatillas Flecha de lona, puntera de PVC y producción en serie. Fueron el primer calzado deportivo masivo argentino, que usaba la juventud. Recordemos zapatillas Flecha, jeans oxford, guitarras y Sui Géneris.
En 1975 nació Topper, otra vez desde adentro, sin consultoras, como producto nacional pensado para competir en calidad.
Después vino la historia conocida. Apertura indiscriminada, primero con la dictadura, después con los 90. Extranjerización. Cierres. Plantas vaciadas. En los 90, Alpargatas perdió control nacional. En 2016, con Macri, llegaron las suspensiones y despidos masivos: Tucumán, San Luis, Catamarca, La Pampa. El argumento fue siempre el mismo: “no somos competitivos”. La realidad también: importaciones abiertas, consumo destruido.
Hoy, con Milei, el libreto vuelve a repetirse, pero sin anestesia. Apertura total, mercado interno deprimido, industria “que se tiene que reconfigurar”. Esa palabra, “reconfigurar”, suele ser elegante para decir “cerrar”.
Como dice Gustavo Campana, “la respuesta está en la historia”. Soy biznieto de vascos, que crecieron en un país que los protegió para poder hacer quesos y alpargatas. Ninguno de nuestros abuelos hubiera sobrevivido en un país donde entraba todo importado y el trabajo local era una molestia.
El helado que hoy vende Lucciano’s en sus franquicias de Miami, Orlando, Barcelona y Punta del Este, nació primero del consumo interno argentino. Nadie despega sin pista. Igual que sucedió con las alpargatas.
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Muy bueno el artículo, y gracias por la historia. Realidad mata relato, jajá! Estos advenedizos hacen creer al pueblo que con servicios e importados avanza el país, cuando en realidad es la industria la única capaz de dar bienestar a todos. Gracias nuevamente por la nota