Amistad

Por: Demián Verduga

De pronto tuvo una visión, una certeza de lo que quería para el resto de su vida: quería que ese momento durara para siempre.

A lo lejos, un rayo salió de las nubes grises y se incrustó en el agua turquesa del mar caribe. Empezó llover. Los turistas comenzaron a levantarse de las reposeras repartidas en la playa debajo de las palmeras, agarraron sus toallas, sus bolsos de mano, se taparon las cabezas y corrieron hacia el hotel.

Los cinco amigos habían llegado hacia pocos minutos y habían dejado las valijas en las habitaciones para ir hasta la playa. Estaban parados a la orilla del mar. El agua les cubría los pies y la lluvia les empapaba las remeras y el pelo. Cruzaron miradas entre ellos.

-¡Vamos al agua!- gritó Martín.

En ese momento los cinco tenían 50 años. Se habían hecho amigos 35 años antes, en el baño del Colegio Nacional Número 17 al que iban a fumar cigarrillos a escondidas en los recreos. Y hace más de 27 años que no se iban juntos de vacaciones, desde que habían comenzado a tener novias y estar en pareja. 

Martín se quitó la remera mojada, la arrojó a varios metros y corrió hacia dentro del mar. Se zambulló en una ola cubierta de pequeños agujeros formados por las gotas de la lluvia. Sacó la cabeza del agua y su pelo de rulos que parecen resortes se había estirado. 

Pablo lo miraba desde la orilla. Recordó la noche en que se habían quedado a dormir en una casa tomada en los alrededores del Abasto, cuando tenían 16 años. Fue después de haber bebido alcohol y fumado con una pareja conocida del barrio. Al despertar, habían visto a un hombre sentado en el balcón de la casa antigua con una damajuana de vino a su lado. El hombre cada tanto levantaba la damajuana y tomaba un trago largo. “Acaba de salir de la tumba”, había dicho uno de los habitantes de la casa tomada. A Martín le habían robado las zapatillas durante la noche y tuvo que salir caminando descalzo en medio del calor de enero, con el asfalto de la calle Agüero hirviendo por el sol.

Ahora Pablo vio que Diego corría a toda velocidad hacia dentro del mar. La panza se le movía arriba y abajo. Se zambulló en una ola. Sacó la cabeza del agua y quedó al lado de Martín.   

Pablo se acordó de la época en que Diego se había enamorado de Irina, una compañera del colegio. Ella entraba en crisis cada dos semanas. Le decía que no estaba segura de lo que sentía por él y que quería separarse. Hubo una noche en la que Pablo acompañó a Diego hasta la puerta del edificio en que vivía Irina, en la calle Medrano. El departamento estaba en un primer piso y la pieza de Irina daba a la calle. Esa noche Diego le había tirado pequeñas piedras contra el vidrio. Irina se asomó y de repente se enamoró de nuevo. Pablo había vuelto caminando solo. 

-Qué hacemos-escuchó. Era Claudio que estaba parado a su lado. Su barba candado se había aplastado por el agua de la lluvia.

Otro rayo salió de las nubes. Una ola rompió unos metros más allá. El agua creció y les cubrió las rodillas. Pablo respiró profundo y se concentró en sentir las gotas de la lluvia en los brazos y la cara.  

-Está subiendo la marea-dijo-. El agua está tibia.

Claudio empezó a caminar hacia dentro del mar. Cuando rompía una ola se ponía de espaldas para pasarla, luego se daba vuelta y seguía caminando. Llegó hasta donde estaban los otros. Los tres levantaron el brazo y luego hicieron un gesto agitando la mano para decirle a Pablo que se metiera.

Otro recuerdo. Pablo pensó en la época en que él y Claudio habían armado un grupo de heavy metal. Claudio tocaba la batería. Ensayaban en el cuarto de una casa antigua, en Floresta, rodeados de escobas que estaban puestas una al lado de la otra contra las paredes. El papá de Claudio tenía un depósito de productos de limpieza que compraba al mayoreo y vendía en los negocios del barrio. 

Unos pasos más atrás, en la playa, estaba Eugenio.

-¿Te vas a quedar acá?- dijo.

-Para nada. Sólo estoy mirando. Es hermoso todo esto. 

Eugenio corrió hacia dentro del mar. Se zambulló en una ola. Sacó la cabeza y se metió debajo de otra.

Pablo lo miraba. Apareció en sus pensamientos el recuerdo de la vez en que habían internado a Eugenio por una sobredosis y crisis de ansiedad. Pablo había ido a visitarlo con el resto de los amigos. La ventana de la habitación en la clínica daba al jardín que tenía el pasto bien cortado y un árbol con ramas largas. En ese momento tenían 23 años y parecía que la vida de Eugenio había entrado en un callejón sin salida. Luego se había reconstruido. Había estudiado medicina, se había recibido, se había especializado en cardiología y montado su consultorio.

Pablo pensó ahora en sí mismo. No vino a su cabeza una imagen de la adolescencia. Pensó en los últimos meses de su vida. Su madre había fallecido y después de eso el temor a la muerte se había apoderado de él. Había emergido en su interior una gran conciencia sobre la fragilidad de la vida.

Comenzó a caminar hacia dentro del mar. Una ola se formó a pocos pasos. Decidió barrenarla. La esperó y nadó para ponerse delante de la rompiente. La ola lo llevó casi hasta la orilla. Se puso de pie y corrió hacia dentro del mar. Se zambulló en una ola. Sacó la cabeza y vio que tenía otra delante. Volvió a zambullirse. Llegó hasta donde estaban sus amigos. Tocaba el fondo con los pies, pero prefirió flotar.

Dejó de llover. El mar se aquietó. Las olas se volvieron calmas. Pablo miró hacia la orilla. Un rayo de sol se reflejó en el agua turquesa.

Pablo tenía la sensación de que el mar se llevaba hacia la orilla los pensamientos que lo habían habitado los últimos meses. Estaba de nuevo de vacaciones con sus amigos, como cuando eran adolescentes. Tenía la sensación de que el tiempo había retrocedido y por lo tanto la muerte se había alejado. De pronto tuvo una visión, una certeza de lo que quería para el resto de su vida: quería que ese momento durara para siempre. «

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