Benjamín Netanyahu grita el propósito de la anexión total de Gaza. Sin decirlo taxativamente, refrenda la oprobiosa política de exterminio.

«Cuando quienes cuidan comienzan a desmayarse es porque toda la estructura humanitaria se derrumba. Ocurre hoy en Gaza (…) Cada día llegan cientos mensajes desesperados. Me avergüenzan y refuerzan mi impotencia», advierte desde las calles de Gaza, Philippe Lazzarini, de la Agencia de la ONU para refugiados. No sólo a él lo avergüenzan.
Pero la locura no se detiene. Ante las fotos y testimonios de destrozos, de los pibes huesudos, de las voces atormentadas, el propio Benjamín Netanyahu grita el propósito de la anexión total de Gaza. Sin decirlo taxativamente, refrenda la oprobiosa política de exterminio.
Ese grito rebota en el mundo, pero nunca como en la Franja. Por caso, en el barrio Mashrou Amer, noroeste de la ciudad de Gaza. El Shiba hospital sobresale sobre la destrozada calle Abu Baker Al-Razi. Las ambulancias hacen malabares para acceder. Las carpas humanitarias se acumulan en sus alrededores sobre las piedras en las que las bombas convirtieron los edificios próximos. El sol entibia el drama. Llega la brisa del Mediterraneo, a sólo unos 400 metros. Sobre la costanera Al Rashid se acumulan los campamentos de la prensa y los organismos. Allí está Nadosha Jawad: era productora de cine antes de la guerra. Ahora, con sus 31 años, se alarma: «La decisión de Netanyahu es terrorífica. Si se lleva a cabo, será más difícil que los dos años de guerra ya vividos». Lo mismo que Maysoun Awad, quien desde el norte de la Franja deambula por el campo de refugiados de Nuseirat con sus cinco hijas desde que un bombardeo barrió su casa del barrio Jabalia. En charla con un enviado de una agencia de noticias, responde agobiada pero punzante: «Ocupar la Franja, desalojar a su gente significa desplazar a más de un millón de familias sin refugio y carentes de las necesidades humanas más básicas. Significa pérdida de tierra; desplazamiento; enfermedades; una vida inhumana. Significa muerte”.
Cerca de allí, Reema Mahmoud, con 34 años, resigna una confesión: “En Gaza ya lo perdimos todo y la vida no tiene sentido”.
No sólo por semejantes testimonios, a esta altura cabe preguntarse hasta qué punto importa el análisis geopolítico y periodístico sobre cómo los gurkas ultraderechistas del gobierno israelí imponen su postura teocrática o cuán real o ficcional es la actitud opositora de Eyal Zamir, jefe del Estado Mayor desde marzo pasado, quien adquirió notoriedad por haber manifestado su oposición al plan de dominio absoluto del mandatario israelí, aunque llegó a la cúspide militar de su mano y hace horas aceptó que de última obedecerá el mandato con ahínco. Hipócrita, fantoche, títere de los monstruos que gobiernan, allá él… Tampoco parece tener peso suficiente la oposición interna, los grupos que en Tel Aviv se manifiestan contra la guerra, políticos que lo hacen ante los micrófonos, sectores gremiales que ladran más que muerden.
Esa postura del gobierno israelí representa la eliminación de los rehenes de uno y otro lado: de inmediato, así lo consideró Hamas. Qué son un par de decenas de muertos más, si ya los cadáveres se cuentan de a miles. Víctimas fatales no sólo deberían considerarse a los fallecidos, que ya superan los 62 mil desde el fatídico 7 de octubre del 2023. Quién puede negar que los rehenes no son sino el subterfugio falso que utiliza «Bibi» para ejecutar su genocidio.
¿Cómo detener semejante calamidad es la pregunta? El mundo clama, decíamos hace una semana en estas páginas. Y sigue implorando. La presión internacional se torna vana. Pero así como no es el único exterminio en el planeta (véase sino la nota que esta reflexión acompaña), el holocausto en Gaza está lejos de ser detenido hasta que la bestia concluya con su obra de tierra arrasada.
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