Cientos de miles de manifestantes salieron a las calles para conmemorar los 155 años de la abolición de la esclavitud en EE UU.

Mientras en todo el territorio se vienen demoliendo emblemas del racismo persistente en las capas más profundas de la población, muchos distritos están estudiando la reconversión de las fuerzas policiales para adecuarlas a otros paradigmas. La fiebre antiesclavista llegó a la destrucción de estatuas de Cristóbal Colón, de generales confederados y de la bandera sureña de edificios públicos y a la propuesta de cambiar los nombres de bases militares. La demócrata Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, ordenó retirar los cuadros de cuatro de sus predecesores en el cargo alineados con la Confederación en la guerra civil.
El ancestral reclamo antirracista llegó a la ONU, donde 54 naciones africanas pidieron que el Consejo de Derechos Humanos investigue la violencia racial en EE UU. Fue como consecuencia de una carta de familiares de George Floyd, Breonna Taylor, Philando Castile y Michael Brown, las últimas víctimas que trascendieron a los medios de comunicación. “La relatora especial sobre Racismo, Tendayi Achiume, pidió una Comisión de Investigación Independiente, con la autoridad necesaria para investigar el racismo en el uso de la fuerza en Estados Unidos”, reseña un trabajo de Camila Barretto Maia y Gastón Chillier, del Cels, disponible en www.tiempoar.com.ar.
Ayer, y en vista de que el problema del racismo promete influir en su campaña electoral, el presidente Donald Trump organizó un acto en Tulsa, Oklahoma. Fiel a su estilo desafiante, el presidente publicó en su cuenta de Twitter que “manifestantes, anarquistas, agitadores, saqueadores y delincuentes” no serán recibidos amablemente si intentan boicotear el mitin.
No parecía el mejor lugar para hacer un acto justo este sábado. Allí en Tulsa, hace 99 años, una turba de blancos masacró a pobladores negros, destruyeron y saquearon sus viviendas y asesinaron a unas 300 personas tras un incidente entre un limpiabotas afroestadounidense y una operadora de ascensor blanca. Fue en la noche del 31 de mayo al 1 de junio de 1921 y las autoridades culparon de los bárbaros desmanes a las víctimas. Hubo más de 5000 detenidos y las 35 manzanas del barrio Greenwood quedaron reducidas a escombros. Recién en 1996 una comisión investigó los hechos y demostró la responsabilidad de las autoridades blancas en la matanza y el ocultamiento.
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