La Argentina del hambre

Por: Andrea Reyes

Comedores y merenderos de todo el país relatan a Tiempo sus realidades. La demanda creció el doble pero el Gobierno profundiza los recortes. El sostén de la organización territorial y el cambio de perfil en la demanda. Y un fenómeno que crece ante una sociedad que mira para otro lado: "Acá la gente está comiendo de la basura".

Argentina, el país de las vacas, los campos y las siembras, es también el país del hambre. Mientras los precios de los alimentos siguen escalando y el ajuste social excluye del sistema a cada vez más personas, la crisis alimentaria se expresa hoy de manera federal. En este contexto, los comedores comunitarios se convirtieron en un termómetro sensible de un malestar que atraviesa territorios, generaciones y realidades sociales distintas, en medio de ataques oficiales y recortes del Gobierno en políticas alimentarias que prometen ser aún peores en 2026.

Tiempo habló con comedores y merenderos de norte a sur del país. Sus voces permiten recorrer la Argentina del Hambre. En todos ellos la demanda crece al mismo tiempo que se reducen los días de atención, las raciones y el apoyo del Estado.

Miriam Morales, del Comedor «Manantial de Vida» (Corrientes Capital)

En Posadas, Misiones, está Gionnatan Borboy, coordinador de la Red Alimentar y asesor de la Red de Cocineras Comunitarias. Cuenta que de los 54 comedores relevados en barrios populares de la ciudad, solo un 15% recibe apoyo de Nación. La consecuencia es inmediata: “Hubo una merma impresionante. Antes cocinaban tres veces por semana, hoy lo están reduciendo a una vez”. ¿Qué comen los que ya no tienen qué comer?

A pocas cuadras, Miriam Morales, cocinera del comedor y merendero “Manantial de Vida”, explica que la situación se agravó durante 2025, también con recortes de la Gobernación de Misiones: “Hoy día nos alcanza para cocinar una vez por semana”.

“No puedo decirles que no

La demanda en la mayoría de los comedores consultados se duplicó. Pero los recursos son cada vez menos. El presupuesto 2026 prevé $ 67.104 millones para Políticas Alimentarias: una reducción del 15,8% frente a los $ 79.700 millones que se destinó a los comedores en 2025. Todo con una inflación de alimentos que viene superando el 3% los últimos meses.

En enero la Justicia habilitó la feria para tratar un pedido del CELS y UTEP, que reclaman que no se interrumpa el proceso de relevamiento e inclusión de comedores en el plan Alimentar Comunidad. La primera respuesta del Ministerio de Capital Humano fue oponerse. Ya en julio de 2025 la cartera de Sandra Pettovello había anunciado el cierre del Registro Nacional de Comedores y Merenderos Comunitarios. Y en septiembre el Gobierno reconoció que nunca existió la auditoría de los comedores con la que justificaron el quite de fondos.

Red Cocineras Comunitarias Misiones

En Jujuy, la falta de recursos obligó a suspender la atención en distintos momentos del año. Delia Eugenia Vargas, del merendero “A Pulmón”, en San Salvador, relata que durante la pandemia llegaron a asistir a unas 350 personas, «pero hoy intentamos sostener a cerca de 190 para no desbordarnos». En 2025 debieron parar cinco veces: «Fue porque no teníamos mercadería para realizar la merienda o el almuerzo”.

En Corrientes capital, Emilce Villalba sostiene el merendero “Pancitas Llenas” al que asisten 200 personas. Los fines de semana, el espacio recibe desde niños hasta adultos mayores que “vienen a buscar la comida y la leche”, muchas veces provenientes de otros barrios. “No puedo decirles que no, porque no quiero que los chicos de mi barrio sufran lo que yo pasé”, explica.

“Viene gente de clase media”

En Chaco, la crisis adquiere un carácter extremo. Gladis Favretto, dirigente de la Corriente Clasista Combativa (CCC), describe una situación de emergencia social profunda en barrios del Gran Resistencia, donde los comedores de la ONG “Amas de Casa Chaqueñas” funcionan de lunes a viernes y no rechazan a nadie.

“Acá las comunidades están comiendo de la basura”, relata. La escena se vuelve todavía más cruda cuando detalla que “se ven abuelas y niños originarios esperando el camión de la basura”, en una provincia atravesada por el ajuste de pensiones, asignaciones familiares y programas sociales. En ese contexto, advierte: “No hay un anuncio que diga que va a favorecer al pueblo”.

Cientos de personas pidiendo comida en Chaco.

En el Conurbano Bonaerense, la demanda también cambió de perfil. Gladys Dieguez, del comedor “Pancitas Alegres”, en Wilde, Avellaneda, señala que en las crisis más profundas comienzan a acercarse otros sectores sociales. “Han llegado a venir gente de clase media, porque laburando y todo, no les alcanza”.

Al extremo sur, en Río Grande, Tierra del Fuego, Ingrid Paola Olortegui Bulnes, del comedor “Victoria Milagro”, expone una dimensión menos visible pero igual de alarmante: “La gente ya no pregunta si va a comer; están asustados, sin esperanzas”. Y denuncia represalias institucionales: “Al reclamar una calle y una garita, nos recortaron la mercadería”.

“El que más ayuda es el que menos tiene”

No solo crece la demanda en todo el país: también se profundizan las dificultades para sostener comedores y merenderos. A la merma de alimentos se añade el retiro del Estado nacional, el aumento de los costos de funcionamiento y una sobrecarga cotidiana que obliga a quienes bancan estos espacios a desplegar estrategias de emergencia. La organización territorial surge como el principal sostén.

Vargas resume esa tensión diaria: “Tenemos las manos para hacer, pero a veces la falta de mercadería nos lo impide”. Cuando el merendero debió suspender la atención, el impacto fue inmediato. “Venían los niños y los abuelos y nos preguntaban: ‘¿Hay merienda, hay comida?’. Es muy difícil decirles: ‘No, no hay’’”.

Gladys Dieguez, del Comedor «Pancitas Alegres» (Wilde, Avellaneda)

En Corrientes, Villalba sostiene su espacio casi exclusivamente con donaciones del propio territorio. La estrategia pasa por pedir lo indispensable –pan, aceite, sal– y apoyarse en una red comunitaria frágil pero persistente, donde son los más vulnerables quienes más apoyan, en un país cada vez más desigual y desintegrado: “El que menos tiene es el que más me está ayudando”.

La situación se vuelve aún más crítica en Chaco, con una gestión provincial afín a la nacional. Allí, Favretto explica que el retiro de programas y recursos profundizó la dificultad para sostener ollas populares. La respuesta fue reforzar la organización colectiva: “Algo tenemos que hacer porque el hambre crece”. En el Impenetrable, alcanzan cifras extremas: “En una olla dimos 2500 raciones”.

“¿Hasta cuándo?”

A nivel país la vida es un Excel. Pero en los barrios, la crisis alimentaria no se cuenta en números sino en escenas repetidas: la espera frente al comedor, la olla que no alcanza y la ausencia del Estado. El calor espeso en verano, el frío crudo en invierno. Todo por algo básico: comer. El impacto más brutal aparece en la infancia. Emilce Villalba lo dice sin rodeos: “Lo más esencial es que los niños tengan todos los días su leche”.

En Chaco, Favretto describe mañanas atravesadas por la escasez: “A las nueve de la mañana hay niños, preadolescentes, mamás, sentaditos esperando para poder llevarse un plato de comida”. Y se pregunta: “¿Hasta cuándo vamos a vivir así?”.

Milei y Pettovello

Pero el impacto del Estado ausente no se limita al hambre. También se expresa en la negación y la estigmatización de quienes sostienen estos espacios, siempre hablando de “auditorías” (igual que con las universidades) que después no se concretan. Desde Posadas, Morales desafía al discurso oficial: “Yo soy una persona existente, el comedor existe. Que vengan a ver la situación en la que nosotros estamos”.

Esa ausencia habilita además otras violencias. Desde la capital misionera, Borboy señala que comienzan a aparecer “otro tipo de problemáticas”. Entre las consecuencias más alarmantes, remarca el incremento del consumo problemático y el aumento de los suicidios.

Ese deterioro social también atraviesa a los más pequeños. Gladys Dieguez advierte: “El flagelo más grande que hay hoy en nuestro comedor son los chicos abandonados por los padres que consumen”.

Delia Vargas, Merendero «A Pulmón» (San Salvador de Jujuy)

Frente a este escenario, las distintas voces insisten en no bajar los brazos y en sostener redes de apoyo, apelando tanto a la responsabilidad del Estado como al conjunto de la sociedad. En Tierra del Fuego, Paola Bulnes llama a recuperar la sensibilidad colectiva: “Tenemos que estar más unidos que nunca, ser más humanos, porque estamos perdiendo esa compasión por nuestros seres queridos”.

Desde Jujuy, Delia Vargas insiste en la necesidad de volver a mirar al otro: “A veces, las personas viven su mundo. Nosotros trabajamos para que la sociedad cambie un poquito en la manera de ser”. «

«Viene gente que nunca había pisado un comedor»

Según un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA), desde 2023 la caída de los ingresos en un proceso inflacionario sostenido derivó en “un ajuste recesivo” que profundizó las “privaciones monetarias de los hogares”. En ese contexto, “el 35,5% de los niños, niñas y adolescentes en el país atravesó inseguridad alimentaria en 2024, y el 16,5% experimentó su forma más severa”. De acuerdo con la ONU, esta condición se da cuando una persona no tiene “acceso regular a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para llevar una vida activa y saludable”.
La UCA señala además que si bien históricamente los peores indicadores se concentraron en el AMBA, en 2024 “la brecha se cierra por un empeoramiento del interior del país”. A las dificultades para garantizar alimentos se suman los costos estructurales. En “Manantial de Vida”, de Posadas, no tienen subsidio para la luz, el agua, el gas ni el combustible. “No tenemos nada”, resume Miriam. Y marca un cambio en el perfil de quienes se acercan: “Hoy tengo familias que hacen changas, que trabajan, pero no llegan”.
Gionnatan Borboy advierte que muchas familias llegan cuando ya no queda otra opción. “Hoy están en el horno. Nos encontramos con gente que nunca antes había pisado un comedor”.
Desde Tierra del Fuego, Bulnes alerta sobre nuevas consecuencias de la crisis alimentaria: “La desnutrición ya no la vemos solo en los niños, la vemos en gente grande. Un plato de comida ya no alcanza”.
El contraste aparece en el conurbano bonaerense. En Avellaneda, Dieguez explica que el respaldo municipal permite garantizar el funcionamiento cotidiano de los comedores. “Es el oasis que necesitamos”, afirma. Aunque advierte sobre un clima social inquietante: “La gente está como adormecida”.

Foto: Pedro Pérez
Jorge Macri – Juan Grabois

En medio de situaciones inhumanas y ajuste brutal, los comedores deben además lidiar con ataques del Gobierno nacional con acusaciones nunca probadas. Y también en CABA, donde esta semana Jorge Macri salió a apuntar a Juan Grabois y habló de «40 comedores fantasma», justificando recortes. El líder social y diputado nacional retrucó: «Es un garca, lo vamos a hacer papilla en Tribunales. Quieren tapar el aumento sideral de gente en situación de calle».

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