Banksy, el artista proletario que convirtió las calles en museos a cielo abierto

Por: Juan Pablo Cinelli

El libro "Esto no es un manual de recursos para las putas agencias de publicidad" pone en valor el carácter revulsivo de una figura que, en la era de la sobrexposición, abrazó el anonimato como estadarte.

“En el futuro todos serán famosos por 15 minutos”. Esta frase, cuya autoría suele ser atribuída a Andy Warhol, quien la habría lanzado durante una entrevista a fines de la década de 1960 -aunque su verdadero origen parece ser muy anterior-, es en realidad una profecía. Nadie le puede negar a Warhol la lucidez de utilizarla para anunciar un futuro probable, aunque es imposible saber si él mismo era capaz de imaginar su inminencia. Hoy las redes sociales y la lógica de la comunicación digital hacen que cualquiera pueda disfrutar de ese cuarto de hora de reconocimiento efímero que conceden los algoritmos.

Curiosamente, en esta época de exposición desmesurada, donde la vida de prácticamente todos es exhibida en modo reality show a través de una ubicua red de pantallas, todavía quedan personas que reivindican el anonimato. Quizás el caso más notorio es el del artista plástico británico Banksy, cuya identidad fue hasta hace poco una incógnita, a pesar de que su notable obra como grafitero le valió un reconocimiento mundial.

Lo que distingue el trabajo artístico de Bansky es, por un lado, la utilización del espacio público como lienzo inagotable para emplazar sus obras, en las que se combinan el grafiti y el esténcil, entre otras técnicas. Una práctica reñida con la ley no solo en las naciones que conforman el Reino Unido, sino en casi todo el mundo. Alcanza con recordar la polémica que desataron las pintadas en el Cabildo y otros edificios públicos durante la marcha por la muerte de Santiago Maldonado, el 1° de agosto de 2018. Las penas por vandalismo son un motivo más que válido para que Banksy protegiera su identidad bajo la máscara del seudónimo.

El arte para todos de Banksy

El otro rasgo que comparten sus trabajos es la intensión rabiosamente política que los acercan a la tradición anarquista, tanto a los enfoques clásicos como a las encarnaciones surgidas de las entrañas del punk más radical a finales de la década de 1970, a través de agrupaciones activistas como el colectivo británico Dial House, cuya expresión más visible era la banda Crass.

Esos mismos son los ejes que articulan el libro Esto no es un manual de recursos para las putas agencias de publicidad, publicado por La Marca Editora, cuyas 200 páginas reúnen reproducciones de las obras más emblemáticas de Banksy. Junto a ellas, el volumen incluye una serie de textos atribuídos al artista, aunque en el prólogo se aclara que, debido justamente a su naturaleza clandestina, es imposible confirmar si todos ellos realmente le pertenecen.

Sin embargo, la homogeneidad tanto estilística como ideológica que los atraviesa, sumada a la mirada crítica con la que Banksy aborda conceptos como los de autoría o propiedad, hacen que ese detalle se vuelva por completo irrelevante. Algunos de esos textos fueron tomados de su obra callejera, mientras que otros formaron parte de exposiciones realizadas en instituciones prestigiosas y museos, pero cuyos orígenes el libro elige no identificar, respetando el espíritu anónimo, iconoclasta y proletario de su autor.

Pero también hay una serie de anécdotas, en las que el propio Banksy se refiere a las distintas facetas que involucran su forma de trabajar, que incluye no solo el vandalismo, sino la intrusión y técnicas llamadas de “guerrilla”, con las que el artista toma por asalto los espacios públicos. Eso hace que el libro tenga además unos cuantos ejes temáticos, que revelan algunos de los intereses y preocupaciones que atraviesan su obra. Algunos de ellos dejan bien claro cuáles son sus principales enemigos: la policía y las agencias de publicidad.

Los primeros, porque son los encargados de aplicar una ley dedicada a custodiar el concepto ideológico de la propiedad privada. Las segundas, porque contra ellas compite en la apropiación de lo público como ventanas de expresión, en la que lo mercantil es percibido como lo opuesto del arte. En sus obras Banksy también deja claras sus simpatías, como por ejemplo la que lo une a las ratas, con las que comparte el ecosistema callejero y la necesidad de transitarlo al amparo de las sombras. No deja de ser significativo que en la lengua inglesa la palabra “rata” sea un anagrama de “arte”, un detalle casi naif que ayuda a completar el perfil de un personaje único.

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