Boca no gana: pierde, empata y, mucho peor, pierde cuando incluso gana

Por: Roberto Parrottino

En el 1-1 con Racing por la cuarta fecha del Clausura, el equipo de Russo llegó a su peor racha histórica: 12 partidos sin ganar en los 90 minutos. Más que a construir juego, jugó a buscar el triunfo, muy poco para la exigencia del club.

En parte por el sentido común que se construye minuto a minuto en las esferas del poder invisible –y no sólo a partir y a través de los medios, y no sólo por los tejes y manejes del macrismo, sino también por el rating y el odio racista–; en otra medida por la manipulable, descontextualiza y sosa estadística; y, desde luego, por los errores no forzados del club que va contra todos, el partido entre Boca y Racing por la cuarta fecha del Clausura se transformó, según todo ese armado, en una final, en un quiebre, en un antes y un después, en el apocalipsis.

Boca empató 1–1 con Racing en la Bombonera, mereció más –el partido terminó con un tiro libre calcado al del gol del empate de cabeza de Milton Giménez– y recibió más aplausos que silbidos. Sucede que este Boca 2025 pierde hasta cuando gana el partido (Alianza Lima) y hasta cuando empata (Auckland City). Le cuesta horrores salir de la espiral derrotista. El domingo próximo enfrentará a Independiente Rivadavia en Mendoza en búsqueda de romper la mala racha (de 12 partidos en 90 minutos, de 9 en partidos–partidos con penales).

El Boca de Miguel Ángel Russo ante Racing, este sábado, copió al Boca de Miguel Ángel Russo campeón Superliga 2019/20, la que le ganó a River en la última fecha. Con dos extremos, un mediocampista adelantado y otro asentado en la base en el ecuador. El retrasado fue Leandro Paredes, que, en un par de contraataques de Racing, le vio el número a los rivales en el retroceso, un síntoma de que había fallas generales. Paredes las suplió desde las ejecuciones con el pie derecho dorado, como en el tiro libre del gol de Giménez.

Boca, en concreto, apostó al palo por palo. Jugó a ganar el partido que no podía perder –se pueden perder todos los partidos–, pero sólo a eso: a ganar. No intentó construir juego, darle sentidos a la circulación de la pelota, orientar combinaciones –jugar bien– para ganar. Dividió la pelota tirándola lo más lejos posible de su arco, y a empujar. Es poco para un equipo que tiene más de lo que expone. Y sí: es casi nada para la exigencia histórica de un club como Boca.

En un minuto de un partido de fútbol cualquiera cabe una infinidad de alternativas de juego, una posibilidad incalculable de nodos entre los jugadores. Pero el fútbol, más que de contacto, es un deporte de contagio. Cuando la cosa no sale, no sale. Miguel Merentiel, el hombre que venció al ciclópeo alemán Manuel Neuer, no pudo en dos mano a mano con Facundo Cambeses, de labor destacada (no así Agustín Marchesín, el arquero de Boca, quedado en el centro que derivó en el gol de Santiago Solari).

A los 35 minutos del primer tiempo, el partido aún sin goles, Edinson Cavani intentó sacar una segunda pelota afuera de la cancha para que el arquero de Racing reanudase el juego. Se quedó corto. Después, aunque en revisable posición adelantada, erró en la definición, como ante Alianza Lima, casi debajo del mismo arco, el que da al Riachuelo. Se retiró silbado en el cambio por Giménez. Boca se acostumbró a que no le salgan. Y no le sale ninguna. ¿Cómo se reencauza a un equipo para que les salgan más seguido, más allá de los entrenamientos y los planteamientos? Es el misterio del fútbol. Nadie –ni siquiera un tuitero sabelotodo, por suerte– lo puede develar.

El tercer ciclo de Russo –último DT en ganar la Copa Libertadores, en el lejano 2007– no conoce la victoria en ocho partidos. Y ya carga con dos eliminaciones en el lomo (la lógica en el Mundial de Clubes y la menos lógica ante Atlético Tucumán en Copa Argentina). Hoy, ya, ya, Boca está afuera de los octavos de final del Clausura y clasificado a la Libertadores 2026. Faltan 12 fechas de la fase de grupos. ¿Habrá cambios?

En el Apertura 2008, Boca le ganó 2–1 a Racing en la Bombonera con goles de Juan Román Riquelme, el primero de penal y el segundo de volea (el arquero era Pablo Migliore). El segundo se lo dedicó a un hincha que había insultado al equipo, lo que había despertado discusiones en la platea de arriba de los bancos de suplentes. Boca luchaba por el torneo (al final, se consagró campeón en un triangular). “Cambia mucho, ¿no? Cuando Boca hace un partido muy malo, se habla mucho. Cuando Boca gana un partido, dan todo por hecho”, dijo Riquelme después de aquel partido.

En 2025, Boca no gana: pierde, empata y, mucho peor, pierde cuando incluso gana.

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