Los ataques del 3 de enero en Venezuela destruyeron parte del edificio del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). Un golpe a la autonomía, la autodeterminación y la soberanía científico-tecnológica.

Este instituto científico creado en 1955, se ubica en Altos de Pipe, en las afueras de Caracas, y está compuesto por distintos centros de investigación de diversas disciplinas del conocimiento. Allí se produce ciencia de muy alta calidad, trabajan y se forman investigadores -muchos opositores a la revolución-, que vienen sufriendo y sorteando las consecuencias del bloqueo para conseguir insumos y materiales de producción.
Pero este 3 de enero, en el IVIC impactaron dos misiles, que destruyeron infraestructura clave, entre ella, las antenas del Centro de Estudios de Matemática y los generadores eléctricos. Para quienes producimos conocimiento científico en Sudamérica es difícil imaginar el impacto de bombas sobre nuestros laboratorios, aulas y oficinas; solo pensarlo produce un escalofrío inmenso y desasosiego ante la posibilidad -ahora cierta- de que la profunda decadencia del imperialismo norteamericano bombardee nuestros lugares de trabajo, nuestros insumos, nuestra producción.
Los bombardeos a Venezuela tienen múltiples sentidos, además de los más inmediatos y explícitos que Trump, sin pudor, mencionó directamente: destruir la Revolución Bolivariana y apropiarse del petróleo venezolano. Los otros múltiples mensajes incluyen objetivos de disciplinamiento social a través del terror y del trauma social, junto con evidenciar y ostentar el poderío militar estadounidense. Asimismo, pretenden dar una señal muy concreta respecto de la autonomía, la autodeterminación y la soberanía científico-tecnológica.
La vocación imperialista de poner en jaque nuestro desarrollo científico también se siente en nuestro país, en dos años de gobierno libertario. Un bombardeo de políticas destructivas. Primero, intentaron desprestigiarnos y despidieron trabajadores. Produjeron un estropicio institucional, cerrando áreas, abriendo nuevas y modificando funciones, en el afán por configurar una nueva estructura estatal, no más pequeña, sino más orientada a negocios. Además, redujeron estrepitosamente los salarios, empujándonos a pluriemplearnos, renunciar, trabajar de otra cosa o irnos del país. Ajustaron de forma casi absoluta el financiamiento para producir ciencia y tecnología y pusieron a la venta el patrimonio público, -como en el caso de los edificios o campos del INTA y la búsqueda de privatización de las Centrales Nucleares y de la minería de uranio-. Y se proponen avanzar con el plan SACAU para las Universidades Públicas, que destruye derechos laborales, achica carreras de grado y mercantiliza la universidad.
Para el poder imperial, la dependencia y subordinación se ejerce en todos los terrenos, pero sobre todo en impedir la capacidad soberana del pueblo de decidir qué, cuánto y cómo producir. Para eso existen nuestros sistemas científicos, para mejorar la vida, romper la dependencia tecnológica y construir ciencia para la igualdad, la justicia y la paz.
Estos ataques son una bisagra, pues ponen en cuestión los parámetros éticos de concepción de la humanidad. A los y las trabajadoras del sector de ciencia de América Latina y el Caribe hoy nos toca la tarea de defender y fortalecer nuestras capacidades científicas, recuperando el histórico sentido antimperialista y asumiendo un rol activo solidario con la Revolución Bolivariana.
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