“Curso de Literatura argentina” reúne las clases dictadas entre enero y marzo de 1976 en los Estados Unidos. El libro, editado por Sudamericana, cuenta con la curaduría del estudioso borgeano Nicolás Helft y muestra una de las muchas facetas de Borges: la del hombre que contagia su propio fervor literario.

Libros que han alcanzado –tal vez en unas pocas páginas– la magia que sólo la literatura es capaz de conjurar. Invitado por Donald Yates, el autor de El Aleph impartió entre enero y marzo de 1976 en la Universidad de Michigan este –inédito hasta hoy– Curso de Literatura argentina, publicado por Sudamericana y curado por el estudioso borgeano Nicolás Helft.
Desentendido de toda intención profesoral o paternalista, Borges –como el célebre conferencista en que supo convertirse a partir de los años sesenta– expone una historia enhebrada tanto por las propias lecturas, claro, como por la tradición oral y los relatos –orales también– provistos constantemente por su familia y allegados.
Lejos de cualquier rigurosidad formal o de la aplicación de categorías, a Borges le basta el placer personal y su admirable memoria para recitar y deleitarse con versos y estrofas de los autores seleccionados.
De hecho, explicita al final de una de las clases que no requiere –independientemente de su ceguera– de apuntes, hojas o libros. Sólo en alguien con Borges una expresión de esta naturaleza carece de afectación o soberbia; la lectura fue para él, sin dudas, la forma más elevada de vida.
En cuanto a los autores que encierra este curso, poco hay de novedad. Y se entiende: Borges intenta dar un pantallazo general por ejes insoslayables del siglo XIX y comienzos del XX.
Luego de una introducción histórica que parte de la Conquista hasta llegar al primer Centenario del país, afloran las obras y los nombres: Sarmiento, Ascasubi, Groussac (la elección más polémica y arbitraria), José Hernández, Almafuerte, Lugones y Guiraldes. Borges comenta aspectos de la vida de los escritores para avanzar luego en los méritos de las obras en general y de los versos en particular.
Aunque, como suele decirse, hay que andarse con cuidado con los elogios borgeanos. Así, Georgie no duda en hablar de Almafuerte como un hombre de genio; y no sólo de genio, sino de un auténtico santo que profesa un cristianismo superador del propio Cristo; un poeta capaz de alcanzar un vigor inusitado, una vivacidad pocas veces vista en la poesía. “Yo no he leído nada parecido a Almafuerte en ningún idioma, y no creo que exista.”
Para concluir: “Y eso que era un hombre casi analfabeto”. Y al querer rescatar a Groussac se dedica menos a los textos que a su vida amargada y resentida. A diferencia de Kipling, de Hernández, de Estanislao del Campo, cuyos nombres se asocian fundamentalmente con una obra capital, “Groussac fue dispersándose en muchos libros, y no hay un libro que pueda mostrarse. Es decir, en Groussac, lo importante es el ejemplo”.
Al ser Borges quien dicta un curso de esta naturaleza, más allá del análisis estricto de las obras son los comentarios y las anécdotas que refiere –con la condensación, la economía, la gracia y la malicia reconocibles también en su prosa– los que se llevan las instancias más jugosas de las charlas. Vale recordar, por caso, su encuentro con los familiares de José Hernández.
Los mismos le aseguraban que, como espiritistas que eran, el autor del Martín Fierro les había dictado, desde el más allá, una tercera parte del célebre poema; parte a la que, claro, nuestro conferencista no pudo tener acceso. “Caramba” –suelta ante el público– “¡cuántas cosas hubiera podido resolver!: el problema de la inmortalidad del alma, que tanto preocupó a Sócrates y a todos los hombres”.
En simultáneo, la agudeza de sus lecturas aflora constantemente. Al analizar la crítica que recibiera Hernández por haber omitido cualquier información sobre el pasado de Martín Fierro, Borges entiende que si el personaje ha nacido de padres desconocidos, la idea obedece tanto al abrazo de una generalidad (el gaucho, todos los gauchos) como al hecho de que la infancia, por lo menos hasta Dickens, no resulta, finalmente, un tema literario.
De cualquier manera, si algo enseña Borges, o mejor, si algo se desprende de sus charlas, es el palpable regocijo de una persona cuyo hábitat natural es la literatura.
Antes del cierre de la clase sobre Sarmiento, pide a uno de los alumnos que lea “Barranca Yaco”, el capítulo del Facundo sobre la muerte de Quiroga. “Puede ser una experiencia muy linda que lo leyéramos en voz alta.” –asegura– “Yo querría gozar de él, hace tantos años que no [lo] oigo, lo pido como un favor personal”.
A este Borges profesor –como al otro– le gustan las etimologías y la prosa de Stevenson; como siempre, redunda también en tropelías históricas y políticas y profiere algunas ideas geniales con, paradójicamente, la claridad del más eximio de los divulgadores. Este Borges profesor y conferencista se suma en verdad a una heterogénea galería de Borges: el lector, el cuentista, el bibliotecario, el joven vanguardista, el poeta, el antiperonista, el ciego. Genio plural, el más universal de los escritores argentinos pertenece sin embargo, en este momento de la historia, a la tradición y al lenguaje.
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Muy lindo artículo, y muy cierto. Los que tratamos a Georgie, y conocimos sus gustos, lo sabemos. Gracias Nicolás!