Brasil sufre el racismo y visita Argentina entre amenazas: ¿deja de jugar en Sudamérica?

Por: Roberto Parrottino

La presidenta de Palmeiras planteó que los clubes brasileños se pasen a la Concacaf ante las repetidas expresiones de discriminación que sufren en Sudamérica. “Sería como Tarzán sin Chita, imposible”, respondió el titular de la Conmebol, el paraguayo Alejandro Domínguez.

El lunes 17 de marzo, en su discurso previo al sorteo de la Copa Libertadores y la Sudamericana en Paraguay, Alejandro Domínguez, presidente de la Conmebol, dijo en un forzado portugués: “El racismo es un flagelo que no tiene origen en el fútbol. Tiene origen en las sociedades y afecta al fútbol. La Conmebol es sensible a esas realidades. Aplica sanciones y todo lo que tenga a su alcance, pero no es suficiente. Decidimos convocar a autoridades de países de todo el continente y a asociaciones miembro para combatir el racismo”. Minutos más tarde, en la zona mixta, un periodista le preguntó a Domínguez si imaginaba una Libertadores sin clubes brasileños. “Eso sería -respondió el paraguayo- como Tarzán sin Chita, imposible”.

Primer superhéroe de ficción, creado por el escritor estadounidense Edgar Rice Burroughs, Tarzán (“piel blanca”, según autodefinió Burroughs), apareció en la novela Tarzán de los monos en 1912. Se presentaba como un “asesino de bestias y de muchos negros”. “Chita” fue el nombre del chimpancé que el cine sumó a las películas de Tarzán. En la lógica de Domínguez, si la Conmebol que organiza la Libertadores es “Tarzán”, los clubes brasileños son “los monos”. Dieciséis clubes brasileños nucleados en el bloque Libra publicaron un comunicado en repudio a la “analogía racista” de Domínguez (a excepción de Flamengo, el club del que salió Vinícius Júnior). São Paulo le exige pérdida de puntos y eliminación en casos de racismo a la Conmebol y a la FIFA.

Brasil enfrentará este martes a Argentina por la fecha 14 de las Eliminatorias al Mundial de Estados Unidos-Canadá-México 2026 (desde las 21 en el Monumental). Los episodios de racismo en el fútbol brasileño aumentaron casi un 40% en 2023, según el último reporte del Observatorio de Discriminación Racial en el Fútbol. Hubo dos casos en el Brasil 0-Argentina 1 del 21 de noviembre de 2023 por Eliminatorias en el Maracaná, el partido en el que la Policía carioca reprimió a los hinchas argentinos. Y 22 registrados en la Libertadores y la Sudamericana 2023: nueve en estadios brasileños y trece fuera de Brasil (con cinco, Argentina “lidera” la tabla de casos de racismo sufridos por brasileños fuera de su país, y con cuatro, segundo, se posiciona Paraguay). Once de los 26 episodios racistas detectados fuera de Brasil tuvieron como víctima a Vinícius, el delantero del Real Madrid y de la selección. “No soy víctima del racismo. Soy el tormento de los racistas”, apuntó en sus redes tras la primera condena penal por racismo en el fútbol en España (ocho meses de prisión para tres hinchas del Valencia luego de que lo insultaran en un partido de LaLiga). Con proyectos educativos y humanitarios en Brasil, Vinícius se convirtió en un símbolo de la lucha contra el racismo. “Provocador”, lo señalan algunos que omiten el odio racista, y que encubren racismo.

El 6 de marzo pasado, en el Cerro Porteño 0-Palmeiras 3 por la Libertadores Sub 20, Figueiredo y Luighi, juveniles de Palmeiras, fueron víctimas del racismo en el Estadio Gunther Vogel de San Lorenzo, Paraguay. A Figueiredo le hicieron gestos imitando a un mono; a Luighi, lo escupieron e insultaron. “Fui víctima de un crimen. ¿Hasta cuándo vamos a tener que pasar por esto?”, expuso Luighi, entre lágrimas. “El racismo significa el fracaso de la humanidad. Basta de odio disfrazado de rivalidad”, lo apoyó Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil. “Es una generación muy sensible -polemizó el paraguayo Carlos Gamarra, ex defensor de Cerro Porteño y Palmeiras, tres veces mundialista con Paraguay-. No podés estar llorando porque alguien te hace un gesto o te dice alguna cosa”. La Conmebol de Domínguez sancionó a Cerro Porteño con 50.000 dólares. Leila Pereira, presidenta de Palmeiras, calificó a la multa de “ridícula”. Y amenazó: “Si la Conmebol no respeta el fútbol brasileño, debemos pensar en unirnos a la Concacaf, que nos conviene económicamente. No es aceptable que Brasil, que representa el 60% de sus ingresos, sea tratado de esta manera”. De ahí la pregunta por los clubes brasileños en la Libertadores a Domínguez, a quien Santiago Peña, presidente paraguayo, tantea como candidato del Partido Colorado para las elecciones de 2028. En las últimas horas, Educafro, entidad que aboga por los derechos de los negros en Brasil, pidió en la Justicia una indemnización a la Confederación Brasileña de Fútbol y a la Conmebol (130 millones de dólares) por negligencia en casos de racismo.

La represión policial a los hinchas que visitan Brasil -sobre todo argentinos y uruguayos-, la liberación de zonas para que sean atacados (dos hinchas de Racing fueron asaltados y heridos con un cuchillo en Río de Janeiro antes de la final de vuelta de la Recopa frente a Botafogo) y la falta de sanciones al respecto de la Conmebol no justifican el racismo. Cuatro jugadoras de River fueron acusadas de injuria racial durante un partido ante Grêmio, el 20 de diciembre pasado, por la Ladies Cup. Gritos de “negra” y gestos de mono (River fue expulsado del torneo y suspendido por dos años). En enero, durante el Sudamericano Sub 20 de Venezuela, Brasil denunció a Fabián Pereira, arquero de Bolivia, de realizar gestos racistas y de llamar “mono” al delantero Rayan. La Conmebol archivó el “expediente disciplinario” contra Pereira. Y en febrero, en el marco de un torneo infantil en Lavínia, São Paulo, Lucía Amalia Insfrán Peralta, madre de un chico de la escuela de fútbol paraguaya Auriazul de Luque, fue detenida después de que fuera denunciada por llamar “macaco” a un niño brasileño. Óscar Benítez, su esposo, desmintió la situación: “Nosotros estábamos perdiendo 2-0 y logramos descontar. En el gol gritamos, saltamos y hasta bailamos. En ningún momento nadie hizo un gesto raro o gritó ‘macaco’. Según nos comentaron, es una estrategia de este equipo siempre que juegan contra los extranjeros. Cuando el partido se pone complicado denuncian racismo y se para el partido”.

No pasó en Brasil ni en Argentina. Tampoco en el fútbol de la Conmebol. Pero sí en Sudamérica. El 4 de diciembre de 2024, Josué e Ismael Arroyo (14 y 15 años), Saúl Arboleda (15) y Steven Medina (11) jugaban a la pelota en el barrio popular Las Malvinas, en Guayaquil, Ecuador. Fueron detenidos por militares (el presidente Daniel Noboa delegó la seguridad a las fuerzas armadas), acusados de un robo. El 24 de diciembre, antes de Nochebuena, cuatro cuerpos “aparecieron” calcinados y maniatados a 40 kilómetros de donde habían sido detenidos, cerca de la base aérea de Taura. Nunca se comprobó el robo. “Los cuatro de Guayaquil” eran afroecuatorianos. “Nos siguen maltratando sólo por ser negros”, dijeron los padres cuando se enteraron de que los cuerpos eran de sus hijos. El racismo no es folclore ni chiste. Es un delito que, en ocasiones, mata.

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