Felipe Cruz -hincha de Corinthians, 23 años, ayudante de cocina, negro- pagó los 120 reales de la entrada, unos tres mil pesos argentinos. Su equipo le ganó 2-0 a Boca por la Copa Libertadores. Pero casi no vio el segundo tiempo. Sin ayuda, le insistió a la Polícia Militar de São Paulo que un hincha de Boca -Leonardo Ponzo, 42 años- había imitado los movimientos de un mono durante el entretiempo en el Arena Corinthians. El racismo es un delito en el Código Penal de Brasil. Ponzo fue detenido. El consulado argentino en São Paulo pagó su fianza: 3 mil reales (70 mil pesos). La Polícia Militar, felicitada por Corinthians, registró la denuncia como “insulto racial”, no como racismo. Horas después, un amigo de Ponzo subió una historia a Instagram con él: “Acá no pasó nada”. Y el emoticón de un monito. Si un racista se sienta en una mesa con diez personas y nadie se levanta, apuntó el periodista paulista Luís Adorno, entonces hay once racistas. Willian, la estrella del Corinthians que jugará el martes 17 ante Boca en la Bombonera, se preguntó: “Un acto de racismo vale 3 mil reales. ¿Hasta cuándo?”.

En la actual Copa Libertadores, hinchas de Boca, River y Estudiantes protagonizaron actos racistas en partidos ante equipos brasileños. También de Olimpia de Paraguay, Emelec de Ecuador, Deportivo Cali de Colombia y Universidad Católica de Chile. Comer bananas. Lanzarlas. Hacer con las manos la mímica de pelarla. Gesticular como un mono. Sonidos de simio. Insultos. Desde 2014, según el Observatorio de Discriminación Racial en el Fútbol de Brasil, hubo 48 casos de racismo en partidos de la Conmebol (siete en lo que va de 2022). Apenas 11 revistieron sanciones a los acusados o al club. Y en sólo cuatro intervino la justicia, siempre en Brasil. En 11 de los últimos 27 episodios racistas contra clubes brasileños en los últimos seis años estuvieron involucrados hinchas de equipos argentinos. Cerca de la mitad. Sólo en 2018, hinchas de Independiente ante Santos y Corinthians por la Libertadores y Gremio por la Recopa. La Conmebol elevó la multa a 30 mil dólares, como la que le impuso a River después de que el socio Gustavo Gómez le arrojara una cáscara de banana a la hinchada de Fortaleza en el Monumental. El monto de la multa equivale al 1% de lo que cobra cada club por la primera fase de la Libertadores.

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Gómez, el hincha de River, y Ponzo, el de Boca, no podrán entrar al Monumental y a la Bombonera por cuatro y dos años. Los insultos y cantos racistas a los brasileños se trasladan a la cancha: en 2005, Leandro Desábato le dijo “mono negro, macaco” a Grafite en pleno Quilmes-São Paulo en el Morumbí por la Libertadores. Desábato pasó 48 horas preso. “Insultar -dijo en su defensa- es común en Argentina”. Grafite, campeón del mundo con São Paulo en 2005 y hoy comentarista de TV, dice que todavía se siente incómodo cuando entra a restaurantes de la lujosa Barra da Tijuca, en Río de Janeiro. “Veo prejuicio cuando ven entrar a un hombre negro de 1,90 m -le dijo a Folha-, hasta que se dan cuenta de quién soy”. Grafite se lamenta por no haber llevado el caso de Desábato hasta las últimas consecuencias. En Barra da Tijuca, barrio del paramilitarismo, tres personas asesinaron en enero a Moïse Kabagambe -24 años, refugiado de guerra congoleño- después de que fuera a reclamar el pago de dos días de trabajo a un quiosco. Kabagambe era negro e inmigrante. Y pobre. Lo ataron y mataron a golpes. En Brasil, una persona negra tiene 2,6 veces mayor riesgo de ser víctima de un asesinato. El 73% de los muertos a manos de fuerzas militares y policía son negros. Cada 23 minutos muere un negro de manera violenta. El fútbol expone ese racismo estructural.

Grafite habló de los “líderes blancos” que “nunca serán tocados por una situación que no sintieron en su piel”. “No hay líderes negros -agregó-, ni entrenadores negros”. En el Brasileirão hay apenas un DT negro: Jair Ventura (Goiás). Los negros y mestizos son el 55% de los 213 millones de habitantes de Brasil, último país de América Latina en abolir la esclavitud (1888). “Lo más impresionante no es que no haya entrenadores negros, sino que ni siquiera exista el debate. A la sociedad no le extraña porque en Brasil no es común tener personas negras en posiciones de poder”, dice Marcelo Carvalho, director del Observatorio de Discriminación Racial en el Fútbol. Roger Machado, DT de Gremio, hoy en la B, es otro de los pocos negros que dirige un equipo. “Los racistas que estaban ocultos porque la sociedad los reprimía se sienten autorizados a manifestarse según las posiciones del líder del país”, dijo Machado, sin nombrar a Jair Bolsonaro, “líder blanco”, presidente racista de Brasil.

Sólo en 2022 existieron 26 casos en el fútbol brasileño. Entre 2014 y 2020, Brasil registró un promedio de un caso de racismo en partidos de fútbol cada diez días. “La gran diferencia entre Brasil y Argentina en la lucha contra el racismo es que en Brasil es real. Se acabó la estúpida tolerancia. Los racistas brasileños no desaparecieron y, a veces, incluso se manifiestan. Pero se mantuvieron contenidos, sabiendo que podían ser castigados. El racismo se combate con vehemencia en Brasil, pero todavía resiste, existe. En Argentina el escenario es peor, y eso hay que afrontarlo con urgencia allí”, dice el periodista brasileño Mauro Cezar. En Argentina, el racismo suele pasar desapercibido. Normalizado, amparado bajo “el folclore del fútbol”.

El año pasado, en Atlético Tucumán-Boca, 100 socios asistieron como prueba antes de la vuelta de los hinchas después de la pandemia. En el minuto 41 del primer tiempo, antes de que el peruano Luis Advíncula sacara un lateral, se escuchó: “¡Dale, sacá, negro puto!”. El futbolista giró su cabeza y clavó la mirada hacia la tribuna. Frank Fabra, lateral colombiano de Boca, lloró en el vestuario del estadio Ciudad de La Plata después de que soportara insultos racistas de hinchas de Estudiantes en 2017. “¿Por qué no paraste el partido? Le gritaron toda la noche”, le recriminó el capitán Fernando Gago al árbitro Silvio Trucco. “Te voy a romper los huesos, negro de mierda, y te vas a volver a África”, le dijo Esteban Fuertes en Colón-Boca, en 2010, al colombiano Breyner Bonilla, que tampoco aguantó las lágrimas. “Tuvimos compañeros negros en Colón”, se excusó Fuertes. En Argentina, el color de piel es el tercer tipo de discriminación experimentada por una persona, según el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo. La primera es por el nivel socioeconómico. “El punto más interesante es que los argentinos no se consideran racistas”, sostiene José Garriga Zucal, doctor en Antropología Social que trabaja la violencia en el fútbol. “La xenofobia abraza el racismo, sin mayores distinciones. En el fútbol local es el principal punto de discriminación. Los hinchas de Boca, por ejemplo, sufren actos xenófobos por su origen obrero vinculado a la presencia de inmigrantes de la frontera, como paraguayos y bolivianos”.

En 1920, antes de un amistoso Argentina-Brasil, el diario Crítica tituló “Monos en Buenos Aires” (la remake la protagonizó Olé en 1996, con el “Que se vengan los macacos”). En la crónica, ilustrada con dibujos de monos con la camiseta de Brasil, se lee: “Habrá que prender la luz a las 4 de la tarde”. Los jugadores brasileños fueron a buscar al periodista y al dibujante a la redacción. Solo seis aceptaron presentarse a jugar. El resto salió a pasear por Florida. Sumaron al jefe de la delegación. Y a cuatro jugadores argentinos. Pero los hinchas explotaron en la cancha de Sportivo Barracas. Jugaron siete contra siete, en dos tiempos de 30 minutos. Triunfo 3-1 de Argentina. La AFA lo reconoce como un partido oficial, no así la FIFA ni la Confederación Brasileña. Al año siguiente, Brasil envió al Sudamericano de Argentina 1921 una selección de “rigurosamente blancos”. Lo había exigido el presidente Epitácio Pessoa.

En 1921 también debutó como futbolista Alejandro Nicolás de los Santos, primer y único negro en jugar en la selección argentina. Hijo de padres esclavos huidos de la Angola del siglo XIX (“África Occidental Portuguesa”), De los Santos nació el 17 de mayo de 1902 en Paraná, Entre Ríos. Delantero “entreala” izquierdo, jugó en San Lorenzo y Huracán. Pero es ídolo de El Porvenir. Y entre 1922 y 1925 disputó cinco partidos en la selección. Campeón del Sudamericano de Argentina 1925, en el que enfrentó a Brasil, que prohibía a futbolistas negros, se quedó afuera del Mundial de Uruguay 1930. “De los Santos -dice el historiador Guido Guichenduc- sufrió actos de discriminación, pero en los clubes fue aceptado porque era un jugadorazo. Lo de su ausencia por motivos racistas en el Mundial me lo dijo su familia, pero no hay un hecho que lo certifique. Puede tener veracidad. El país estaba en un momento político en el que era fácil criticar a alguien por su color de piel”. Iniciada la Década Infame con el primer golpe de Estado en 1930, la identidad argentina comenzaba a construirse mirando a la Europa blanca y elitista. Y sin negros.

A modo de homenaje, el microestadio de El Porvenir se llama hoy “Alejandro Nicolás de los Santos”, 80 goles en 139 partidos, figura en el histórico tercer puesto en Primera de 1925. Se había formado en el club Oriente del Sud. Y se retiró en Huracán en 1934. Luego fue entrenador. “¿Por qué Argentina no tiene futbolistas negros?”, se preguntó el canal HITC Sevens. La población afrodescendiente en el país, detalló, se redujo del 40 a menos del 2%. En la primera fecha del torneo de 1929, El Porvenir le ganó 1-0 a Racing con un gol de De los Santos. En la tribuna se encontraba Carlos Gardel. “¿Quién es el negro este? ¿Nadie lo puede parar?”. De los Santos, padre de seis hijas, trabajó como oficial en la Aduana. Y murió en 1982, a los 79 años. En 2014, El Porvenir lo reconoció en el estadio con la presencia de sus familiares. De los Santos aún es un olvidado del fútbol argentino.