Camaradería

Por: Cecilia González

No lamentamos confirmarles que las feministas que formamos parte de este diverso, complejo y poderoso movimiento que no tiene jefas, ni dueñas, y que no es una moda, no nos vamos a quedar calladas.

Hombres supuestamente progresistas, de izquierda, socialdemócratas, demócratas, ¿deconstruidos? ¿aliados? que entrevistan en tono afable y empático a hombres de derecha o ultraderecha, abiertamente violentos, machistas, discriminadores, homofóbicos. Que conducen, producen, inventan programas colmados de mesas de hombres, con escaso y muchas veces nulo espacio a voces femeninas, ya no digamos feministas. Están ahí, a la vista, todos los días, en los medios tradicionales, en los streams.

Malena Pichot lo explicó con claridad: «Me molesta lo que le pasa a los chabones a veces entrevistando al supuesto enemigo ideológico, que no pueden evitar cierta camaradería peneana y enseguida están a los chistes. Se olvidan que es un enemigo ideológico y es otro chabón, y enseguida son amigotes, porque antes que las izquierdas y las derechas, está la verga».

Lo dijo en el mejor lugar posible: en el programa de Iván Schargrodsky, el director de Cenital que suele burlarse de que su ciclo de entrevistas está «libre de mujeres»: sólo han protagonizado seis de los 67 episodios que están subidos en YouTube.

La «camaradería peneana» la demostró, por ejemplo, el peronista Tomás Rebord cuando el año pasado, justo el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, invitó a Daniel Parisini, el Gordo Dan, el militante libertario que lidera los discursos violentos y ataques contra mujeres y diversidades; el mismo que defiende la dictadura de los ’70, que genera campañas con noticias falsas y enfrenta múltiples causas judiciales. Nada de eso importó. En la jornada de lucha en la que miles de mujeres argentinas salieron a las calles a repudiar las políticas mileístas, Rebord dialogó amigablemente con Parisini… sobre Dragon Ball Z.

Los encuentros varoniles de este tipo, cordiales, cómplices, y a veces hasta afectuosos, son constantes. Estos días fue el turno de Pedro Rosemblat con Gustavo Cordera, el músico que en 2016, cuando tenía 55 años, criticó que la ley le impidiera «cogerse» a menores de 16 que tuvieran «la concha caliente» y aseguró que algunas mujeres necesitaban ser violadas para tener sexo por culpa de su «histeria». Cordera justificó sus dichos con base en «la psicología» y en 2019 logró la suspensión de un juicio por «incitación pública a la violencia colectiva» a cambio de tomar un taller de género, recitales solidarios y una (forzada) disculpa pública. A fuerza de décadas de militancia feminista, hubo una condena generalizada.

«Nunca antes en la historia de la humanidad se vio una organización tan eficiente, tan coordenada (sic) y de tanta inversión para la cancelación y persecución de una persona, y de tantos años», le dijo Cordera a Rosemblat, en un tono megalómano bien al estilo Milei. Como ya había hecho en varias entrevistas previas (jamás dejó de tener micrófonos a disposición), el cantante se victimizó. ¿Asumir las consecuencias de sus actos? Para qué, si los colectivos feministas siempre están a mano para echarles la culpa de lo que sea, ya sea de falsas cancelaciones o derrotas electorales.

Rosemblat reconoció que había sido condescendiente: «Hay cosas que no se me juegan, que se le juegan a las mujeres en el cuerpo cuando escuchan a una persona que dijo eso, que efectivamente a mí no me pasa». Puso en evidencia que, por ser varón, no le impacta la violencia de los dichos de Cordera. Le pesó más su «lado de fan». Okey.

Su descargo evidenció un malentendido permanente. Los primeros aludidos por la «camaradería peneana» todavía hoy se muestran orgullosos de hablar con hombres «que piensan diferente». Ahora Rosemblat defendió «el derecho de todo el mundo a la palabra». Y no se trata de eso. Por supuesto que pueden entrevistar a quienes quieran, más allá de cómo piensen, el problema es el cómo. Lo ofensivo es el tono cálido y simpático con el que interactúan con hombres que promueven delitos, que violentan, a los que no cuestionan y les permiten victimizarse como a Cordera, que está de gira en medios, lo han entrevistado antes y después de Gelatina, va a llenar estadios y seguirá su carrera. Lo ovacionaron –¡lo ovacionaron!- cuando se disculpó por sus dichos en el programa de Mario Pergolini. Y aun así sigue llorando una cancelación inexistente.

El problema ni siquiera son los varones mencionados en esta columna. Sólo forman parte, unos más, otros menos, de un sistema que minimiza violencias contra las mujeres mientras ellos se amigan entre ellos, sin distinción de valores. Lo resumió mejor que nadie Lía Copello: «Estamos un poco ninguneadas por nuestros propios compañeros de vida, de espacios, de militancia. Estamos todo el tiempo en una agotadora de estar justificándonos si exageramos, si nos pasamos dos pueblos…».

No lamentamos confirmarles que las feministas que formamos parte de este diverso, complejo y poderoso movimiento que no tiene jefas, ni dueñas, y que no es una moda, no nos vamos a quedar calladas.

La próxima, que ya está en camino, no será ola. Será tsunami.

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  • Directa y concreta. Me encanto y comparto 100% el contenido de la nota, me genera mucha indignación el lavado de cara que le hacen a cordera luego de su apología del delito sexual.

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