Formado en música clásica, terminó guiando la transformación de cuatro jóvenes de Liverpool en la banda más influyente del siglo XX. Su trabajo redefinió lo que podía ser un disco de pop.

George Martin murió el 8 de marzo de 2016 a los 90 años, después de una vida dedicada a la música en todas sus formas. Formado en composición y orquestación en la Guildhall School of Music and Drama de Londres, llegó a la industria discográfica desde un lugar inusual para el pop de comienzos de los sesenta: el de la música académica y el humor sofisticado de la radio británica. En Parlophone, un sello menor de EMI, había producido discos de comedia y rarezas musicales cuando, en 1962, le presentaron a un grupo de muchachos de Liverpool que ya habían sido rechazados por otros ejecutivos.
Martin vio algo que otros no habían visto. O, mejor dicho, escuchó algo. No se trataba solo de la energía del grupo o del ingenio de John Lennon y Paul McCartney como compositores. Había una química musical que pedía ser encauzada. Martin tenía la formación necesaria para hacerlo y la curiosidad suficiente para dejarse sorprender. Esa mezcla -autoridad musical y apertura- sería decisiva.
Los primeros singles de los Beatles muestran esa alianza naciente. “Please Please Me”, por ejemplo, se transformó en un número uno después de que Martin sugiriera acelerar el tempo y reorganizar su estructura. Ese tipo de intervenciones -precisas, musicales, nunca autoritarias- marcaron el tono de la relación. Martin no fue un productor que impusiera un estilo, sino alguien que ayudó a que el grupo descubriera el suyo.
A medida que avanzó la década, su rol se volvió cada vez más importante. Cuando el rock todavía era visto por muchos como una música juvenil y efímera, Martin introdujo en el estudio una concepción casi cinematográfica del sonido. Los arreglos de cuerdas de “Yesterday”, el barroco clavicordio de “In My Life” o la orquesta desbordada de “A Day in the Life” son ejemplos de una imaginación musical que desbordaba las categorías del pop de la época.
Pero su contribución no se limitó a escribir arreglos o dirigir músicos clásicos. Martin entendió antes que muchos que el estudio podía ser un instrumento. En colaboración con ingenieros como Geoff Emerick, convirtió las limitaciones técnicas de Abbey Road en oportunidades creativas. Cintas al revés, superposiciones imposibles, cambios de velocidad: lo que hoy parece parte del vocabulario básico del pop fue, en su momento, una pequeña revolución sonora.
Discos como Revolver o Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band no pueden entenderse sin esa complicidad entre los Beatles y su productor. Martin funcionaba como traductor entre dos mundos: el de la intuición salvaje del grupo y el de la arquitectura musical necesaria para convertir esas ideas en grabaciones duraderas. Cuando McCartney imaginaba un cuarteto de cuerdas o Lennon pedía que su voz sonara “como el Dalai Lama cantando desde la cima de una montaña”, Martin encontraba la forma de hacerlo posible.
Esa capacidad para escuchar más allá de lo evidente explica por qué, con el tiempo, comenzó a ser llamado “el quinto Beatle”. No era un miembro de la banda, claro, pero sí alguien que participaba de la conversación creativa. Su presencia aportaba equilibrio en un grupo donde abundaban el talento y el temperamento. Tenía, además, un humor muy británico y una paciencia que resultaban indispensables en sesiones que podían volverse caóticas.
Después de la separación del grupo, Martin siguió produciendo y trabajando como arreglador, pero su nombre quedó inevitablemente ligado a aquella década prodigiosa. No es una injusticia. Lo que ocurrió entre 1962 y 1970 cambió para siempre la manera de hacer discos. El productor dejó de ser un técnico invisible para convertirse en un colaborador artístico. Brian Wilson, Phil Spector o, más tarde, Brian Eno trabajaron desde esa idea ampliada del estudio como espacio creativo. En buena medida, Martin había ayudado a abrir esa puerta.
Diez años después de su muerte, su influencia sigue filtrándose en cada grabación que entiende el pop como un territorio de experimentación. Escuchar hoy los discos de los Beatles es, también, escuchar la inteligencia musical de George Martin: ese oído capaz de reconocer una gran canción, de imaginar un arreglo inesperado y de darle forma sonora a un sueño colectivo.
En la historia del rock hay guitarras heroicas, voces inolvidables y canciones que parecen eternas. Detrás de muchas de ellas, en silencio, estaba el oído de George Martin. Un oído que supo escuchar el futuro.
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