El tesoro que no ves: el último rocanrol del país para despedir al Indio

Por: Nahuel De Lima

Más de un millón de personas copan el Gatica en una procesión histórica que se extenderá hasta el martes. Crónica desde el asfalto de Villa Domínico, donde el dolor colectivo se cura con puras canciones.

Las despedidas son esos dolores dulces, dice la canción, pero esta te partía el alma en mil pedazos. Vivir solo cuesta vida, y hoy nos estaba costando el corazón entero. Llegué cerca de las siete de la mañana a los alrededores del microestadio Polideportivo Municipal José María Gatica de Villa Domínico. Era un domingo helado, gris, encapotado de punta a punta. Una neblina espesa baja por las calles, de esas que te mojan la cara. Caminando la vereda, bancando el frío bajo ese cielo cerrado que parecía entender nuestra tristeza, se respiraba un luto profundo. Nos tocaba la tarea más dura: despedir al Míster, al gigante.

La niebla te dejaba ver postales que te rompían al medio. Las veredas eran un campamento de almas en pena. Ahí estaban los que acamparon desde la noche anterior, aguantando los trapos con un termo bajo el brazo, en reposeras empapadas por el rocío. Se helaron toda la madrugada solo para estar primeros junto al ídolo. Ese aguante demostraba que la mística flotaba en el aire mucho antes de que aclare, ardiendo como esos fuegos de Oktubre que no se apagan jamás. Durante todo el día, la calle fue canciones que no pararon un segundo. A cada paso se escuchaba el desgarro hermoso de Juguetes perdidos, el pogo interminable imaginado con Luzbelito y el ruego desesperado de Un ángel para tu soledad, sonando como un rezo colectivo en cada esquina.

Foto: Edgardo Gómez

Pateando la calle, los teléfonos estaban de adorno. Cero señal. Éramos nosotros, el pueblo a la deriva de nuestra propia pasión. Desde tempranito ya se armaba el folclore y el aire se ponía espeso con ese aroma inconfundible. Se mezclaba el humo de los primeros choris con el olor a faso, a tabaco negro y a asfalto. Veías grupos compartiendo un vino o pasándose el mate, mientras algún que otro le entraba a una hamburguesa. Ahí nomás me quedé con un pibe que tallaba a mano un vaso de aluminio de un litro. Le mandaba la cara del Indio o el logo de Patricio Rey a pura muñeca. Una obra de arte barrial inmensa.

Las caras te partían al medio. Yo me sentía uno más, un pibe ricotero de Lomas metido en esa marea, tratando de entender tanta tristeza. Y ahí en la fila se veía lo más hermoso, lo que te estrujaba el pecho: la unión de un montón de generaciones. El homenaje arrojó estimativamente que asistieron más de un millón de fanáticos. Una marea humana insondable que avanzaba a paso firme: desde los altavoces del lugar informaban que las puertas seguirían abiertas “hasta que entren todos”. Por el momento, las planillas contabilizaban el saludo de alrededor de 15.000 personas por hora. Desde la gobernación de Buenos Aires salieron a resaltar que todo transcurre en absoluta paz y que, ante semejante oleada plebeya, es imposible definir cuándo terminará el funeral. Ya se sabe, corre como certeza en la fila, que el evento se extendería al menos hasta el martes.

Foto: Edgardo Gómez

Madres y padres llorando con los pibitos a cococho, familias enteras atravesadas por la misma pasión. Amigos de toda la vida aferrados a sus banderas, y desconocidos que se fundían en gestos eternos como si fueran hermanos, compartiendo el luto. En las rondas de mate, la calle habla. Veías carteles hechos a mano donde la cara del Indio se cruzaba con la de Diego Maradona. La gente miraba esos trapos y repetía siempre lo mismo: el Diego y el Indio son lo más grande que hay. Los ponían ahí, en el mismo altar que a Gardel. Porque cuando el país se nos caía a pedazos y el futuro era todo un palo, ellos nos curaron el alma.

Y ahí estaban las banderas en tu corazón que yo quería verlas, pintadas con frases de Luzbelito o de Lobo suelto, cordero atado. Trapos hermosos de Morón, de todo el Oeste, de Tigre, de Florencio Varela y de Lomas de Zamora. Acá éramos todos uno solo, el conurbano profundo enlazado en un abrazo, despidiendo a un grande sin importar el barrio. Veías camperas de jean gastadas, remeras desteñidas de Los Andes, de Quilmes, de Lanús, camisetas de Arsenal de Sarandí y muchas más. Y claro, como el rock de acá abajo siempre caminó por la vereda de los laburantes, el cantito de Cristina libre sonó fuerte de a ratos, entrelazando la política popular con nuestra sangre ricotera.

Foto: Edgardo Gómez

La fila era una máquina del tiempo y yo iba parando la oreja. El Míster siempre decía que él era un hombre de la psicodelia. Que no le gustaba el pasado porque ya no existe, porque no hay posibilidad de hacer nada con él. Y que tampoco le gustaba el futuro porque directamente no lo tenemos. Para él, terminaban siendo apenas entidades ontológicas de la imaginación. Pero en esta calle, viendo a viejos y pibes unidos compartiendo el dolor, nos dábamos cuenta de que hoy necesitábamos aferrarnos a esos recuerdos que mienten un poco para no caernos a pedazos.

En un momento, el avance se estancó y quedé al lado de un chabón que ya peinaba canas, un curtido de más de cuarenta años con la campera gastada. Me pasó un trago de vino de cartón y, mientras esperábamos, me empezó a abrir su propia biblia ricotera. Me llevó de viaje a Cemento en el ’87, en plena presentación de Un baión para el ojo idiota. Me contaba que ahí adentro el calor te aplastaba, que la transpiración le caía por la cara pero que a nadie le importaba, porque cuando arrancaba Todo un palo el mundo de afuera dejaba de existir. Después le dio una seca al pucho, me miró con los ojos vidriosos y saltó a Huracán en el ’94. Vos no sabés lo que era eso, fiera, me decía con la voz rota. El asfalto de Parque Patricios literalmente temblaba bajo los pies, la bestia pop ya era indomable y sentíamos que la noche nos pertenecía. Otro flaco que venía con él se metió en la charla y se acordaron de la locura de Racing en el ’98. Relataban esa noche épica, apretados en las tribunas a puro Último bondi a Finisterre, cantando a los gritos que el lujo es vulgaridad mientras los dos cilindros de Avellaneda Corazón parecían a punto de venirse abajo por el pogo.

Foto: Edgardo Gómez

Entre tanta historia y la banda de sonido que nos marcaba el pulso en la vereda, asomaban las heridas imborrables. Un pibe murmuró el nombre de Walter Bulacio, y el sentimiento se hizo piel en todos los que estábamos ahí. Porque esta pasión se amasó con sangre; a Walter se lo llevó la yuta por querer ir a curtir un rocanrol. Violencia es mentir. En esa espera helada, todos hacíamos el mismo paralelismo silencioso con lo que cantaba la gente y lo que sentíamos en las tripas: esa necesidad de matarlo un ratito, de frenar la angustia para vengarnos con un par de rocanroles, y después decir vámonos, sabiendo que nos cuidábamos las espaldas entre nosotros, manteniendo viva su memoria en cada grito contra el sistema.

Se acercaba el mediodía y la necesidad física de entrar a decirle adiós era inmanejable. Iban a abrir a las once, pero a las diez la presión del pueblo no aguantó más y soltaron los portones. Para que no fuera un caos, el ingreso se armó por tandas. Cada veinte o treinta minutos abrían los accesos, dejaban pasar a un grupo empapado en llanto, cerraban las puertas, ordenaban la fila de nuevo y volvían a habilitar el paso. La angustia se volvía canto. Las lágrimas se mezclaban con las gargantas roncas y reventaba un Vamos los Redondos que te hacía hervir la sangre. Cruzando la puerta se escuchaba el grito pelado de Gracias, Indio.

A las tres de la tarde se largó una garúa finita, terca. Ya sufriste cosas mejores que estas y vas a andar esta ruta, parecía decirnos Carlos desde algún lado. Bajo el agua nadie se movió un milímetro. A lo lejos un pibe le daba rosca a su parlante y la devoción seguía intacta, agitando los brazos al cielo, mojados y rotos.

En medio de esa lluvia fina, el murmullo de la multitud se sentía como una sola voz, como un pensamiento unificado que resumía a la perfección esta poesía maldita que nos atravesaba. En el aire pesaba esa certeza colectiva de que la voz es lo primero que la memoria decide olvidar del ancho carteado; de los que abandonan por dos días, se llevan el premio, la voz. Soñados los olvidadizos. El ensañamiento de la aniquilación en nuestras almas, en nuestras mentes, nos deja preguntándonos: ¿migajas? No, los duelos de la belleza ellos son, esos recuerdos que mienten un poco. Pero hoy sabíamos que no siempre será así. Resistiremos como lo hidalgo de tu vida, todos en los botes. Todos. Acá sabemos bien que no nos pagarán con promesas los nenes de oro. Eso no era solo un mensaje, era el sentir del pueblo vibrando en el asfalto.

Eran las cinco de la tarde. El respeto y el recuerdo flotaban pesados en el aire mojado de la calle, mientras la multitud seguía cantando, llorando abrazada a sus trapos. Por la admiración a la hermosa muchacha de los toldos, al regreso ineludible a Oktubre, cantamos a capela mirando al cielo: padres, hijos, amigos y perfectos desconocidos. Todo esto es efímero, es cierto. Pero al verte así abrazado con el otro, sabiendo que fuimos tan felices escuchando esa voz, entendés que esta mística no necesita explicaciones porque te atraviesa las tripas. El fuego lo van a seguir manteniendo vivo esos pibitos que hoy vinieron a cococho, escuchando las batallas de los más viejos y heredando la sangre de una pasión innegociable. Cierta fiera estalla en mi interior cuando pienso que ya no te vamos a ver en un escenario, Carlos. Pero en cada esquina, en cada bandera y en cada pibe que descubra un disco tuyo, vas a seguir estando. Buen viaje, Míster. Te creo y para siempre. Nos dejaste un imperio de canciones y la certeza inmensa de que este rocanrol, nuestro rocanrol, no va a morir jamás.

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