A los 90 años y luego de haberse dedicado durante 66 al noble oficio de librero, hoy casi en extinción, decide cerrar las puertas dejando un vacío en el barrio de Olivos. La historia de un hombre para el que vender libros fue siempre mucho más que un trabajo.

Era joven, tenía 25 años y estudiaba arquitectura, pero abandonó la carrera y se asoció con una estudiante de Letras. La antigua librería estaba ubicada a pocas cuadras de la actual. “Inauguramos cuando asumió Frondizi, en el ‘58. Fue una experiencia…se respiraba otra cosa, ¿no?”, dice y le brillan los ojos.
Por aquellos años, Carlos vendía libros en varios idiomas: alemán, francés, inglés e italiano. El público era variado porque el barrio estaba cambiando. “Venían bastantes americanos por la cuestión de los contratos petroleros, muchos se instalaron acá en Olivos. Alquilaban casas. Querían césped y pileta”, cuenta y se acuerda de un caso: Jack Schubert. Se instaló en los sesenta en un chalet con su familia. Se hicieron cercanos.
“Era un hombre sencillo”, dice. Iba de tanto en tanto a la librería a conversar. Las hijas estudiaban folklore, se interesaron por la cultura argentina. Un día Jack le pidió a Carlos cinco ejemplares de Radiación y radioactividad. Carlos se los consiguió sin darse cuenta de que Jack, ese hombre que lo iba a visitar en alpargatas, era el autor, un químico norteamericano muy famoso.
“¿La oriento con algún tema?”, le pregunta Carlos a una clienta que acaba de entrar. Nunca abandona a los lectores: los atiende, conversa, les recomienda libros. Hay quien entra a la librería exclusivamente para pedirle recomendaciones. Cuando habla sobre literatura con los clientes, Carlos abre el pecho, alza la voz; nuestra conversación, en cambio, transcurre casi en un susurro, como entre las sombras.
Mientras hablamos, ensaya el oficio con la pericia que sólo dan los años: organiza los libros, hace anotaciones, sube y baja escaleras. Hace poco se quebró un brazo mientras trasladaba cajas. “Una caída a destiempo”, explica. “Cumplí noventa años. Es una edad prudente para pensar cuántos más…entonces decidí cerrar y jubilarme para estar tranquilo, sin horario, sin preocupaciones. Realmente me fue bien, con este negocio construí la familia”, dice con un dejo de nostalgia.
Carlos empezó a leer en el altillo de la casa de su infancia, en Maquinchao, Río Negro. El domingo llegaban Billiken y Leoplán, “que traía noticias y siempre atrás resumidas novelas famosas”. Esa era la parte que más le gustaba. Y también otras revistas: Caras y Caretas, PBT, Tarzán, Marvel, Patoruzú.
“Eso no lo leía en casa porque mi padre decía que deformaba el idioma, entonces lo leía en lo de mi padrino que sí lo recibía”, cuenta. Aunque era un pueblo chico, tenía una biblioteca surtida a la que consultaba con avidez. Después vinieron los años de la gran ciudad. “Cuando estuve pupilo acá ya me iba a la librería de Harrods con un resto que me quedaba de lo que me mandaba papá y me compraba libros. Con 20 pesos me compraba tres o cuatro. Ahí empecé a tener biblioteca”.
Las dos condiciones para ser un buen librero: amar los libros y ser un buen lector. Hay que leer siempre, es la única forma: querer los libros”. Aunque no lo dice si alguien no le pregunta, Carlos piensa que algo cambió con los años. “En las librerías grandes a veces si no van a consultar a la computadora no saben qué tienen. Eso pasa cuando se fundan por negocio e incluso hay editoriales que ahora son grandes empresas. Antes en Argentina eran todos intelectuales los que estaban detrás”.
Hablar con Carlos es difícil. Entra y sale gente todo el tiempo. Le pregunto si es por la liquidación. “Siempre tengo clientes. Y vienen muchos jóvenes. Se dice que los chicos no leen pero la juventud es la que más busca autores. La gente grande viene a buscar libros o autores de moda: Florencia Bonelli, Viviana Rivero, los best sellers; se guían mucho por la publicidad, traen una lista previa, ya armada. Los jóvenes, en cambio, miran, buscan…no quieren llevar cualquier cosa”, dice.
De trasfondo, el ruido de los colectivos suena como un zumbido molesto. Cuando Carlos llegó a Olivos, la historia era otra. Se la pasaba en el centro para sentir el movimiento de la ciudad. “No aguantaba el silencio del barrio”, dice. Eran todas casitas bajas, prácticamente no había edificios. Carlos vio llegar las grandes torres a Olivos mientras se resguardaba en el altillo que construyó en la adultez. Ahora, en Roque Sáenz Peña y Avenida Maipú, va a haber otra cosa. Es una noticia: ya no va a estar más la librería de Carlos Croza.
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