China y la coartada de EE UU al dejar a Taiwán sin armas

Por: Gu Qinghe

Las consecuencias de la cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump en Beijing. El freno a dos suministros que Taipéi consideraba clave. El desgaste político de Lai Ching-te.

La suspensión de la venta de armas de Estados Unidos a Taiwán desnudó el verdadero alcance de la reciente cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump en Beijing. Más allá de la coreografía discursiva de la Casa Blanca, la medida operó como una concesión directa ante las líneas rojas de China, debidamente camuflada bajo una narrativa que pretendió evitar que Washington se expusiera en una posición de debilidad geopolítica.

Cuando el secretario interino de la Marina de EE.UU., Hung Cao, explicó ante el Subcomité de Defensa del Senado la supuesta urgencia logística de congelar los contratos con Taiwán para desviar municiones hacia la “Operación Furia Épica” en Irán, el argumento tuvo un inocultable sabor a excusa diplomática.

Días antes, el propio Trump había desmentido el relato del funcionario de la Marina al plantear que los envíos de asistencia militar a Taiwán eran una «muy buena ficha de negociación» con la República Popular China.

Durante la cumbre de presidentes, Xi reiteró que el tema Taiwán era el más importante en la relación bilateral y preguntó a Trump: “¿Pueden China y Estados Unidos superar la Trampa de Tucídides y crear un nuevo paradigma de relación entre grandes países?”. Acto seguido, el líder chino trazó la línea de flotación de la seguridad en el Estrecho:

“‘La independencia de Taiwán’ y la paz en el Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua”.

Apenas terminó la cumbre, Trump dejó correr el ultimátum. «No busco que nadie se independice», dijo a la prensa en una declaración que encendió las alarmas en Taipéi. Su argumento fue geográfico, pero también una provocación retórica: «¿Se supone que debemos viajar 9.500 millas para librar una guerra? No busco eso”.

Las idas y venidas de Washington continuaron días después en la base aérea de Andrews. Allí, Trump se mostró dispuesto a romper el protocolo diplomático vigente desde 1979 al abrir la puerta a un contacto directo con el líder taiwanés Lai Ching-te: “Hablaré con él. Yo hablo con todo el mundo. Trabajaremos en eso, el problema de Taiwán”.

En medio de estos anuncios y declaraciones, lo concreto es que Estados Unidos ratificó el freno a dos suministros que Taipéi consideraba fundamentales:

  • El paquete militar de enero: Un contrato de 14.000 millones de dólares aprobado por el Congreso que quedó congelado a la espera de la firma presidencial, paralizando el envío de software táctico y redes de comunicación.
  • El paquete de diciembre: Un envío de 11.000 millones de dólares en drones y artillería avanzada que acumuló demoras en los despachos y jamás llegó a los hangares de la isla.

La plana mayor del Pentágono y el Departamento de Estado evitaron hacer comentarios sobre la “pausa” dispuesta en el suministro bélico. Sin embargo, la comparecencia de Hung Cao ante el Senado sacó el tema del terreno de las hipótesis y le dio un marco institucional inédito. El impacto fue tal que descolocó a la propia administración taiwanesa, a tal punto que desde Taipéi informaron que no habían recibido ninguna notificación formal de Estados Unidos.

El profesor Zheng Jian, del Instituto de Estudios de Taiwán de la Universidad de Xiamen, planteó que el escenario elegido demostró que fue una decisión meditada de Washington, aunque relativizó su alcance final: «Estos últimos acontecimientos no implican necesariamente la cancelación definitiva de la venta de armas de EE.UU. a Taiwán. El flujo de defensa constituyó el núcleo de la estrategia histórica de la Casa Blanca en la región; este repliegue operó como una tregua forzada, no como un abandono absoluto».

El Ministerio de Relaciones Exteriores chino aprovechó todos los encuentros públicos con delegaciones extranjeras para reiterar los derechos soberanos de Beijing sobre Taipéi, defender el principio de una sola China y denunciar las maniobras secesionistas impulsadas desde la isla. «La oposición de China a la venta de armas a la región de Taiwán es consistente, clara y firme», insistió el portavoz Guo Jiakun.

La suspensión anunciada por EE.UU. coincidió con el segundo aniversario de la administración de Lai Ching-te en la isla. Según medios y encuestas locales, su gestión generó un fuerte descontento civil y el opositor Kuomintang acusó al Partido Progresista Democrático (PPD) de usar la confrontación ideológica con Beijing para tapar la inflación, los bajos salarios y la falta de soluciones económicas.

En medios y círculos estratégicos chinos aparece la idea recurrente de que Estados Unidos podría estar entrando en una fase de “sobrecarga estratégica”, es decir, dificultades para sostener simultáneamente compromisos militares en Medio Oriente y en el Indo-Pacífico. 

Para Beijing, sin embargo, el freno de los contratos militares no fue un imprevisto adjudicable solamente al frente iraní, sino la consecuencia directa de la firmeza que Xi reiteró ante Trump. La cancillería china ya había marcado esa misma línea en diciembre pasado, al sancionar e inhabilitar a veinte empresas de defensa norteamericanas y a diez de sus más altos ejecutivos.

Tanto el desgaste político de Lai Ching-te como el repliegue ejecutado por EE.UU. dejaron la iniciativa estratégica en manos de Beijing. El respaldo blindado de Washington a Taipéi se rompió ante el realismo de mercado de la administración Trump, forzando un repliegue que —aunque se pretenda temporal— ya alteró el equilibrio en el Estrecho. Queda por ver cuánto durará la coartada logística antes de que la imprevisibilidad crónica de Estados Unidos obligue a Taiwán a asumir el verdadero costo de su sumisión.

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