La despedida a Carlos Solari duró todo el fin de semana y quién sabe dónde seguirá entre pogos, abrazos y gargantas rotas. Otro relato de las inolvidables jornadas.

Separar la obra del artista es un intento imposible para Carlos Alberto Solari, si hasta su muerte permitió una disputa política más. Los dueños del poder hoy –y remarco, hoy (nos merecemos bellos milagros y ocurrirán)- impidieron despedir al Indio en el Congreso Nacional, y tras gestiones con su familia y equipo, se terminó de organizar en el Polideportivo Gatica, en Villa Domínico, Avellaneda, territorio bonaerense.
Las puertas se abrieron a las 10 de la mañana, una hora antes de lo previsto por la cantidad de gente que desde la madrugada ya había llegado al lugar. Se extendió hasta la madrugada de este lunes cuando la llovizna furiosa no impidió la llegada de miles de fieles.
A lo largo de decenas de cuadras por la Avenida Mitre, un público inetiquetable en un target único por su diversidad –de edad, de género, de clase- pero unido en el espíritu ricotero, llevan cientos de banderas, tatuajes, buzos y remeras con la cara del Indio Solari, sus frases, infinitas y eternas.
“Las despedidas son esos dolores dulces” flamea un trapo en la esquina de una casa que da hacia la avenida. Esta, quizá sea un poco más amarga, pero se impone un sentimiento contradictorio: entre el profundo dolor, el agradecimiento por lo que nos dio y la alegría de haberlo vivido. Y también, la convicción de que somos esto, un millón de personas dispuestas a defender en lo más alto nuestra postura frente a la vida, porque sabemos, no era la despedida solo a un artista. “Estás frito Milei”, dice un hombre parado en el bulevar mirando a las masas que no paran de llegar.
“Yo nunca tuve una banda de entretenimiento. A mí no me parece bueno mantener entretenida a la gente mientras los poderosos le meten la mano en el bolsillo. Las mías fueron bandas de combate», expresó Solari en una entrevista que le dio a Hebe de Bonafini allá por 2022 en la Televisión Pública. Nadie nunca tuvo dudas de aquello.
“Por él me hice militante”, dijo un pibe de Quilmes a un notero de Gelatina el viernes mismo de su muerte, un testimonio que resume la vida de por qué más de un millón de personas llegaron desde distintos puntos, acamparon y caminaron hasta 80 cuadras para despedir a un ídolo popular que marcó a tres generaciones. No se fue un cantante más. Se fue el hacedor de la cultura ricotera, el poeta que le inventó las palabras y frases imposibles para representar no una sino las últimas décadas de la Argentina.
El viernes, aún con la noticia de su partida fresca, con las gargantas anudadas por el dolor y con rumores que van y vienen sobre dónde y cuándo sería el velatorio el pueblo no esperó. La autoconvocatoria fue urgente y a las 16, dos horas antes de lo pautada en redes, las y los ricoteros se reunieron en Plaza de Mayo para hacer la misa más triste del mundo – jamás la última-. Hasta entrada la noche, entre llantos y pogos, brindaron sus testimonios a los medios explicando por qué es tan importante en sus vidas.
“Todos sentimos como si se nos hubiese muerto un familiar”, dice a Tiempo una piba que no pasa los 23 años. “Trasciende generaciones, estamos todas acá con el mismo dolor. Por suerte el Indio era del pueblo, y que un pueblo se sienta tan amado por un artista es lo más grande que hay, era nuestro y era argentino”.
Otro pibe, con los ojos nublados de lágrimas y la voz quebrada, comparte su dolor: “El Indio representa hasta el nombre de mi hijo. Es pueblo, es bandera, es todo lo que no van a hacer ellos. Estoy partido al medio pero así y todo estoy feliz porque lo pude ver, lo pude vivir”.
“No se encuentran palabras para una cantidad de sensaciones marcadas. Soy de la generación que iba a ver a los Redondos a finales de los 80, creo que tengo un orgullo enorme porque el Indio es argentino, porque ese rock maravilloso tan nuestro, en momentos donde tenemos que defender nuestra identidad, nuestra soberanía y nuestra comunidad, y la familia ricotera supo hacer comunidad durante décadas”, dice emocionada la exjugadora y DT Mónica Santino desde la Plaza.
A lo largo de las horas, el pogo iniciado al lado de la pirámide de la Plaza de Mayo partida por unas vallas que marcan el espíritu de quien gobierna, se multiplicó hasta desbordar las calles, llegando hasta Avenida de Mayo. Cada 15 metros de caminata suena un tema distinto de Los Redondos o de los Fundamentalistas, una playlist artesanal no organizada, grupos cantaron a capella y otros que llevaron su guitarra.
La despedida es enorme. El amor y la contención se hizo carne en las horas del domingo. “Yo le doy tu saludo al Indio” le dice desde el otro lado de la valla Virginia “Viru” Mones Ruiz, la compañera de vida del poeta y cantante. Con amor, le dio la tranquilidad que necesitaba a una piba que lloraba desconsolada frente al sepelio: Todo eso es la familia ricotera.
¿Cómo va a morirse el Diego? ¿Cómo va a morirse el Indio? La muerte nos golpea, nos recuerda que la fragilidad de la vida también alcanza a nuestros más altos referentes, nos hace huérfanos de referentes políticos.
“Ya está. Ahora la lluvia nos manda a todos a casa, a seguir penando por dentro y a recordarlo como era: humano, infinito (…) Él nos anticipó que las despedidas son estos dolores dulces. Lo que no nos avisó fue que dolores dulces como estos iban a durar toda nuestra vida”. Así comunica el final del velatorio la cuenta oficial del Indio Solari, que comparte una infidencia: el exlíder de los Redondos dejó encendido el equipo Marshall donde escuchaba las canciones en las que trabajaba. “Nos sugirió, así, que la música debía seguir sonando, más allá de lo que ocurriese. Hagamos eso. Que la música no pare nunca más”. Humano e infinito.
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