El film reconstruye la inesperada hermandad entre el Carpo y la élite del blues de Chicago. Una travesía de diez años que descubre una historia casi desconocida del rock argentino.

El film elige ese movimiento antes que la estatua. Nace de una promesa íntima –ayudar a Melvyn “Deacon” Jones a volver a la Argentina– y se transforma en una investigación sentimental sobre el “blues en español”. Ese desplazamiento, casi novelesco, le da al relato un tono que recuerda más a la crónica de carretera que al inventario de hits. Pappo aparece entonces como un nodo entre mundos: el under porteño de los 70, la bohemia de La Paternal, los tablados de Mar del Plata y, de pronto, los camarines de Chicago, donde el blues no es estilo sino idioma materno.
Lo más interesante es cómo la película desmonta un viejo prejuicio argentino: que el blues local era una copia tardía, una mímica. Las entrevistas con músicos estadounidenses –gente que tocó con B.B. King o John Lee Hooker– cuentan otra historia. Para ellos, Pappo no era un imitador exótico sino un par. Un guitarrista con fraseo propio, áspero, menos académico que visceral. Alguien que había entendido que el blues no se estudia: se vive. Esa aceptación –la famosa “Blues Mafia”– funciona en el documental como una especie de diploma secreto. No legitima a Pappo: confirma lo que ya era.
Bonacci filma con devoción, pero evita la hagiografía. Hay barro, hay ruta, hay pérdida. El paso del tiempo se siente en los cuerpos y en las voces. El material de archivo convive con testimonios actuales y con una cámara que busca texturas: cables, manos, amplificadores gastados. La música no suena como fondo sino como motor dramático. Cada riff parece empujar la historia un poco más adelante. En ese sentido, el documental dialoga con la tradición del rock argentino más que con la del cine biográfico: importa menos la cronología que la intensidad.
Pappo, al final, se revela como lo que siempre fue: un traductor cultural. Tomó la gramática del blues negro norteamericano y la habló con acento rioplatense. Cambió la dicción, no la verdad. En sus canciones, el desamor y la mala suerte no eran tópicos importados: eran la vida misma de una ciudad áspera. Por eso su figura resiste la nostalgia fácil. Sigue sonando contemporánea. En tiempos de algoritmos y playlists limpias, su guitarra todavía raspa.
Algo ha cambiado… también habla de eso: de cómo una música viaja, se contamina y vuelve distinta. Del Atlántico como puente, no como frontera. Y de la amistad como combustible artístico. La promesa al viejo bluesman se convierte en metáfora del propio Pappo: alguien que nunca dejó de pagar sus deudas con el origen. Hay, en esa ética, algo profundamente quijotesco. Pelear contra molinos, sí, pero con una Gibson colgada.
Más que cerrar una biografía, el film abre una pregunta: qué hacemos hoy con ese legado. La respuesta no está en el museo, sino en la amplificación. Mientras haya un pibe enchufando la guitarra en un garage y buscando “ese” sonido, Pappo seguirá viajando. El documental lo entiende y por eso no lo despide: lo pone en marcha. Como si dijera, con un guiño, que el blues –cuando es verdadero– nunca termina de llegar. Siempre está por empezar.
Documental de Sergio “Chapete” Bonacci Lapalma. Estreno en salas: 19 de marzo, Cine Lorca (CABA).
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