Clamor en las filas demócratas: que Biden no sea el candidato

La pésima intervención del presidente en el debate con Donald Trump alarma al oficialismo.

Como hacía cuatro años, en las presidenciales de 2020, el presidente Joe Biden y Donald Trump, su antecesor, se enfrentaron –insulto va, insulto viene– para escenificar un primer remedo de debate dirigido a ayudar a definir el voto que del 5 de noviembre. Pero el evento, sin embargo, estaba expuesto a dos miradas, la del mercado interno y la de los 8000 millones de habitantes del planeta: EE UU aún es la súper potencia que digita lo que pasa en buena parte del mundo. Se pudo ver, en vivo y en directo, que la salud mental de Biden decae día tras día. Los de afuera confirmaron que los próximos cuatro años serán tan nefastos como todos los previos.

Sin público ni luces, para evitar las carrasperas y los suspiros, los brillos y los reflejos tan molestos en otras latitudes, los dos sujetos que estarán encargados de reiterar que EE UU es el faro libertario de la democracia, cerraron la patética exhibición a puro insulto. Biden se llevó el calificativo de «imbécil» y un nuevo agravio, más descalificador para el que lo dice que para quien lo recibe: «Eres un palestino». Y se quedó con la certeza de contar con dos nuevos y poderosos enemigos. The New York Times le dijo que «el mayor servicio público que puede prestarnos es anunciar su renuncia a la postulación», y la tapa de Time fue sangrienta: sobre un campo rojo lo mostró, caminando, con medio cuerpo afuera.

Biden pretendió probar que, además de un «imbécil», Trump es un mentiroso empedernido que a los gritos, como siempre, buscaba consolidar el voto ultraderechista del nacionalismo cristiano, justo él que es un consecuente violador de todos y cada uno de Los Diez Mandamientos. De ahí que Trump haya hartado con sus persistentes apelaciones a Dios, invocado hasta en la declamación impresa en el reverso de cada dólar:  «In God we Trust” (En Dios confiamos). El próximo debate –con Biden o con el sustituto si es que se cumple el clamor de que el presidente actual no sea el candidato– se hará el 10 de septiembre y promete ser lacrimógeno, en la víspera del 23 aniversario de los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono.

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