Cómo un país con minifaldas, petróleo y represión a granel terminó entre misiles y turbantes

Irán antes del chador obligatorio. El Sha, la Cimitarra y el Ayatolá. El '79, como bisagra. Historias de petróleo, policías secretas, rabias y mechas siempre a punto de encenderse.

En estos días, cuando Irán lanza drones como si fueran caramelos en un carnaval con uranio, conviene levantar la alfombra persa y mirar qué había antes del chador obligatorio y los ayatolás con cara de póker. Porque sí, hubo una Persia con minifaldas, universidades mixtas, discotecas, y hasta una policía secreta que entendía que las torturas también se podían tercerizar.

Esta es parte de la historia de un país que quiso ser Suiza con petróleo, terminó siendo Corea del Norte con dátiles, y hoy juega a las escondidas nucleares contra Israel mientras cita al Corán en cadena nacional.

Uno. Mohammad Reza Pahlavi no quería reinar: quería dirigir una pasarela. Soñaba con convertir a Irán en una postal de desarrollo, con escenografía importada y una música de fondo que mezclaba a Frank Sinatra con discursos futuristas. Mientras tanto, la mitad del país seguía sembrando con mulas, y la otra media aprendía inglés para servir mejor a los inversores.

En 1963 lanzó la Revolución Blanca, que tenía de revolución de palabra nomás. Redistribución de tierras, voto para las mujeres, escuelas con pupitres nuevos, y una consigna: parecer moderno aunque el alma esté atada con sogas viejas. El problema fue que el alma no se deja maquillar. Y los imanes, comerciantes y profesores con olor a tinta barata no se tragaron el verso. No les gustaba ver a las mujeres manejando, ni burócratas peinados como las estrellas de cine, dictando la manera en que debía rezarse o sembrarse.

La economía crecía, sí. Claro que a velocidad de un auto de competición para algunos, a burro rengo para el resto de la población. El petróleo corría como champán en las fiestas del palacio, pero en los callejones no había comida ni paciencia. Y cuando todo se tensó, llegó SAVAK, la policía secreta con doctorado en intimidación, y con las uñas siempre muy bien afiladas para recordarle a los díscolos que pensar diferente podía ser un lujo muy breve.

Dos. Mientras tanto, desde París, un señor con barba blanca y mirada de profeta aburrido mandaba cassettes como si fueran balas ideológicas. El Ayatolá Ruhollah Khomeini grababa sermones que mezclaban Corán con justicia social, nacionalismo y un odio visceral al Sha. Como si fueran Newell’s y Central. Sus cassettes eran más virales que un TikTok con gatos: los pasaban de mano en mano, los escondían entre panes de pita, los reproducían en reuniones secretas donde se conspiraba entre rezos.

En 1979, el cóctel explotó. Protestas, huelgas, tiros, sangre en las veredas y militares con cara de “esto no es lo que firmé cuando me enrolé”. El Sha se fue por la puerta de atrás, como un invitado que arruinó la fiesta. Murió en el exilio, enfermo y bastante olvidado. Khomeini volvió como un mesías vengador y armó la República Islámica, que no tenía nada de república y bastante de inquisición musulmana con barbudos de túnicas largas.

Desde entonces, el mando en Irán es una especie de poder dopado con esteroides. El Líder Supremo, ahora el Ayatolá Ali Khamenei, quien maneja absolutamente los hilos: nombra jueces, controla el ejército, aprueba las leyes y sugiere hasta los mejores lugares para esconder uranio. El presidente se elige por voto popular, pero con candidatos ya prefiltrados por el clero, como si te dejaran elegir entre Manaos sin gas o una Tab caliente.

El ejército tiene dos cabezas: el Artesh (militares clásicos, aburridos, formales) y los Guardianes de la Revolución (IRGC), que tienen ejército propio, misiles propios y una milicia llamada Basij que patrulla las calles con el entusiasmo de una secta y el sadismo de un «Tigre» Acosta con insomnio. Y en cima, en esa historia se suman espías, policías, burócratas y tipos que controlan la moral pública. Un aparato tan eficiente que alguno hasta puede ser arrestado por mostrar el tobillo. O desaparecer por escribir un tuit.

Tres. Desde entonces, Irán aprendió a guerrear sin ensuciarse los guantes. En vez de enviar soldados, exporta rabia con siglas: Hezbollah, Hamas, Houthies, y otros grupúsculos con nombres que suenan a bandas del under del rock de  Peter Capusotto y sus videos.

No necesita fronteras para encender mechas ajenas. En Gaza, en Siria, en Yemen, en Líbano. Un conflicto con delivery de bombas, no de pizzas.

La doctrina no es compleja: apoyar a todo el que complique a Israel y otros enemigos, sin mandar una sola tarjeta de presentación. Es la guerra por control remoto, donde los misiles los lanzan otros, pero la firma está en persa. Mientras tanto, en casa, los opositores desaparecen, los influencers terminan en tribunales, y las mujeres que muestran cabello se transforman en amenazas estatales.

Israel, por su lado, juega el ajedrez sin tablas. Desde 1948 no puede perder ni una sola guerra. La actual en Gaza, con cientos de días sin resolución, ha mostrado que los cañones no alcanzan cuando el enemigo es una red de túneles y convicciones. Bombardean, destruyen, matan líderes, pero no pueden exterminar del todo la narrativa del adversario. Esta vez, sin embargo, van más duro con una nueva serie de armamentos de última generación que busca golpear líderes y provocar una revolución interna que acabe con el régimen del ’79.

Así, la región se convierte en un termotanque con termómetro roto.

El futuro es una lotería trucada. Irán no soltará su red de títeres armados ni puede permitirse dejar de tirar drones y misiles que compra en los bazares de la surgida Eurasia. Israel, en tanto, no aceptará un enemigo con cohetes pesados a la vuelta de la esquina, y mucho menos si están enriquecidos con uranio. Los iraníes dicen que son un estado soberano para hacerlo y mientras que buena parte del resto del mundo mira la discusión con dosis de cinismo y de negocios.

Porque si el conflicto se desborda, algo que los analistas ven como poco probable, las consecuencias no van a quedarse en el vecindario del hummus.

El club de los más pesados

El club nuclear es como el grupo de los pesados del barrio: se trata de nueve países con la pelota atómica bajo el brazo.
Claro que Estados Unidos y Rusia, los grandotes, tienen la mayoría de las bombas, más de la mitad de las que existen en todo el planeta. Y no sólo eso: el famoso “botón rojo” listo para apretar.
El resto —China, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte— mira de reojo, con arsenales más chicos, pero igual de peligrosos.
En total, hay unas 12.300 cabezas nucleares dando vueltas.
Tomando ICAN como fuente, la lista de los países que cuentan con mayor cantidad de cabezas nucleares son:
1) Rusia, 4380
2) EE UU, 3708
3) China, 410
4) Francia, 300
5) Reino Unido, 225
6) Pakistán, 170
7) India, 164
8) Israel, 90-200
9) Corea del Norte, 40

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