«¡Con esto vas a aprender a callarte!»

Por: Felipe Yapur

Un relato desde adentro donde ocurrió la represión tras el Paro de Mujeres.

Un fuerte chorro de agua que lanzó un camión hidrante de la policía la desestabilizó.Violeta estaba haciendo imágenes de las escaramuzas que se producían en la Catedral a poco de finalizar la multitudinaria marcha que reclamaba el fin de la violencia machista contra las mujeres. De repente, de la nada, dos policías de civil y dos uniformados la agarraron, la tiraron al piso y comenzaron a forcejear con saña para detenerla. Mientras la golpeaban apareció una mujer policía que no llegó para frenar la violencia. Se acercó a Violeta y le gritó en su cara: “¡Con esto vas a aprender a callarte!”.

A 250 metros de allí otro grupo de policías varones la emprendió contra un grupo de chicas que luego de la marcha se habían reunido a comer una pizza. Vestidos de civil las detuvieron con la única razón del macho que grita “yo mando acá”. Las agarraron de los pelos, de las muñecas, de las piernas y las subieron a vehículos para trasladarlas a diferentes comisarías al grito de “negras de mierda”. Algunas personas en situación de calle que estaban en esa cuadra de Perú casi Avenida de Mayo la sacaron barata. Los patearon para que se hicieron a un lado mientras pasaba “la autoridad”. El macho es así, se hace notar con todos y pega por si acaso.

Enterada de estos sucesos, Luciana Sánchez, abogada e integrante del colectivo lésbico Manifiesta, corrió hacia Tribunales. Su celular y el de su pareja ardían con datos de detenciones que, con el correr de las horas, vieron que se trataba de una cacería selectiva. Todas mujeres, todas lesbianas, todas “raritas”. No eran detenciones al voleo. Sabían a quiénes detenían. Las parejas o personas heterosexuales que se cruzaron con los cazadores eran ignoradas por estos sabuesos.

Cuando Luciana llegó al juzgado de turno, que conduce Laura Graciela Bruniard, estaba vacío. La jueza no estaba. Eran apenas las once de la noche de un día con una gigantesca movilización de miles y miles de mujeres marchando y nadie del juzgado de turno estaba allí por si ocurría algo. La abogada consiguió hablar con el secretario del juzgado para así presentar un habeas corpus preventivo que determinara cuántas mujeres habían sido detenidas, cuál era la razón y dónde estaban alojadas. El tipo dilató todo lo que pudo la presentación. No estaba en sus prioridades. Así transcurrieron los minutos hasta que pasada la medianoche Bruinard llegó con cara de pocas amigas.

La jueza atendió a Sánchez en malos términos y no se movió del despacho y rechazó toda propuesta de trasladarse o enviar a alguien de su equipo a las cuatro comisarías donde estaban las detenidas. Recién a las cuatro de la mañana llegó la información oficial de dónde se encontraban las mujeres encarceladas. A esa altura todas y cada una de las detenidas ya había sufrido la violencia física y psíquica de sus captores que se traducía en impedirles ir al baño, gritos, desnudos forzados para cacharlas de vaya a saber qué peligro y alojamiento en roñosos calabozos.

Recién al amanecer llegó la orden de liberarlas no sin antes acusarlas de lesiones, daños y resistencia a la autoridad.

La cacería nocturna,lesbofóbica y misógina, tuvo dos objetivos. Uno de ellos, si se quiere, indirecto que pretende frenar la protesta social. El otro, mucho más directo y que se expresó con el grito de la mujer policía cuando detenía a Violeta (“¡Con esto vas a aprender a callarte!”) con el que buscó silenciar el “ni una menos”.

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