Convirtió lo brutal en estético

Por: Ernesto Cherquis Bialo

Columna de Opinión de Ernesto Cherquis Bialo.

El mundo del boxeo llora la muerte de quien fue, indiscutiblemente, el más grande. No es quien más gana, no es quién más factura, no es quien resulta más querido. El más grande es de quien se puede decir que no hubo nunca nadie antes como él. Y aventurar a decir que nunca más tendremos un boxeador como él. Pero además, Cassius Marcellus Clay también enseñó a los deportistas del mundo que para llegar a ser una celebridad indiscutida se puede expresar el pensamiento, involucrarse en las causas que se consideran justas y llevarlas a cabo a cualquier costo. Con 200 Muhammad Alí no hubieran existido los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, por ejemplo, ya que nadie habría de ofrecer su arte para desfilar ante Hitler.
En el terreno boxístico, Ali convirtió en estético un deporte brutal y en sensual un espectáculo agresivo. Su boxeo estuvo sustentado en la velocidad de desplazamiento. Sus movimientos estaban más vinculados a la danza ensayada largamente que a la estricta necesidad de la defensa en el ring. Su inteligencia siempre estuvo al servicio de la estrategia. La estrategia respondió siempre a la táctica. Y el secreto de su táctica estuvo en una técnica depurada sobre la base de la firmeza para pegar y la presteza para salir de la zona de intercambio.
Tuve la suerte de acompañarlo en muchas peleas. Probablemente aquellas que resultaron ahora, en la historia, las más memorables. Ví como recuperó el título frente a Foreman en el Congo Belga, llamado entonces Zaire. Fue una obra maestra de la inteligencia. Pero también vi su triunfo contra Frazier en Manila. Y aquello fue el fruto de su valentía, de su entereza y de su coraje. En las peleas que más nos llegaron debemos destacar el triunfo frente a Bonavena, en el último round, cuando su velocidad de intercambio le permitió llegar antes que Ringo al cruce propuesto por el nuestro, derribarlo tres veces en el mismo round y sorprenderse frente a la actitud del argentino.
Antes y después pude compartir muchas horas de conversaciones con él, a la espera de peleas con Larry Holmes, Chuck Wepner y Leon Spinks, esta última la histórica recuperación del campeonato del mundo por primera vez en la historia de los pesos completos. Siempre me quedó claro que Ali entendía que tenía una misión frente al universo. Era la de la lucha por la igualdad, la ponderación del deporte como elemento, como oportunidad de vida para los marginados y un mundo sin intromisión extraña que justificaba su deserción por convertirse en un soldado norteamericano en Vietnam, en una lucha que le era absurda y ajena. 
No sólo murió de Parkinson. También murió de no haber ganado la única pelea, la que más le interesaba: ser imitado y ser feliz.

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