
Carrió siempre hizo política de la misma manera. Durante su etapa antineoliberal cuestionaba duramente al gobierno de Carlos Menem y sostenía que Mauricio Macri era «la mafia». Luego giró a la derecha para volverse una de las voces más estridentes del antikirchnerismo con el mismo tipo de argumentos. Sus socios políticos padecieron esta semana ese rasgo esencial del modo de acción política de Lilita: todos mis adversarios son sospechosos de algún delito.
En el trasfondo del ataque puede haber una puja por espacios de poder y claramente el intento de obturar la potencial ampliación de la endeble «pata peronista»de JxC, entre quienes se encuentra el exsenador Miguel Pichetto, que fue compañero de fórmula de Macri en las elecciones de 2019.
En el año 2015, el dirigente radical Jesús Rodríguez, que fue ministro de Economía de Raúl Alfonsín por 48 horas en el medio de la hiperinflación de finales de los ’80, escribió un documento que circuló principalmente entre sectores dirigenciales de la recién estrenada coalición antiperonista.
Todavía faltaban unos pocos meses para que comenzara la campaña electoral previa a las PASO que se realizaron en agosto de ese año. En ese texto, el referente de la UCR planteaba el tipo de dialéctica política que, a su criterio, debía intentar instalar la entonces coalición Cambiemos. La batalla era, según la visión de Jesús Rodríguez, entre el bloque populista y el bloque republicano. Ese modo de dividir el campo político permitía pasar un trapo con lavandina sobre otras líneas, como la izquierda y la derecha o lo nacional popular y lo neoliberal. El populismo podía ser de izquierda o de derecha y el bloque republicano también. Al plantear esa visión sobre sí misma, la coalición antiperonista se arrogaba un destino civilizatorio. Su sentido histórico era, entonces, que la Argentina populista quedara atrás y de esa manera pudiera nacer una democracia republicana. Luego, esa misma fuerza política supuestamente civilizatoria podía incluso dividirse para generar una nueva disputa entre centro-derecha y centro- izquierda, pero en la que el supuesto piso republicano estaría garantizado.
Lo que ocurrió realmente es conocido, pero no deja de ser necesario mencionarlo aunque sea de modo breve. Hubo un copamiento de las instancias superiores de la Justicia Federal para hacer política con las celdas del módulo seis de la cárcel de máxima seguridad de Ezeiza reservadas para los adversarios del presidente Macri. Una singular república en la que, al estilo de Carrió, quien fuera adversario del mandatario era rápidamente culpable de algún delito, primero publicitado por los medios del establishment hasta que entrara en acción la caballería judicial. Cristina Fernández fue (y es) el blanco principal de la operatoria de pinzas hace ya varios años.
En el discurso que desplegó esta semana Carrió retoma la línea que había propuesto Rodríguez en 2015. Exige «pureza republicana» en la coalición opositora y eso consiste en obturar la mezcolanza con la chusma populista.
Por supuesto que el mensaje puede ser tomado con mayor liviandad. Puede tomarse un poco a la chacota por las características del emisor. El contexto actual no lo permite. En el edificio frío y monocorde de Comodoro Py se está desarrollando el juicio contra CFK por la obra pública de Santa Cruz. En el entorno de la vicepresidenta parten de la base de que la condena ya está escrita y que incluirá la prohibición para ocupar cargos públicos, igual que el fallo contra Amado Boudou en la Causa Chicone.
La derecha no siempre es torpe, pero muchas veces sí. Este es un momento complejo para el peronismo. Muchos de los pilares que sostienen su estandarte histórico están en crisis. Hay dos en especial. Uno: la idea de que el peronismo siempre logra un piso de gobernabilidad, por izquierda o por derecha. Y en el caso de la experiencia kirchnerista, que los que viven de ingresos fijos siempre van mejorando su realidad material. Ambas columnas de hormigón tiemblan en este momento. Y el desgaste no puede ser eludido por nadie. A pesar de esto, la derecha argentina, como las personas, repite su sesgo autoritario. Se encamina a promover una nueva proscripción del liderazgo más potente que tiene la argentina nacional-popular en los últimos 50 años. Sembrarán tormentas y cosecharán tempestades. «
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