Los costos sociales de la avalancha de ropa importada

Por: Luciana Rosende

Además del efecto en la industria local, la Fundación Pro Tejer alertó por las consecuencias ambientales y sanitarias que implica el aluvión de prendas que llegan a nuestro país sin control. La incidencia del desierto de Atacama, la paradoja de la crisis y la dificultad de reciclar.

La ropa puede explicarlo todo. O casi. La que se produce en Argentina da cuenta hoy del industricidio reinante: el sector atraviesa su peor momento en años. Como contracara, las prendas usadas en puestos y ferias muestran al mismo tiempo una salida laboral al alcance para quien vende y una alternativa más accesible para quien compra. Pero hay otro factor en torno a la circulación de ropa: el ambiental.

El carácter contaminante de la industria de la moda no es novedad: la ONU ya la señaló hace años como la segunda más contaminante del mundo, después del petróleo. Sí es una particularidad de estos tiempos y estos pagos la llegada masiva de ropa importada usada, en fardos repletos de prendas que se descartan en otros países.

Según un informe de Fundación Pro Tejer, el aumento comenzó en 2024 pero estalló el año pasado. Entre enero y octubre de 2025 las importaciones de ropa usada implicaron 3.732.384 dólares y 3.521.456 kilos. Esto representa un incremento interanual del 11.728% en valor y del 26.538% en cantidad.

Es también una paradoja de estos tiempos: que el hecho de advertir sobre los riesgos ecológicos y sanitarios de esa marea de prendas (pueden contener hongos, ácaros, bacterias, agentes alérgenos y residuos químicos) implique un riesgo económico para quienes no tienen otra fuente de ingresos u otro modo de vestirse que acudir a estos circuitos informales.

Lluvia de fardos

“La preocupación nuestra tiene que ver, por un lado, con el tema del resguardo a los consumidores. Porque estamos importando ropa usada que no se sabe qué tratamiento tuvo, dónde estuvo almacenada, en contacto con qué. Hay una multiplicidad de factores que hacen a que un producto sea seguro para la población”, esgrime Luciano Galfione, ingeniero y presidente de Pro Tejer.

Sobre esos fardos de ropa usada que llegaron masivamente en el último año, detalla que “muchos vienen del desierto de Atacama. No sabemos si estuvieron al aire libre, en contacto con animales, ratas, infinidad de cosas que pueden afectar al consumo humano. Eso debería ser cuanto menos verificado”.

El caso del desierto de Atacama, en Chile, es emblemático. Según Greenpeace, cada año se producen más de 100 millones de toneladas de textiles en el mundo y más del 60-70% de esos residuos terminan en vertederos o incinerados. En 2021, Chile fue el cuarto mayor importador de ropa usada del mundo y el primero en América Latina. Recibe unas 60 mil toneladas al año, de las cuales alrededor de 39 mil terminan en el desierto de Atacama. “No es basura inocua. Las prendas liberan tóxicos y microplásticos que contaminan suelos, aguas y afectan a la biodiversidad y la salud humana”, advierte la organización ambientalista.

“El Gobierno, después de todas estas advertencias, tomó nota del asunto y aparentemente se va a pedir una intervención al área de Industria. Hay que ver qué significa, no está claro cuál va a ser la intervención. La medida necesaria sería prohibir la importación de ropa usada como se hacía antes en Argentina”, plantea Galfione.

Por cuestiones de salud pública, seguridad e higiene, esta posibilidad estaba restringida legalmente: el Decreto 2112/2010 estableció la prohibición de importar indumentaria usada hasta el 30 de diciembre de 2015. En 2017 se renovó la restricción mediante el Decreto 333/2017, hasta 2022. En ese momento la gestión de Alberto Fernández no lo renovó, pero las importaciones de ropa usada se mantuvieron marginales. Hasta que el gobierno de Javier Milei abrió las puertas a la importación sin límites.

“Hoy hay muchas razones: la gente no tiene plata para consumir, no hay prácticamente ningún tipo de control aduanero, estas prendas están entrando a un dólar el kilo. Una remera pesa 200 gramos: estás importando cinco remeras con un dólar. No se paga ni siquiera el valor del hilo con el que está hecha esa prenda”, grafica el referente de Pro Tejer.

Ante el descontrol al que se llegó en la actualidad y los riesgos que se advirtieron, a mediados del mes pasado se comenzó a implementar una regulación, mala palabra para el gobierno libertario: el Centro Despachantes de Aduana informó a sus asociados que “por medio de un correo electrónico remitido por el Departamento Técnica de Importación a nuestra Institución, la Dirección General de Aduanas informa que (…) solicitará un nuevo documento (AUTO-ROPA-USADA), correspondiente a la intervención de la Subsecretaría de Política Industrial, en adición al Certificado de desinfección actualmente requerido, al momento del registro de las destinaciones de importación para consumo” de prendas de vestir.

Retazos y residuos

El ingreso de ropa en fardos no controlados incluye excedentes de prendas usadas en mal estado: un residuo con serias dificultades de reciclaje. “Estas prendas, mayormente compuestas por fibras sintéticas, se convierten rápidamente en desecho y forman parte de flujos que los países de origen buscan desprenderse, trasladando el problema ambiental a terceros países”, alerta Pro Tejer. “Gran parte de esa ropa no se revende: se transforma directamente en desecho contaminante. Si no hay políticas de gestión sustentable, los basurales textiles crecerán exponencialmente. En Argentina, se afirma que el 60% de las prendas terminan en basurales, y que el 80% de las aguas residuales de las fábricas textiles no se tratan adecuadamente”, indica Greenpeace.

“Lo mejor sería que no entre ropa importada usada. Porque el problema del textil no es solamente el producto en sí, los poliéster y acrílicos que generan microplásticos, sino las tinturas. El elemento que se usó para dar color contamina el agua. Hay muy poca gente en el mundo que usa tintes naturales, porque son más caros, más escasos”, explica Marta Yajnes, arquitecta especializada en textiles y reciclaje de residuos de tejeduría.

Apunta que el problema más grande es no saber qué tenés adelante: «En mi equipo hay un ingeniero en materiales que pone el eje en la caracterización: toda la ropa distinta en una partida enorme. Hacer la caracterización es un gran trabajo. Y si vienen cosas que no se sabe de qué son, es más complicado”.

Sobre la experiencia de trabajar en el reciclaje de residuos textiles, detalla que uno de los obstáculos para trabajar con residuo industrial de ropa es el desconocimiento sobre qué contienen: «El problema es que en general en el mundo la legislación sobre las etiquetas es muy permisiva. Hasta un 5% no se tiene que declarar, y por ejemplo si tiene elastano (licra o spandex) rompe las máquinas. Hay mucha ropa que lo tiene y cuando metés determinados residuos en las cortadoras se pueden producir hasta incendios. Es un problema no saber de qué material hablamos. Hay una frase que dice que el mejor residuo es el que no se genera”.

Por un consumo consciente

Analía Funes y Gabriela Negri, diseñadoras al frente de Bioeleven, comenzaron a trabajar sobre biotextiles en 2022. Por entonces, veían que había algunas propuestas de avance lento en el país. En los últimos años eso fue creciendo: para 2026 proyectan un crecimiento en escala y pasar de 50 a 250 láminas mensuales.

Sobre el aumento de contaminación textil, lo plantean como “alarmante” pero también ven “una tendencia mundial con una mirada de consumidores más consciente. Son dos caras de una misma moneda. Es preocupante y sigue habiendo sobreproducción e incitación permanente al consumo masivo, pero también hay nuevas corrientes de consumidores que van haciendo el cambio”.

Para Luciano Galfione, de Pro Tejer, la información (o la falta de ella) también aparece: “Hay por lo menos falta de información al consumidor –dice sobre la llegada masiva de ropa importada usada-. Porque una cosa es la gente que compra el fardo, el mayorista, pero si luego se embolsa y vende en cualquier local, quien la compra ¿cómo sabe de dónde y cómo vino?”.

Del descarte a la producción sustentable

Marta Yajnes es arquitecta y lleva años investigando cómo utilizar y transformar descarte textil. De la mano de proyectos de investigación con equipos de las universidades de Buenos Aires y San Martín lleva adelante Proyecto Transformar, que entre otras cosas convierte desechos textiles en placas de absorción acústica.
“Trabajamos solo con residuos industriales. El más importante con el que empezamos es el que sale de la tejeduría plana. Comenzamos usándolo para placas térmicas y después ampliamos el uso para acondicionamiento acústico”, cuenta a Tiempo. Próximamente esas placas se instalarán en una escuela técnica porteña, como prueba piloto para el acondicionamiento acústico de más espacios educativos. “Es un campo muy fértil”, se entusiasma.
En Mendoza, Analía Funes y Gabriela Negri hacen un recorrido inverso: buscan materiales descartados para generar materiales biodegradables que sirvan a la industria textil, como alternativa al uso de elementos contaminantes.
Dieron los primeros pasos con descarte de la industria vitivinícola y luego sumaron desechos de las producciones de tomate y ajo. “Hacemos una lámina biotextil que es 100% biodegradable. Se vende como insumo para otros diseñadores en marroquinería, calzado y algunas prendas”, cuenta Funes, una de las integrantes de Bioeleven.
“En prendas se puede usar en la mayoría porque es apto para confección, con máquinas domésticas e industriales. Se puede estampar con serigrafía, grabado y corte láser. Estamos trabajando la resistencia al calor, para que pueda estar en prendas en contacto con la piel”, describe. Por el momento, el material biotextil sirve para chalecos, capas y otras prendas de abrigo.

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